© Álex Camara
De París a Granada
Granada. 11/07/2026. Teatro del Generalife. Les Ballets Espagnols de 'La Argentina'. Música de Julián Bautista, Isaac Albéniz y Ernesto Halffter. Antonio Najarro dirección artística y coreografía. Dirección de escena: Carolina África. Diseño de vestuario: Yaiza Pinillos. Diseño de vídeo proyecciones e ilustraciones: Emilio Valenzuela (Juerga y Triana), Néstor L. Arauzo / Davitxun (Sonatina). Diseño de iluminación: Nicolás Fischtel (Juerga y Triana), Sergio Torres (Sonatina). Bailarines: Compañía Antonio Najarro. Guitarra: José Luis Montón. Piano y cajón: Constanza Lechner. Violonchelo: Sergio Menem.
El coreógrafo y bailarín Antonio Najarro nos ha trasladado al París bullicioso y cosmopolita de finales de los años veinte, los denominados ‘Années folles’ (años locos), una época de efervescencia artística que pronto se vería truncada por las consecuencias del crack del 29. En aquellos años 1928 y 1929, una bailarina española causaba furor en la capital francesa: Antonia Mercé ‘La Argentina’ (Buenos Aires, 1890 - Bayona, 1936), y a ella está dedicado un programa que se presentó en el maravilloso Teatro del Generalife, en Granada. Una recuperación histórica digna de todo elogio, por su seriedad, buen gusto y exquisita ejecución.
La Argentina estuvo al frente de Les Ballets Espagnols, una compañía que trataba de emular el éxito de Les Ballets Russes, ya en decadencia -Diaghilev falleció en agosto de 1929-, o los también muy apreciados Ballets Suédois, que habían finalizado su actividad unos años antes. El atractivo que la tradición de otros países y, en concreto, la música y costumbres españolas ejercían sobre el público francés es bien conocido, y esta bailarina supo conectar con esa querencia por algo que se consideraba extótico. Recordemos que Josephine Baker estaba triunfando en el Folies Bergère, durante esa época.
Tras una breve introducción a cargo de cinco solistas femeninas de la Compañía Antonio Najarro, en lo que podría entenderse como una muestra de la evolución del baile español en sus diferentes escuelas (folklore, escuela bolera, flamenco y danza estilizada), se inició la primera de las obras de la noche.
Juerga es un ballet-pantomima estrenado en París en 1929, con coreografía de Antonia Mercé. El escenario representa una noche madrileña, con personajes típicos como la violetera, el ciego, los chulapos, el guardia o las señoritas bien. Curiosamente, no hay rastro del casticismo más cañí, y sí aires como el vals, que aparece en algún momento, o incluso de una jota. La flamenca y el torero no podían faltar, y se unen al lío nocturno para conformar un conjunto que baila un zapateado donde hasta el ciego lleva el compás. La música es original de Julián Bautista (1901-1961), pero en su afán por dar un toque español a sus temas llega a resultar un tanto reiterativo y ampuloso.
Uno de los aspectos más destacables de esta producción es el excepcional vestuario que luce la compañía durante toda la noche, con piezas de gran belleza diseñados por Yaiza Pinillos, tomando como base los figurines de Manuel Fontanals,en el caso de Juerga, quien también se ocupó de la escenografía, resuelta a través de proyecciones como en toda la función.
La segunda coreografía del espectáculo se titula Triana y nos propone una inmersión en el conocido barrio sevillano, gracias, en parte, a unas preciosas proyecciones realizadas por Emilio Valenzuela sobre bocetos del gran artista canario Néstor. Recordemos que el Museo Reina Sofía dedicó hace un año una merecida retrospectiva a este maravilloso artista, Néstor de la Torre, mente privilegiada de curiosidad desbordante, que consiguió plasmar la esencia de los rincones españoles -especialmente los de sus islas- sin caer en lugares comunes. A él se debió la escenografía y los figurines de la coreografía de La Argentina, estrenada en L’Opéra Comique de París, en 1929. Acompañados por la música de Iberia, de Isaac Albéniz, en su versión orquestal, aparecieron las batas de cola, el zapateado flamenco y hasta una coreografiada procesión de Semana Santa, a cuenta del Corpus Christi en Sevilla, música de Albéniz. Una equilibrada coreografía en la que, curiosamente, encontramos a una pareja formada por Paco y Soleá, como sucedía en La vida breve, de la que hablamos recientemente. Redondo el trabajo de los bailarines y estupenda recreación de este ballet en tres cuadros, siempre bajo la estupenda ambientación de las proyecciones, que fueron variando durante el desarrollo de la acción.
Para rematar un programa redondo, nos sumergimos en un universo más poético siguiendo los versos de Rubén Darío. Una de sus creaciones da nombre a la coreografía: Sonatina. Una princesa triste y un dragón, no tan fiero como cabría esperar de esa especie mítica, Interpretado por Daniel Ramos -impecable en todas sus intervenciones de la noche- nos llevaron de la mano por ese mundo de imaginación. Ernesto Halffter firma la deliciosa composición que dio sustento a la danza, interpretada en directo por José Luis Montón a la guitarra, Constanza Lechner al piano y Sergio Menem al violonchelo. Rigodón, zarabanda o giga fueron algunos de los ritmos que sonaron, posibilitando danzas que nos remitían a los salones del siglo XVIII. También aparecieron trazas de la escuela bolera, con sus castañuelas, y hasta algún fandango bailado por un trío masculino, vestido primorosamente. Elegancia y poesía en esta pieza de gran inspiración.
Con esta bellísima composición, quizás la de mayor pureza conceptual de la noche, finalizó un espectáculo que colmó las expectativas levantadas y supone el más acabado trabajo de la Compañía Antonio Najarro en los últimos tiempos. La iniciativa de recuperar estos trabajos,tan significativos de una época concreta, es un completo acierto. La dirección de escena corrió a cargo de Carolina África y hay que destacar la excelente prestación del cuerpo de baile, además de la cuidada factura de lo engarzado con sumo gusto en estos Ballets Espagnols de La Argentina.
Fotos: © Álex Cámara