© Mathias Bracho Lapeyre
Tres en uno
Ziburu. 27/08/2026. Iglesia de San Vicente. Festival Ravel. Obras de A. Pérez Sánchez, K. Szymanowski, J. Turina, F. Mompou, F. Coll, J. Nin, F. García Lorca y G. Crumb. Barbara Hannigan (soprano), Bertrand Chamayou (piano), Gabriel Pidoux (oboe), Florentino Calvo (mandolina), Sandrine Chatron (arpa), Aurélien Gignoux, Bastien Lafosse y Théo Lamperier (percusión), Aron Marin (voz infantil) y Moira Cauzzo (violín). Dirección musical: Alphonse Cemin.
Por tercer año la soprano –quizás sería más conveniente decir la artista- canadiense Barbara Hannigan ha visitado el Festival Ravel, que se celebra en la costa vasca, entre Ziburu y San Juan de Luz. El primer pueblo mencionado es el natal de Maurice Ravel y el segundo, el más grande de la zona; a falta de infraestructuras adecuadas, los organizadores ocupan iglesias y centros culturales para ofrecer un conjunto de conciertos en los que priman la originalidad, la audacia y la inteligencia, despertando así el interés de los espectadores.
En el caso que nos ocupa Barbara Hannigan cantó, acompañada de un conjunto instrumental harto peculiar, en la iglesia de San Vicente, en Ziburu, a apenas unos metros de la casa natal del compositor. Se anunciaba un recital pero en realidad lo que tuvimos fueron tres pequeños conciertos independientes que, consumados de forma consecutiva, ocuparon la hora y media del evento, que se realizó con una iglesia llena hasta arriba. Y eso que el programa estaba muy lejos de ser “cómodo” pero el público ya conoce lo que la soprano nos puede dar y lejos de amilanarse, se apunta con ella a un bombardeo. Y lo que vivimos en la tercera parte del concierto fue un auténtico “bombardeo” emocional, uno de esos momentos musicales capaces de dejar a cualquier melómano en estado de shock. Pero respetemos el orden del concierto.

La primera parte incluyo una sola obra, el estreno absoluto de Ancient Sounds, obra encargo del festival a un joven valenciano, Álvaro Pérez Sánchez, premio de composición de la Academia Ravel 2025, presente en la iglesia. La obra está pensada para un grupo muy singular: oboe, arpa, mandolina y dos percusionistas. El oboe se coloca en un principio en la parta alta del recinto, buscando una sonoridad y un efecto casi celestial para luego descender a la tierra y unirse a los cuatro restantes. Las sonoridades de arpa y mandolina son extremas, siendo los instrumentos utilizados como pocas veces hemos podido contemplar, con lo que al fusionarse con la percusión nos ofrecen una estética extrema y vanguardista. Doce minutos de efectos musicales singulares bien coordinados desde la batuta de Alphonse Cemin.
Toda la segunda parte la protagonizó Bertrand Chamayou desde su piano abordando distintas piezas de compositores españoles, con la excepción de La berceuse d’aitacho Enia, op. 52, de Karol Szymanowski, momento lírico que contó con la participación de la joven violinista Moira Cauzzo. Las cuatro siguientes piezas –Turina, Mompou, Coll y Nin- nos trasladaron por el piano de los siglos XX y XXI con obras que coincidían en la delicadeza e intimidad de nanas y cantos de cuna. Para terminar esta segunda parte la voz infantil de Arson Marin interpretó una nana musicada por Federico García Lorca, Nana de Sevilla, logrando la emoción por su perfecta dicción e intención. Chamayou, una vez más, mostró una técnica depurada, un gusto exquisito y pido disfrutar, como todos, del enorme silencio y respeto mostrado por todos los presentes en forma de silencio sepulcral.

Y así, tras un brevísimo receso, llegó la tercera parte, con la presencia de la estrella de la tarde. Barbara Hannigan y todos los músicos señalados en la ficha técnica –con la excepción del violín- nos ofrecieron una de las obras cumbre de la vanguardia del siglo XX. George Crumb es uno de esos nombres recurrentes en enciclopedias y artículos pero cuya música es muy difícil de vivir en directo. Más aún una de la envergadura de Ancient Voices of Children, obra de casi media hora y que recoge y pone música a cinco poemas de Federico García Lorca.
Porque este concierto del Festival Ravel estaba dedicado a la memoria del poeta andaluz, universal. Mientras en otros lugares aun se justifica que, para vergüenza de muchos, los restos de Lorca permanezcan ocultos, en otros sitios se homenajea al poeta y se recuerda su trascendencia cultural. El estadounidense George Crumb (1929-2022) es perfecto ejemplo de ellos; como compositor exploró nuevas formas de utilizar los instrumentos y emitir los sonidos. En 1970 estrenó la obra que nos ocupa, diseñada para el siguiente conjunto instrumental: oboe, mandolina, arpa, piano amplificado, piano de juguete y percusión, mas el añadido de soprano y voz infantil. ¡Ahí es nada!
La obra es desconcertante e interpretada por una artista de la talla de Barbara Hannigan, una auténtica experiencia, tanto en el contenido musical como en las mismas formas empleadas. Dos pequeños ejemplos de esto último: la primera canción, El niño busca su voz, la interpreta la canadiense con medio cuerpo metido en la caja de resonancia del piano, lo que provoca una reverberación inusitada; y la segunda, Me he perdido muchas veces por el mar, la canta con un tubo de cartón situado entre su boca y un micrófono, lo que supone de alteración de su voz y una emisión singular del sonido.

La obra es simbólica: juega con la niñez, los sonidos elementales, los primitivos, el dolor y el andalucismo que impregna todo el texto. El castellano de la soprano fue más que aceptable aunque en los melismas flamencos podría pedírsele –lo que es fácil, por supuesto- más conocimiento del estilo pero lo que no se puede negar es la implicación y el arte de una cantante que es auténtica profetisa de la música de vanguardia. Los intérpretes estuvieron sencillamente extraordinarios. A todos se les pide mucho más de los estrictamente habitual: los percusionistas susurran, cantan y musitan; el mandolinista grita y golpea con su instrumento una especie de platillo; la arpista golpea el marco de madera de su instrumento y Chamayou nos toca una pequeña pieza en piano de juguete. Todo un alarde de formas irreverentes y casi provocadoras, con una música difícil pero muy atractiva.
La respuesta del público fue fervorosa. Los bravos se sucedían y poco menos que se exigió que la señora Hannigan vuelva el año que viene. ¡Ojalá! En definitiva, un concierto digno de vivir y que queda para nuestro recuerdo particular. El Festival Ravel, dedicado a la música española en esta edición, se ha apuntado un muy buen tanto con el mismo.

Fotos: © Mathias Bracho Lapeyre
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