© Salzburg Festival | Thomas Aurin
Saturación espacial
Salzburgo. 24/08/2026. Festival de Salzburgo. Richard Strauss: Ariadne auf Naxos. Christina Nilsson (Primadonna / Ariadne), Eric Cutler (Der Tenor / Bacchus), Kate Lindsey (Der Komponist), Ziyi Dai (Zerbinetta), Johannes Silberschneider (Der Haushofmeister), Christoph Pohl (Ein Musikleherer), Johanes Hacker (Tanzmeister), Blaz Stajnko (Ein Perückenmacher), Fabian-Jakob Balkhausen (Ein Lakai), Leon Košavić (Harlekin), Michael Porter (Scaramuccio), Lukas Enoch Lemcke (Truffaldino), Theodore Browne (Brighella), Jasmin Delfs (Najade), Anja Mittermüller (Dryade), Marlene Metzger (Eccho), Fabio Dorizzi (Ein Offizier). Ersan Mondtag, dirección de escena. Manfred Honeck, dirección musical.
Tras haber creado el Festival de Salzburgo en 1920, sus padres fundadores Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal esperaron seis años hasta ver representada una de sus óperas conjuntas en él. Ariadne auf Naxos subió al escenario de Salzubrgo un 21 de agosto de 1926, convirtiéndose en la primera ópera del compositor alemán y del libretista austríaco que formaría parte de la programación. Además, la efeméride tuvo un protagonista excepcional: el propio Strauss dirigió a la orquesta desde el foso. Para celebrar el centenario de esa función inaugural, el Festival de Salzburgo ha encargado una nueva producción al director de escena berlinés Ersan Mondtag. Sin embargo, confiar la gesta conmemorativa a este polémico especialista en regietheater ha sido una de las peores decisiones que ha tomado la dirección en la presente edición.
La deslocalización de la trama es el primer gran cambio en el texto de Hofmannsthal de los muchos que vendrán. Así, tanto el prólogo como la ópera dentro de la ópera transcurren en el interior de una estación espacial en Marte. Al menos, Mondtag ha mantenido la figura del hombre rico que quiere entretener a sus invitados con una doble representación teatral. Pero, desde el nuevo enfoque del regista, este oligarca se ve a sí mismo como el todopoderoso dios Bacchus de la ópera que ha comisariado. En otras palabras, la velada se ha organizado para hacer alarde de la riqueza y el control multiplanetario de ese sujeto, dando rienda suelta a sus fantasías narcisistas.

Este detalle se aprecia cuando se despliegan banderas e insignias con el logo “ƧASBH” en el momento en que Bacchus aparece en la Isla de Naxos. Se trata del mismo logo escrito sobre el albornoz que llevan todos los comediantes y artistas invitados durante el prólogo. Las cinco letras son el nombre del multimillonario, o de la empresa intergaláctica que ha patrocinado el show. La crítica a los delirios de grandeza de Elon Musk es innegable. Las ridículas palabras del magnate anunciando que en el futuro visitará Marte con su nave SpaceX para fundar una colonia parecen haber inspirado al director de escena berlinés. De hecho, su propuesta parte del concepto de las cápsulas del tiempo. En este caso, ridiculiza la cápsula del tiempo que crearía el hombre más rico de la galaxia, puesto que lo haría desde su condición privilegiada. Su lectura denuncia el privilegio de aquellos que son capaces de vivir en su propio microcosmos, ajeno a las desigualdades e injusticas externas.
Desafortunadamente, Mondtag y su dramaturgo Till Briegleb han cometido el grave error de equipar esa condición de privilegio con la de Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal cuando estrenaron Ariadne auf Naxos en 1912, durante la Primera Guerra Mundial. La osadía del hombre que firmará la futura producción de Parsifal en el próximo Festival de Bayreuth no tiene límites. Pues, en su debut como regista en Salzburgo, se ha atrevido a menospreciar a los fundadores del festival en el aniversario de la ópera representada. Por suerte, su censura sobre quienes crean arte en tiempos de guerra no se percibe a nivel escénico, tan solo se recoge en el programa de mano que detalla el origen de esta descabellada propuesta.

A tal desatino hay que sumarle la estética extravagante escogida por Mondtag (también responsable de la escenografía y del vestuario) para ridiculizar la cápsula del tiempo del magnate. La base marciana en cuestión parece un interior de Star Trek, mientras que los personajes han sido caracterizados como seres fantásticos del peor cine de serie B. Asimismo, el director de escena se empeña en saturar la vista del espectador creando situaciones absurdas que son ajenas a la trama. Todas ellas son supuestamente cómicas, como los ensayos de coreografías de TikTok, los vídeos de naves espaciales con reliquias de la civilización humana, los bailarines teniendo sexo a ritmo de las coloraturas de Zerbinetta... El catálogo de excesos es infinito.
Desde el foso, Mandred Honeck salvó al público de dicha experiencia sobrestimulante. El maestro austríaco minimizó los efectos de la carga escénica ofreciendo una dirección contenida, clara y de mayor refinamiento en el último tercio, tras la entrada de Bacchus. A sus órdenes, la Filarmónica de Viena sonó con mucha evocación, fantasía y ciertos destellos de color. Pero, por desgracia, la música y la puesta en escena nunca llegaron a confluir.

Meses antes del estreno, el Festival de Salzburgo sufrió un duro revés con la cancelación de Elīna Garanča, prevista para el doble papel protagonista. Pues otro principal atractivo de la edición centenaria era el debut de la mezzosoprano letona en ese rol. Christina Nilsson asumió el reemplazo ofreciendo una Prima Donna y una Ariadne de excelentísimo nivel, donde no faltaron sus característicos y penetrantes agudos plateados. Su partenaire Eric Cutler ofreció un notable Tenor en el prólogo, seguido de un Bacchus de mayor rudeza que en otras ocasiones. La mezzosoprano norteamericana Kate Lindsey, veterana de Salzburgo, abordó el papel del Compositor con su grata claridad vocal y desbordante expresividad.

La Zerbinetta de la soprano china Ziyi Dai fue una de las mayores sorpresas del elenco. En su debut en Salzburgo demostró tener la frescura, técnica y seguridad necesarias para afrontar los temidos sobreagudos en Grossmächtige Prinzessin. Precisamente en este pasaje se produce un cambio sustancial respecto al libreto: Zerbinetta se dirige al Compositor cuando canta el aria, y no a Ariadne. Su interlocutor no solo queda enamorado de ella, sino que sufre una especie de revelación de género que se materializa en un cambio de vestuario. El Compositor sustituye su look masculinizado por satén y perlas femeninas. Finalmente, de entre los numerosos roles secundarios de esta ópera, destacaron el maestro de música (Ein Musikleherer) del barítono alemán Christoph Pohl, así como las tres ninfas Jasmin Delfs, Anja Mittermüller y Marlene Metzger, las cuales llevaron a cabo su última intervención desde el foso.

Fotos: © Salzburg Festival | Thomas Aurin