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Cantar el vals

Vilabertran. 22/08/26. Canónica de Santa Maria de Vilabertran. Elionor Martínez, soprano; Marie Seidler, mezzo; Santiago Sánchez, tenor; Henk Neven, barítono. Paulina Tukiainen, piano; Victoria Guerrero, piano.

Preciosismo vocal, seis intérpretes rebosantes de talento, juventud tímbrica en las voces y cuatro manos de radiante articulación fueron las credenciales de este programa consagrado a los Liebeslieder-Walzer de Brahms.

Después de la interesantísima charla previa del divulgador Joan Vives sobre la conexión entre el severo Brahms y un género tan aparentemente frívolo como el vals, el público recibió este atractivo e inusual programa con avidez musical y una festiva generosidad en los aplausos finales.

No fue para menos, ya que los cuatro solistas y las dos pianistas combinaron sendos debuts en el Festival —el tenor uruguayo-español Santiago Sánchez, el barítono neerlandés Henk Neven y la pianista finlandesa Paulina Tukiainen— con artistas formadas en el programa Lied the Future: la pianista jerezana Victoria Guerrero (ed. 2018) y la soprano catalana Elionor Martínez (ed. 2023). A ellas se sumó una cantante ya conocida en el Festival, la mezzo alemana Marie Seidler, en su quinta participación en la Schubertiada de Vilabertran desde su debut aquí en 2016.

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En la primera parte del programa, dedicada íntegramente a los dieciocho Liebeslieder-Walzer, op. 52, pudimos disfrutar de las cuatro voces y de la frescura de sus colores, su espontaneidad expresiva y su empaste. Dos timbres brillantes como los de la soprano Elionor Martínez y el tenor Santiago Sánchez contrastaron con la melosidad de la mezzo Marie Seidler y la corrección estilística del barítono Henk Neven. El carácter más desinhibido y la alternancia de las melodías cantábiles, como esos valses que parecen avanzar casi al ritmo de las olas del Danubio —O die Frauen o el más explícito Am Donaustrande—, marcaron los ritmos de danza, alternados con acentos populares interpretados con destreza felina por las dos pianistas, que añadieron pulcritud expresiva y flexibilidad al fraseo.

La aparente sencillez del vals se iluminó gracias a la compleja arquitectura interna con la que Brahms dota a estas joyas miniaturistas, necesitadas de seis intérpretes de gran complicidad y musicalidad. Las cuatro voces sonaron fluidas y con la naturalidad que exige la obra, pero también supieron asumir las estructuras simétricas y atender a los cromatismos y modulaciones con gran eficacia expresiva, a pesar de seguir los pentagramas de las partituras. Un programa complicado de hacer de otra manera.

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Pero fue en la segunda parte, con una selección de ocho de los dieciocho Neue Liebeslieder-Walzer, op. 65, de mayor madurez compositiva y complejidad interna, donde brotaron los mejores momentos musicales del Liederabend. Por cierto, ocho Liebeslieder-Walzer interpretados por primera vez en la historia del Festival.

Al inicio de la segunda parte, con los números 1 y 2 de los Vier Quartette, op. 92, los solistas pudieron lucir con mayor comodidad sus respectivas voces. El ensimismado O schöne Nacht!, con una escritura pianística de magnífica calidad y líneas internas independientes, encontró a las cuatro manos ya en plena función estética de primer orden.

El paso a los cuatro lieder solistas permitió disfrutar de cuatro instrumentos vocales merecedores por sí mismos de un Liederabend. La voz cristalina de Elionor Martínez afinó, con un aire platino y cegador, un registro agudo que hace desear escucharle una Sophie de Der Rosenkavalier en un futuro próximo. La ligereza y densidad de su emisión, el gran dominio técnico y la naturalidad de sus colores la hicieron ideal en Die Nachtigall, op. 46/4.

El tenor Santiago Sánchez desarmó con su acaramelado fraseo en Die Mainacht, op. 43/2, donde alternó unos graves bien asentados con un registro agudo de lirismo pleno de expresión y calidez. Un tenor que merece una mayor presencia en nuestros lares. En ambos casos, el acompañamiento de la pianista Victoria Guerrero aunó sensibilidad y una atención al detalle de gran clase.

El barítono Henk Neven sentenció con severidad el más oscuro y trascendente Auf dem Kirchhofe, op. 105/4, mientras la seguridad imperturbable de la mezzo Marie Seidler combinó profundidad sonora con esa melancolía tan brahmsiana de sus obras más tardías. Profesionalidad y complicidad de la pianista Paulina Tukiainen en otra muestra de calidad individual.

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Ambas pianistas brillaron en la interpretación, también por primera vez en la historia de la Schubertiada, de los Valses a cuatro manos, op. 39, en una selección de seis números de los dieciséis valses que los componen. Al refinamiento rítmico exigido por las obras, tanto Tukiainen como Guerrero añadieron el estilo adecuado a su economía motívica, con fraseos exactos y una digitación grácil que administraron con dominio del ritmo, la pulsación y ese fundamento armónico que las obras hacen palpitar en sus miniaturas interiores.

Así se estableció una especie de diálogo entre las dos pianistas, donde el carácter íntimo y la importancia de la melodía se fusionan en obras cumbre como el núm. 15 en la bemol mayor, una de las piezas pianísticas referenciales de Brahms, que bordaron con sencillez y autoridad.

Un recital modélico de una música de cámara de gran elaboración compositiva que encontró en artistas formados en el Festival, nuevas voces y pianistas, magníficos intérpretes para una velada donde hermosura y talento se aunaron para satisfacción del exigente público de la Schubertiada.

Dos dúos de Schumann, So wahr die Sonne scheinet e In der Nacht, in memoriam del recordado Jordi Roch, fueron los bises interpretados para un cierre emotivo y crepuscular.

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Fotos: © David Borrat