Gitana_VeranosVilla26_e.jpg© Helena Trigueros 

Un relato sobre los muros

Hay tardes de agosto en Madrid en que el calor no invita a nada que no sea la sombra y el silencio. Cae la noche y las piedras del Instituto San Isidro empiezan por fin a respirar, algo se remueve en quien se acerca hasta allí buscando otra cosa, no el aire acondicionado de un teatro con butacas numeradas, sino el rumor de un claustro centenario dispuesto, una vez más, a convertirse en escenario. En ese tránsito —del bochorno de la calle Toledo al frescor tardío del patio— es donde empieza a operar la propuesta de Ópera Garage. No es casualidad, su lírica funciona mejor cuando se despoja de solemnidad y se entrega, literalmente, al aire libre.

Gitana vuelve así a los escenarios madrileños, esta vez integrada en la programación de Veranos de la Villa, que este miércoles 19 de agosto ha llevado hasta el Claustro del Instituto San Isidro una historia que ya había dejado huella en su estreno en el Espacio Garage Lola. La pieza sigue el itinerario vital de Naima, joven gitana que aspira a cantar ópera, y de Soleá, la madre que opone a esa vocación el peso de la tradición y el miedo a la pérdida de las raíces. Entre ambas se levanta un relato sobre los muros —los del prejuicio, los de la mirada ajena— y sobre la posibilidad de derribarlos desde el escenario.

Gitana_VeranosVilla26_g.jpg 

Y late, bajo esa arquitectura dramática, una idea de fondo verdaderamente poderosa y hermosa que no es otra que la de ampliar la mirada, la de abrir los ojos más allá de lo que ya se cree conocido. Gitana no propone simplemente asomarse al flamenco desde fuera o a la lírica desde dentro, como quien observa una postal; sino salir de él y volver a entrar, atravesarlo, para descubrir que sus fronteras con la lírica culta son mucho más porosas de lo que la costumbre hace creer. No hay, en el fondo, un nosotros y un vosotros, un dentro y un fuera del cante o del pentagrama, hay un todos, un territorio común que ambas tradiciones comparten desde hace siglos y que esta función se empeña, con inteligencia, en volver visible.

Detrás de esa arquitectura dramática está la mano de Emiliano Suárez, responsable de la dirección escénica y de la idea original, a quien conviene reconocerle un mérito que no es menor, el de haber encontrado un formato capaz de sostenerse sin coro, sin foso y sin grandes producciones, apoyado tan solo en la fuerza del relato y en la verdad de sus intérpretes. Suárez no busca la reconstrucción de una ópera al uso, sino la construcción de un dispositivo escénico ágil, pensado a la medida de espacios como este claustro, donde la cercanía entre público e intérpretes se convierte en parte del mensaje. Es un acierto que ya se intuía en su anterior incursión con este mismo título, y que aquí se confirma como seña de identidad de todo el proyecto Ópera Garage: producciones propias, itinerantes, capaces de adaptar sus códigos a cada espacio sin perder tensión dramática.

 Gitana_VeranosVilla26_f.jpg

El texto de Pedro Mari Sánchez cumple -no sin cierta dificultad- la función de columna vertebral de la función, dialoga con naturalidad, evita la grandilocuencia y deja que sean los propios personajes, con su habla sencilla y su carga emocional, quienes conduzcan al espectador desde la anécdota familiar hasta la reflexión de fondo. La dramaturgia entrelaza sin costuras complejas los pasajes hablados con los musicales, y ahí radica buena parte de la eficacia de Gitana ya que no hay número operístico que se sienta excesivamente forzado ni diálogo que se demore más de lo necesario. El resultado es un relato fluido que respeta tanto al melómano exigente como al espectador que se asoma por primera vez a un aria de Verdi.

Sobre las tablas, el peso de la función recae en la mezzosoprano Patricia Illera, que dejó constancia de su capacidad para sostener un recital de esta envergadura, un instrumento de emisión franca y color cálido, desahogado en los extremos y con un centro de notable presencia, capaz de pasar sin fisuras del lamento de Dalila  - Mon coeur s´ouvre á ta voix- a la Habanera de Carmen. No es una voz que se limite a exhibir repertorio, sino que lo habita con una intención dramática coherente con el personaje de Naima, la de quien reclama, cantando, el derecho a elegir su propio destino. Junto a ella, la cantaora Rosa Linero aporta el contrapunto flamenco imprescindible, con un timbre y un desparpajo escénico que dan cuerpo a Soleá sin caer en el estereotipo, y con gran capacidad expresiva. De hecho, por qué no escucharla en la interpretación del Fuego Fatuo de Don Manué, no solo en este escenario, sino en mayores alcurnias y con orquesta.

 Gitana_VeranosVilla26_d.jpg

No puede decirse lo mismo, sin embargo, del resto del cuadro flamenco: la guitarra y el cajón que la acompañan no alcanzaron ese mismo nivel, con una interpretación que echó en falta soltura en el fondeo de las manos y esa raza, ese duende, que el cante de Rosa Linero sí exhibió sin esfuerzo. Es una asignatura pendiente en un conjunto que, por lo demás, funciona con la precisión de un mecanismo bien engrasado. Al piano Rosalía López Sánchez, ejerce de sostén y de hilo conductor entre ambos mundos sonoros, acompañando con oficio y sensibilidad un tránsito que exige tanto rigor operístico como intuición flamenca, dos lenguajes que rara vez conviven con esta naturalidad.

Lo que distingue al proyecto de Ópera Garage, y lo que explica su presencia recurrente en espacios no convencionales, es precisamente esa vocación divulgativa que sus intérpretes y su equipo creativo sostienen con convicción. No se trata de una función operística al uso, sino de un formato pensado para tender puentes entre la lírica culta y el flamenco más genuino, entre el gran repertorio y el público que nunca ha pisado un teatro de ópera. En esta Gitana, piano, voz y cuadro flamenco recorren juntos un mapa de personajes cíngaros que atraviesa la ópera, la zarzuela y la canción popular españolas, con páginas firmadas por, Chueca -Tango de la Menegilda -, Verdi, Bizet, o Gerónimo Giménez – La tarantula. Es, en el fondo, una lección de historia de la música contada sin cátedra ni distancia, en la que cada aria se ofrece como una puerta abierta antes que como un monumento, y en la que el mérito de Suárez, Sánchez y del trío de intérpretes es no perder nunca el rigor mientras tienden esa mano al espectador novel.

Gitana_VeranosVilla26_c.jpg

Que Veranos de la Villa haya elegido el claustro del Instituto San Isidro para acoger esta historia no es un detalle menor. El festival lleva décadas demostrando que la música culta gana otra dimensión cuando abandona los recintos convencionales y se instala en el corazón simbólico de la ciudad, en patios y claustros que llevan siglos siendo testigos de la vida madrileña. Ahí, con las puertas abiertas desde las nueve de la noche y la función arrancando a las 21.30h, el público —familias, curiosos, melómanos y quienes simplemente buscan una tregua en el calor de agosto— se encuentra con una performance que no exige conocimientos previos, solo la disposición a dejarse llevar por una historia de amor, resistencia y libertad contada con la máxima naturalidad.

No todo fue, con todo, acierto sin matiz. Cabe preguntarse si la amplificación empleada resultaba estrictamente necesaria en un espacio de las dimensiones del Claustro, capaz de por sí de acoger con generosidad tanto la voz lírica como el cante; el refuerzo sonoro, en algunos pasajes, restó algo de esa desnudez y esa verdad tímbrica que voces como la de Patricia Illera o Rosa Linero podrían haber ofrecido al natural.

Gitana_VeranosVilla26_b.jpg
Y una observación menor pero significativa: la ausencia de programa de mano dejó al espectador sin la información elemental sobre quién firmaba cada apartado del equipo artístico, un gesto de cortesía hacia el público y de justicia hacia los propios intérpretes que convendría no descuidar en próximas citas.

En tiempos en que la ópera se debate entre la reverencia y la extinción de sus públicos, propuestas como Gitana recuerdan que el género puede seguir siendo popular en el sentido más noble de la palabra: el de pertenecer a todos. Bajo el cielo de un San Isidro que en agosto se convierte en teatro, Ópera Garage —con Suárez y Sánchez tejiendo el relato y Patricia Illera y Rosa Linero dándole voz, cante y sostén musical— vuelve a demostrar que la lírica no necesita foso ni palco para emocionar; le basta un piano, unas voces entregadas y la voluntad de mirar de frente lo que nos separa para encontrar, al fin, lo que nos une.

Fotos: © Helena Trigueros