© Óscar Corcuera
Ruido y lluvia
19/08/2026. Atapuerca (Burgos). X Festival Música Callada. Atrio del Centro de Arqueología Experimental. Le noir de l’etoile, de Gerard Grisey. Neopercusión (Juanjo Guillem, Rafa Gálvez y Nerea Vera) y Q-Sion Percussion Ensemble (Eusebio Alejandro Sánchez, Abel Gómez y Samuel Alejandro Reyes). Reyes Oteo (electrónica), Abraham Padilla (difusión sonora). Dirección: Juanjo Guillem.
En ocasiones uno encuentra, casi al azar, un pequeño tesoro. He aquí que a primeros de julio me encontraba holgazaneando mientras miraba páginas web de venta de entradas cuando me topé con un concierto de Neopercusión a una hora de mi casa; mi sorpresa fue mayor cuando se anunciaba una sola obra y a un compositor de esos que se conocen por referencia pero del que nunca has podido oír una sola nota en directo: hablamos de Gerard Grisey y su monumental Le noir de l’etoile (La oscuridad de las estrellas). Había que ir, sí o sí. Ello mientras duraba ya –incluso en este norte cantábrico, climatológicamente hablando cada vez más mediterraneizado-un largo verano seco, duro, caluroso. Se anunciaba el concierto al aire libre, en Burgos y en pleno agosto así que, ¿qué podría salir mal?
Música Callada es un festival burgalés que cumple su décima edición y del que honestamente reconozco nunca había oído hablar. En este contexto Fernando Gómez, el alma mater del mismo, pensó que se podía poner en pie esta obra, de enorme complejidad tanto musical como a nivel de infraestructura porque Le noir de l’etoile es una obra para seis percusionistas y cinta electrónica además de exigir una disposición peculiar del público.
Los ciento cincuenta espectadores estábamos en el centro de la entrada principal del Centro de Arqueología Experimental, lugar destinado al estudio y divulgación de la riqueza de Atapuerca. Esta entrada está semicubierta, alternando las partes cubiertas con las que no lo están. Rodeando a los espectadores seis sets de percusión dispuestos de forma circular, por lo que cada espectador tiene algunos sets enfrente, otros detrás y otros al lado; por poner un ejemplo personal, uno de los set mencionados estaba a un metro de mi persona, con lo que ello supone.
La obra que se ofrecía, Le noir de l’etoile (1990) es una cumbre de la percusión clásica y su escucha en las condiciones mencionadas, toda una experiencia. Juanjo Guillem nos hizo una presentación técnica y artística de la obra muy interesante para poder entender la verdadera dimensión de la misma. Solo un dato: cada uno de los músicos utilizaba treinta instrumentos distintos durante los sesenta minutos que dura. Instrumentos de tripa, de madera, de metal; tambores de mil procedencias, gongs, cajas y platillos diversos; instrumentos de semillas y baquetas diversas, tal era la exhibición que se nos ofrecía.

La dificultad de Le noir de l’etoile, al menos una de ellas, es su multipulsación; se abordan células musicales similares en distinta pulsación, lo que conlleva que el oyente acabe envuelto de ruidos (Juanjo Guillem reivindicó con acierto el uso de esta palabra) que cada intérprete gestiona en la medida de la pulsación que le corresponde.
Y ahora que hemos estado imbuidos de un fervor cósmico no exento de artificiosidad por aquello del eclipse del pasado 12 de agosto Le noir de l’etoile nos habla directamente del cosmos, de los púlsares, aquellos sonidos que en el pasado siglo se unieron a la vida extraterrestre y que hoy sabemos producidos por la explosión de distintas estrellas que provocan la creación de un sonido rítmico que dura por los siglos de los siglos. Precisamente, Reyes Oteo –que hace apenas un mes estrenó su primera ópera, La clausura del amor- desde la electrónica nos brindo el sonido de las dos que se conocen –la primera Vela de nombre; 0329+54 la segunda- para separar los tres movimientos de la obra principal.
Durante la previa presentación aparecieron truenos sonoros y lo que parecía imposible ocurrió cuando nos quedaba un cuarto de hora de obra: apareció la lluvia, rodeada de enormes rayos que iluminaban una noche en la que la temperatura había caído doce agrados en apenas dos horas. Se tuvo que interrumpir la noche y bien que lo sentí, aunque la adversidad climática estaba complicando bastante la escucha.
Los cincuenta minutos vividos nos habían dejado en estado de shock. Los seis músicos citados en la ficha artística, a saber Juanjo Guillem, Rafa Gálvez y Nerea Vera por parte de Neopercusión y los componentes del grupo mexicano venido a este concierto ex profeso Q-Sion Percussion Ensemble Eusebio Alejandro Sánchez, Abel Gómez y Samuel Alejandro Reyes hicieron un alarde de lo que es el mundo de la percusión en toda su verdadera dimensión.
En Atapuerca, dónde a saber qué tipo de música podrían realizar aquellos seres humanos pero a ciencia cierta, lo harían también con percusión, vivimos una música clásica -¡¡muy bien Juanjo Guillem, esto también es música clásica!!- moderna, preñada de ruidos, de ritmos, de sonidos que parecieron invitar a la naturaleza a unirse.

Fotos: © Óscar Corcuera