© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
El cierre de un ciclo
Barcelona, 10 de julio de 2026. Gran teatre del Liceu. Verdi: Falstaff. Ambrogio Maestri (Falstaff), Lucas Meachem (Ford), Roberta Mantegna (Alice), César Cortés (Fenton), Maria Miró (Nannetta), Marianna Pizzolato (Quickly), Josep Fadó (Caius), Laura Vila (Meg), Pablo García-López (Bardolfo), Alessio Cacciamani (Pistola). Orquestra Simfònica del Gran teatre del Liceu y Cor del Gran teatre del Liceu. Josep Pons, dirección musical. Laurent Pelly, dirección escénica
Para el cierre de la temporada operística el Liceu eligió este año el Falstaff de Verdi, lo que siempre es una exoeriencia gratificante: la responsabilidad vocal está muy repartida (lo llaman "obra coral"), con lo cual no depende uno de la calidad o la noche de un solo cantante (aunque Falstaff tiene, naturalmente, una importancia superior); se trata de una comedia, por lo que el director de escena no puede abandonar sus funciones y "soltar" a los actores en escena como sucede en más de un melodrama; la partitura es compleja, con lo que los profesores de la orquesta no pueden aplicar esa displicencia que a veces le dedican a ciertos títulos belcantistas... En definitiva, es algo que suele salir bien precisamente por su propia complejidad. Y salió bien aunque la cosa no fuera en todo para tirar cohetes.

La puesta en escena corría a cargo de Laurent Pelly. El marco visual, diseñado por Barbara de Limburg, tenía como característica principal el intentar combinar la intimidad de las escenas en La giarrettiera (albergue en el que se aloja Falstaff) con la amplitud de las escenas de grupo, que requieren más espacio ni que sea por la cantidad de actores en escena. Este espacio reducido correspondiente al albergue, que ocupaba solo una parte del escenario manteniendo el resto a oscuras, se abría en ciertos momentos con justificaciones dramáticas que un servidor no supo descifrar. El espacio de la casa de Ford presentaba un sistema de escalinatas en el cual se podía representar eficazmente los chismorreos que en ella se producen. En algunos puntos la escenografía desaparecía para dejar a los cantantes solos sobre fondo negro para reforzar la intimidad de esos pasajes.
Y cabe decir que el parque de Windsor en el tercer acto podría haber tenido más encanto, pero en general el diseño escenográfico creaba un marco adecuado para la acción escénica y tenía sentido más allá de los esteticismos a los que a veces se incurre para adornar la falta de plan dramatúrgico concreto. Por cuanto se refiere a la dirección de actores, Pelly (que diseñó el espectáculo) o quien haya dirigido los ensayos en el Liceu optan por códigos explícitamente cómicos, rayando la pantomima y el histrionismo particularmente en personajes como Quickly, Caius o Page. En el nivel del movimiento de actores, como siempre, se podía haber obtenido algo más pero así son nuestros teatros de ópera y sus modos habituales de producción.

Como se ha dicho, la partitura de Falstaff es bastante compleja y el papel de la orquesta es muy distinto del que puede tener en un Rigoletto o una Traviata. De hecho, reclama recurrentemente el protagonismo incluso mientras los solistas están cantando. Ello da a la obra una gran densidad de contenido puesto que mientras esto sucede las palabras no son en absoluto sobreras ya que se trata de un libreto de notable calidad. Era este el último trabajo operístico para Josep Pons como director titular de la orquesta. Más adelante (el 24 de julio, concretamente) tendrá el maestro oportunidad de despedirse con la octava sinfonía de Mahler, pero en lo que se refiere a ópera la cosa aquí se queda. Para el Falstaff, como era de esperar dadas las cacaterísticas de la obra y las de Pons, optó por una dirección ligersa y picadita, más que eficiente.
Una de las dificultades del Falstaff es la ejecución de los números de conjunto, rítmicamente complicados en muchos momentos y muy exigentes en la concertación de las voces. En esto las cosas fueron bastante aseadas, lo que ya es decir. Sin embargo esas escenas reuieren además una planificación de las voces de auténtica filigrana. En este sentido se podía esperar más en el segundo cuadro del primer acto ("Quell'odre, quel tino") y en el segundo cuadro del segundo acto ("Se t'agguanto/ se ti piglio/ se t'acciuffo") e incluso en la fuga final. El rendimiento orquestal fue bueno en conjunto y dio cierre a una trayectoria que, sin ánimo de hacer balances muy desarrollados, ha sido bueno para la orquesta y ha mejorado su nivel, lo cual es la labor principal de un director titular por lo que Pons se puede ir a casa contento con su trabajo.

El papel de Falstaff corría a cargo, este dia, de Ambrogio Maestri, cantante muy adecuado para un rol que ya actuó y cantó en el Liceu en 2010. La principal virtud de este cantante es una excelente dicción del texto, lo cual es una cualidad indispensable para este personaje. Maestri campó a sus anchas en este terreno. A un nivel más puramente vocal faltó algo de frescura (han pasado dieciseis años desde ese 2010) y hubo ciertas dificultades en un registro agudo que, aunque Falstaff no sea un papel en que prime el virtusismo, tiene momentos exigentes en la partitura.

Lucas Meachem, al cual ya se vió en el Liceu la temporada pasada en Madama Butterfly y La traviata, y esta misma en el Teatro Real en Carmen, se encargaba de Ford en esta ocasión. Es un papel de notable exigencia al cual Meachem pudo aportar una vocalidad sna y brillante en general. tanto en el plano canoro como en el actoral faltó tal vez algo de sutileza pero en conjunto tuvo una actuación muy correcta.
Llamó más la atención la excelente interpretación de Roberta Mantegna en el papel de Alice Ford: voz brillante, fraseo variado y todo lo que le hacía falta para su cometido. Muy convincente vocalmente fue también el Fenton de César Cortés, que exhibió bellas dinámicas en su solo del tercer acto. Lo mismo se puede decir de Maria Miró en el rol de Nannetta, que aunque sufrió una pequeña rascadita en la primera exposición de "anzi rinova come fa la luna" (en la segunda ejecutó el mismo pasaje estupendamente) cantó siempre bien y con voz sonora.
Más discutibles me parecieron las prestaciones de Marianna Pizzolato en el papel de Quickly, normalmente plataforma cómoda de lucimiento para un mezzosoprano con sus buenos graves y que en este caso careció de un canto más noble y una vocalidad más segura. El trabajo de conjunto de Josep Fadó (Doctor Caius), Laura Vila (Meg Page), Pablo García-López (Bardolfo) y Alessio Cacciamani (Pistola), fue satisfactorio en general y aportó lo que se espera para completar una representación bastante satisfactoria en conjunto de un título que cierra una temporada que, en parte, cierra también un ciclo.

Fotos: © A. Bofill