Gardiner_Quincena26_b.jpg© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez 

Sólo un concierto más

Donostia, 22/08/2026. Palacio Kursaal. LXXXVII Quincena Musical Donostiarra. Obras de J. Brahms y F. Mendelssohn. Hilary Cronin (soprano), Sam Cobb (soprano), Jonathan Hanley (tenor) y The Constellation Choir & Orchestra. Dirección musical: John Eliot Gardiner. 

Embarcarse en un proyecto musical nuevo cuando ya se es octogenario puede entenderse como prueba de la vitalidad de la que uno aún dispone, y visto dirigiendo este concierto no puede negarse que John Eliot Gardiner (1943) tiene aún cuerda y presencia para hacer estas y otras muchas cosas. También puede entenderse como la necesidad de rehacer el presente eliminando u obviando errores del pasado más reciente. El citado nuevo proyecto del afamado director inglés es The Constellation Choir & Orchestra, una entidad privada que parece estar abierta a todo tipo de repertorio y que Gardiner afirma haber construido él mismo con músicos de su entera confianza.

La respuesta a tal por qué solo está en la cabeza del director que, no olvidemos, pasa por ser una de las batutas especialista en el mundo barroco y clásico más relevante de las últimas décadas. En las últimas fechas Gardiner ha entrado en otros mundos estéticos y sigue siendo, a pesar de todo, una ineludible referencia direccional. La Quincena Musical donostiarra ha presentado a este grupo con un repertorio romántico y muy clásico, que poco aporta al oyente donostiarra, aunque de esto ya haré un apunte al final de este reseña. Brahms y Mendelssohn son dos columnas del romanticismo germano y las obras propuestas son recurrentes en los programas de concierto, por lo que el nuevo grupo no se salió de lo más trillado. 

Gardiner_Quincena26_c.jpg

Schicksalslied, op. 54 (La canción del destino, 1871), de un  maduro Johannes Brahms es una obra sinfónico-coral breve que está bañada de melancolía y añoranza, cuando no de tristeza misma y que Gardiner llevó con buen pulso, sabiendo acentuar tales sentimientos y permitiendo que el coro –en el que, reconozco, tenía depositadas muchas esperanzas que no se vieron totalmente correspondidas- desplegara una capacidad de cantar en piano realmente notable. Alguna entrada tímida y, quizás, una cierta falta de intensidad por el volumen (estamos hablando de 32 voces, 18 femeninas y 14 masculinas) fueron ligeros condicionantes en el desarrollo de la obra.

El plato fuerte era la interpretación de la Sinfonía nº 2 en si bemol mayor, Lobgesang, op. 52 (1840), de Felix Mendelssohn, concebida para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de la imprenta. Podríamos entender que estamos más ante una cantata o un oratorio que ante una sinfonía… si Ludwig van Beethoven no hubiera puesto patas arriba tal concepto al estrenar dieciséis años antes la célebre sinfonía nº 9 que, por cierto, escucharemos en apenas tres días en el mismo recinto. Mendelssohn utiliza textos de la versión luterana de la biblia y a pesar del ya mencionado motivo último de su composición no hay mención alguna no religiosa. Los tres solistas vocales eran componentes del coro y respondieron de forma muy adecuada aunque con matices.

Gardiner_Quincena26_d.jpg

La voz más compacta fue la de la primera soprano, Hilary Cronin, bien emitida y con cierto volumen. Asumió con soltura las notas más agudas y mostró seguridad en su parte y en su frase tras el escenario logró un aire de misterio y religiosidad nada desdeñable. Algo más difusa fue la segunda soprano, Sam Cobb, tirante en el agudo aunque se acopló bien con su compañera en el dueto Ich harrette des Herrn. Finalmente, apuntar la buena labor del tenor inglés Jonathan Hanley, de voz muy típicamente británica: con tendencia a blanquearla, andaba remiso en la franja aguda y, sin embargo, mostraba una adecuación estilística impecable, muy adecuada. En definitiva, tres cantantes que ora asumían partes solistas ora entraban a ser pequeña parte de un todo en la masa coral, con humildad y ganas de aportar que siempre he valorado en este tipo de agrupaciones.

Gardiner supo crear distintos climas durante la sinfonía: trombones sobresalientes dieron inicio a un Maestoso con moto muy bien dibujado y marcaron un final solemne y apasionado. En distintos momentos puede apuntarse la brillantez del resto del metal y la calidez de la cuerda, dúctil a las exigencias de la batuta. Una vez llegado el momento de la cantata el coro intercaló momentos de enorme brillantez con otros más conflictivos, especialmente en lo que se refiere a la cuerda de las sopranos: Mendelssohn es romanticismo inicial y eché en falta más intensidad romántica, mayor dramatismo en la interpretación del coro. Tampoco se trata de pedir siempre cien voces pero con las dimensiones presentadas cantar sin vibrato alguno hace que las voces femeninas suenen tirantes y fuera de estilo. En el caso de los hombres, sobre todo por parte de los bajos, se enseñó más empaste y volumen, con un sonido mucho más cálido.

Gardiner_Quincena26_e.jpg

Un programa que a priori no despertaba gran interés y que a posteriori nos confirmó que la Quincena Musical Donostiarra está inmersa en un bucle de conformidad y resignación que asusta un poco, no lo niego. Ha descendido sensiblemente el número de conciertos en el Kursaal –más aún, algunos ciclos han sido resumidos hasta el extremo- y la ópera ha desaparecido; es más, se nos ha dicho que no puede volver a corto plazo, y ello cuando el año pasado tuvimos dos buenos ejemplos de lo que sí se puede hacer: Amaya, de Jesús Guridi y West Side Story, de Leonard Bernstein, es decir, ópera menos frecuente y en versión de concierto, que es la única salida ante el hecho indiscutible de que nos encontramos con una infraestructura sin posibilidad escénica alguna. Quizás así podríamos salirnos de los títulos de siempre, ya en ópera ya en conciertos sinfónicos, y apostar por algo distinto, que nos permita salir del citado bucle.

La presencia del público, seguramente llamado por el nombre del director, fue importante, estando muy cerca del lleno absoluto, de lo que me alegro. 

Fotos: © Quincena Musical | Iñigo Ibáñez