© David Borrat

Incienso armenio

Vilabertran. 23/08/26. Canónica de Santa María de Vilabertran. Ruzan Mantashyan, soprano; Margarit Sargsyan, piano.

Poderío vocal, carisma expresivo y una sensibilidad especial rodearon el segundo liederabend de la soprano armenia Ruzan Mantashyan en la Schubertiada de Vilabertran, después del éxito y la sorpresa de su recital de debut el pasado verano.

Lo primero que llama la atención de esta cantante es su ángel personal, un aura que rodea a la soprano nada más pisar el escenario y que se esparce por el ambiente en cuanto empieza a cantar. Mantashyan posee un instrumento eminentemente operístico, por su amplitud, proyección y potencia, pero tiene, a su vez, la capacidad de los grandes cantantes para saber plegarse a las características de la canción. Interioriza, administra y controla con suma elegancia y seguridad técnica su instrumento, con un sabio uso de los reguladores y las dinámicas, además de disponer de un notable fiato.

El inicio del recital, con las canciones de Komitas, el gran compositor nacional armenio, definió el canto de su protagonista. La expresión, marcada por la austeridad espiritual de la contemplación de la naturaleza, el uso de un registro central generoso y ahumado, una declamación de gran naturalidad y las ornamentaciones orientalistas propias del folclore del país caracterizaron un bloque que resonó como una letanía hipnotizante.

Ahí quedaron un inolvidable Ach, maral jan, seguido de Alagyaz, y un Khinki tsarr en el que pareció una verdadera sacerdotisa ancestral de las tierras armenias. La voz fluyó con una naturalidad pasmosa, emitida con una concentración atávica, y el timbre, ligeramente azabache y de sensualidad satinada, desarboló por completo a una audiencia absorta y entregada.

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El paso al bloque de Dvořák, con los Písně milostné, op. 83 («Canciones de amor»), retomó a la intérprete más teatral y de resonancias operísticas, tan propias del autor checo. Aquí, Ruzan se explayó con un canto más abierto, controlando siempre un registro agudo esmaltado de notables armónicos y atenta a la prosodia checa, tan característica. Estos poemas de amor tienen en el piano otro protagonista, ya que, en Komitas, la sencillez de la escritura, concentrada en la melodía vocal, hizo pasar más desapercibido el trabajo pianístico de Margarit Sargsyan. Aquí, con Dvořák, sonó mucho más presente y reveló una gran complicidad musical con Mantashyan, de quien además es profesora.

El próximo debut de la soprano armenia será precisamente Rusalka, este mes de septiembre en la Ópera de Toulouse. Quizá por ello, sus canciones del compositor eslavo tuvieron un tono más incisivo, en el que los contrastes expresivos y la lírica romántica propia del estilo se tornaron un crisol de matices, colores e inflexiones en una cantante que consigue, en cada canción, captar la atención del oyente y dejar siempre un poso personal difícil de olvidar. Así fue con la conclusiva Ó duše drahá jedinká.

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En la segunda parte, con la selección de los romances de Chaikovski, Ruzan se mostró netamente inmersa en el estilo romántico ruso, con un fraseo contrastado, un registro agudo dominador y esa expresión doliente y arrebatadora tan propia del creador de El lago de los cisnes. Desde la primera, Skaji, o čom v teni vetvei, op. 57/1 (1884), la armenia se plegó al estilo con carisma y esa sensibilidad especial que aunó una aparente fragilidad emocional con un torrente vocal lleno de potencia y exaltación, como en Zabit tak skoro (1870).

Pero fue con un encendido Otčego, op. 6/5 (1869), cuando la intensidad interpretativa del recital se tornó in crescendo y vinieron a la mente las grandes heroínas chaikovskianas, como la Tatiana de Eugenio Oneguin, papel con el que Mantashyan ha triunfado la temporada pasada en la Ópera de París. Con Nochi bezumnye, nochi bessonnye, op. 60/6 (1886), trufado de claroscuros en el fraseo, colores tornasolados y nostalgia dramática, cerró el bloque ruso con un arrebatador Den li tsarit, op. 47/6 (1880), donde el piano revuelto y apasionado de Margarit Sargsyan acabó de redondear la sección más operística del recital.

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El cierre, con seis exigentes lieder de Richard Strauss, demostró el generoso estado de forma de la soprano armenia. Si en un Zueignung, op. 10/1, más contenido y lento de lo habitual, Mantashyan inició con seguridad y aplomo, con Geduld, op. 10/5, el fraseo se tornó más experimental y contrastado. Con Die Nacht, op. 10/3, demostró poseer un instrumento ideal para el repertorio straussiano, que todavía no ha abordado a nivel operístico y al que, en algunos aspectos, quizá le falta un punto de mayor amplitud técnico-expresiva.

Un Befreit pleno de opulencia tímbrica y sensualidad marcó otro punto álgido del liederabend. En contraste final, la intimidad maternal de Meinem Kinde, op. 37/3, dio paso al mayúsculo y conclusivo Cäcilie, op. 27/2, donde el instrumento mórbido y cálido de Ruzan se desplegó con la calidad de los grandes intérpretes para gozo del público.

La algarabía del ambiente se vio recompensada con dos bises. El primero “La rosa roja” del compositor armenio Romanos Melikyan, fundador del Conservatorio de Yerevan, capital armenia. El segundo bis Krunk de Komitas, dejó de nuevo esa sensación aturdidora de incienso vocal por una soprano llamada a dar muchas alegrías a sus cada vez, más innumerables fans. 

Que vuelva ¡y pronto!.

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Fotos: © David Borrat