© Roger Lleixà
Contrastes mozartianos
16/08/26. Festival de Torroella. Auditori Espai Ter. Obras de Mozart. Jeanine De Bique, soprano. Freiburger Barockorchester. Daniela Lieb, flauta. Thomas Meraner, oboe. Eyal Streett, fagot . Éva Borhi, concertino.
Resulta obvio que las sopranos caribeñas no son especialmente abundantes y, aunque Jeanine De Bique no visita nuestro país por primera vez —algunos todavía recordarán su debut en la última edición del Life Victoria—, siempre es una ocasión especial asistir al recital de una soprano de esa región, sobre todo cuando está plenamente asentada en el panorama internacional y constituye ya una referencia para muchos en el repertorio dieciochesco, especialmente en el de Haendel y Mozart.
En la inercia de su gira con la Freiburger Barockorchester —cautivando recientemente también al público de Pollença—, su aparición en una cuadragésima sexta edición del Festival de Torroella cargada de sorpresas adquiría especial protagonismo, al suplir de alguna manera la inesperada cancelación del debut de Nadine Sierra en la velada anterior, por infección aguda de las vías respiratorias. Por ello, De Bique y la Freiburger tuvieron sobre ellos todas las miradas –y los oídos–. Soprano y orquesta se reencontraron en un monográfico de Mozart salpicado de piezas de su catálogo en clave concertística, y democratizando el protagonismo entre varios de sus selectos solistas, especialistas en instrumentos de época. Abrían y cerraban el programa la obertura La finta Giardiniera, K. 196, y la célebre Sinfonía nº 41 en Do mayor, K. 551, —como ya sabemos, la absurdamente denominada “Júpiter” —. En el ámbito vocal, los invitados interpretaron Exsultate, Jubilate, K. 165 y un aria de La Clemenza di Tito e Idonomeo respectivamente.
Tras calentar motores con la breve obertura, los de Friburgo comandados por la concertino Éva Borhi presentaron el Adagio non troppo del Concierto para oboe en do mayor, K. 314, elocuentemente interpretado por Thomas Meraner, con un elegante fraseo y seguridad en la digitación. Daniela Lieb dio un paso al frente y guió la expedición con el famoso rondó del Concierto para flauta y cuerdas nº 2 en re mayor, K. 314/285d, en una interpretación que resonó fresca y ágil, casando bien con la acústica del recinto. Remató el trío solista con el tercer movimiento del Concierto para fagot en si bemol mayor, K. 191, manteniendo los staccati a raya, a pesar de la evidente fatiga por el tempo algo excesivo marcado por la concertino húngara, aunque sin mayores perjuicios para el discurso melódico.
De Bique se adentró en terreno mozartiano, muy segura de su potente instrumento y con evidente soltura escénica, adecuando su dominio de la partitura al vivaz tempo dictado por la concertino. Más que una línea homogénea de tonos y caracteres, la soprano desplegó un abanico de contrastes, ciertamente en la línea del programa, evitando limitarse a la mera exhibición de virtuosismo vocal.

El Allegro inicial ya dio buena muestra de las dotes vocales de la trinitense, declamando con gran proyección los versos más exultantes de este peculiar motete, manteniendo a raya los valles de la melodía —normalmente, el talón de Aquiles de toda soprano—, aunque se echó en falta algo más de complicidad por parte de la orquesta, firmando una solvente y fluida cadencia final. Tras el recitativo secco, De Bique ejecutó la perla de la velada, el dulcísimo Andante central. Ajustó el vibrato y extremó la delicadeza muy acorde a la retórica musical del breve texto, con especial atención a las pequeñas salpicaduras cromáticas de la línea melódica, cerrando el movimiento con un solo final arrebatador, a pesar de un ligerísimo desliz en el último trino. El Alleluja no defraudó y volvió a poner de manifiesto su asombroso virtuosismo melismático, especialmente hábil en la introducción de un segundo color, más atenuado y perfectamente perceptible, en los pasajes repetidos, con la correspondiente ovación —esta vez sí— “cuando tocaba”.
Tras la pausa, la caribeña hizo de nuevo pie en escena, ya en clave de diva operística, con otra deslumbrante vestimenta y un viraje hacia un tono más oscuro, muy idóneo para Deh, se piacer mi vuoi, de la célebre La clemenza di Tito. Se mostró muy sólida en la tesitura media, desde donde atacó los agudos manteniendo el color de forma muy orgánica. Remató el recital con una doliente y sólida Se il padre perdei, de la Ilia de Idomeneo, papel que conoce muy bien, trasladando sus dotes dramáticas al expresivo duelo del texto en una interpretación espectacular.
La concertino guió a los suyos con energía y un pulso ágil a través de la famosa Júpiter de Mozart, dando por asumido que la falta de cuerpo de los primeros violines dejó más expuestas las segundas voces. El conjunto supo, aun así, subrayar los pasajes de mayor contundencia, mientras el tema secundario del Allegro vivace inicial discurrió sin grandes inventos ni contrastes particularmente enfatizados, reservando estos para su falsa entrada en la reexposición. En el segundo movimiento, el dramatismo sinfónico se impuso con naturalidad y el material imitativo fue bien destilado, manteniendo una cierta respiración conjunta. El tercero destacó por la solvencia en los abundantes cambios de tempo, mientras que el Finale, ya en pleno vendaval mozartiano, brilló la elegancia del pasaje fugado, con un interesante diálogo de cuerdas, mientras los pasajes modulantes centrales acrecentaban progresivamente la tensión.
Un brillante bis de De Bique hizo olvidar alguna que otra imprecisión durante la sinfonía y firmó por lo alto el exultante regreso a Torroella tanto de la Freiburger como de la solista, que, esperemos, se repita pronto por ambas partes.

Fotos: © Roger Lleixà

