© Marco Borrelli
Excelencia mozartiana
Salzburgo. 23/08/2026. Festival de Salzburgo. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart. Mozarteum Orchestra Salzburg. Kristian Bezuidenhout, piano. Giovani Antonini, dirección musical.
Los conciertos matutinos del Festival de Salzburgo, dedicados exclusivamente a la interpretación de piezas de Wolfgang Amadeus Mozart, son eventos muy populares en la vasta programación del certamen austríaco. El denominador común de las Mozart Matinee es, por un lado, el autor de las obras y, por el otro, la orquesta especializada en el repertorio: siendo esta la Mozarteum Orchestra Salzburg. Otro atractivo de dichas citas musicales son los maestros y los solistas de primer orden que suelen acudir como artistas invitados. Una de las sesiones matinales de esta edición contó con la dirección musical de Giovanni Antonini y la participación del talentoso pianista Kristian Bezuidenhout durante la primera parte del concierto.
La pieza que inauguró dicha Matinee fue el Concierto para piano nº27 en si bemol mayor (K. 595). Esta obra tardía, terminada en 1791, fue el último concierto que escribió Mozart, concretamente once meses antes de fallecer. Su instrumentación es más modesta; incluso, se diría, reducida, ya que carece de trompeta y timbal, como presentaba su anterior Concierto para piano nº23 en la bemol mayor (K. 488). Es, por tanto, uno de los conciertos menos festivos y exuberantes del genio de Salzburgo, el cual invita a la serenidad y a la introspección.
Para abordar el primer movimiento, Bezuidenhout evitó el virtuosismo ostentoso. No por falta de talento, sino por coherencia, honrando, así, el espíritu de la obra. El pianista australiano nacido en Sudáfrica recreó la dimensión serena y contenida que la composición demanda con una ejecución cristalina, de asombrosa delicadeza, que no flaqueó en el segundo movimiento más lento, ni en el refrescante y jovial final del tercero. Antonini y la Mozarteum Orchestra lo acompañaron con una interpretación conjunta muy oportuna. Las cuerdas vibrantes acomodaron el piano en el Allegro inicial y elevaron el ánimo durante el tercero, mostrando su faceta más lúdica en el Finale. Aunque el diálogo entre los músicos y el solista alcanzó el punto álgido en el larghetto, es decir, justo en la parte central de la pieza. Finalmente, Bezuidenhout se despidió del público salzburgués ofreciendo una exquisita interpretación fuera del programa del segundo movimiento Allemande de la Suite en do mayor para piano (K. 399).

Tras la pausa, el concierto prosiguió con el Divertimento nº15 para dos violines, viola, contrabajo y dos trompas en si bemol mayor (K. 287). Se trata de uno de los divertimento mozartianos más interpretados en la actualidad. La obra goza de una gran popularidad desde que George Balanchine empleó esta música para coreografiar su célebre ballet Caracole.
En la Mozart Matinee, Antonini dirigió los seis movimientos de la pieza con un magnífico equilibrio entre las secciones, sacando un brillo extraordinario que no permitía su anterior acompañamiento orquestal con Bezuidenhout. Llegado el momento del esperado Adagio, las miradas se posaron ante el concertino
Frank Stadler, quien ocupa el prestigioso puesto de primer violín en la Mozarteum Orchestra desde 1999. El músico alemán demostró su talentosa veteranía liderando las cuerdas con su fraseo elegante, muy fluido, de delicado sentido cantabile. El Adagio dio pasó a otra sonoridad de carácter danzante. Las dos trompas recuperaron su presencia aportando relieve a las cuerdas. Resultó especialmente acetado el equilibrio entre ambos grupos. La obra culminó en un Finale de rebosante vivacidad: e Lejos de resultar grandilocuente, Antonini confirió un cierre sobrio l ritmo ágil en el Allegro molto condujo a un gran cierre enérgico, lleno de carácter.

Fue todo un acierto enlazar ese Divertimento con la Sinfonía nº30 en re mayor (K. 202), dado que el ímpetu del Finale recientemente escuchado encontró su continuidad en el Molto allegro del primer movimiento de la que sería la última pieza interpretada en la Matinee. Asimismo, dicha sinfonía en cuatro movimientos que el autor compuso siguiendo el modelo vienés (y no el italiano de tres) también recuerda a los divertimentos mozartianos por su carácter exuberante. Los músicos abrieron la pieza con una contundente y precisa fanfarria, marcando desde el inicio el tono festivo y luminoso de la sinfonía.
En el pasaje inicial el conjunto sonó especialmente ágil, gracias al pulso de Antonini. Su dirección atenta logró cambiar el ambiente que exigía el segundo movimiento, escrito solo para cuerdas. La intensidad del anterior dio pasó a un estado de recogimiento, íntimo y elegante, que recordaba al Concierto para piano nº27. En el Menuetto la orquesta recuperó su pulso danzante. Asimismo, dirección puso especial énfasis en las síncopas, aportando mayor dinamismo al pasaje. Tal refuerzo provocó un gran impacto en el Trio, de carácter más íntimo y camerístico, donde todas las cuerdas dialogaron con el concertino. El Presto final condujo la sinfonía hacia un cierre muy ágil. Lejos de resultar grandilocuente, Antonini confirió un cierre sobrio y elegante, muy digno de una sesión que en su totalidad rozó la excelencia.

Foto: © Marco Borrelli