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Brillante sonoridad

30-08-2026. Donostia. Palacio Kursaal. LXXXVII Quincena Musical Donostiarra. Obras de G. Verdi y P. I. Chaikovsky. Orfeón Donostiarra y Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán. Dirección musical: Riccardo Chailly.

Bastaron los tres primeros acordes de los metales dando inicio a la obertura de La forza del destino para que observáramos una cualidad de la orquesta que participaba en el último concierto de esta edición de la Quincena Musical Donostiarra: la brillantez del sonido. La Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán es dueña de un sonido rotundo, luminoso, que dio realce a una obra que hemos escuchado –y ellos, interpretado- en múltiples ocasiones; quedó muy claro que la orquesta desprendía teatralidad y que la obra la tenían bien trillada. Esta obertura acompaño a dos de las Quatto Pezzi Sacri, obra de carácter religioso que escribió el genio de Busetto mientras trabajaba en la construcción de sus dos óperas testamentales, Otello y Falstaff. Las partes elegidas fueron aquellas que exigían acompañamiento orquestal, quedando excluidas de la misma la dos obras escritas a capela: el Ave María, para coro mixto y el Laudi alla Vergine María, para coro femenino.

No estamos ante una de las páginas más inspiradas de Verdi y cuesta imaginarlas bullendo al mismo tiempo que esas dos maravillas absolutas que son Otello y Falstaff. Tampoco es una obra frecuente en las salas de conciertos y no hubiera estado mal el poder escucharlas completas pero es lo que tienen estos conciertos veraniegos..

En la parte coral el Orfeón Donostiarra aportó sus casi cien voces para afrontar las dos páginas y dentro de unos buenos resultados, el Orfeón no terminó de cerrar su interpretación como otras veces. Junto a pianos delicados y marca de la casa, hubo ataques tirantes y dudosos, además de que algunas consonantes -¡ay, la palabra Sanctus, que puñetera es!- dieran algún pequeño problemas, fundamentalmente a las sopranos. Riccardo Chailly caminó junto a la masa coral, atendiéndola y siendo exigente con ella, conocedor como será de sus capacidades. En cualquier caso, una prestación notable.

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Toda la segunda parte se dedicó a la habitual Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36, de Piotr Ilich Chaikovsky. Aquí Chailly abandonó la particular austeridad religiosa de Verdi para volver a apabullar al respetable con un sonido ostentoso y teatral, muy acusado en el Finale, allegro con fuoco. El primer movimiento, lleno de contrastes y agilidad, un segundo, andantino, donde el solista de oboe aportó toda su melancolía. El célebre tercero, con su pizzicato ostinato, volvió a ayudar a realzar el valor de la orquesta, creando la batuta mundos de distintas sonoridades en alegres contrastes. Y ya queda dicho que el cuarto fue una auténtica apología del sonido, ayudado por los metales, y un timbalero excelso.

Así terminaba una nueva edición de la Quincena Musical Donostiarra. Ahora será el turno de los balances y seguramente serán, cara al público, muy positivos. A un servidor, y sin que ello suponga nada especial mas que la opinión personal de un aficionado, le queda la sensación de que ha sido una edición bastante plana donde –quizás con la excepción de la noche Berlioz- cuesta recordar algo que pueda mantenerse en nuestra memoria colectiva. Hasta el año que viene.

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Fotos: © Iñigo Ibañez