© Miquel González – Shooting
Éxtasis wagneriano
Barcelona. 29/08/2026. Palau de la Música Catalana. Orquesta del Festival de Bayreuth. Nicholas Brownlee, barítono. Klaus Florian Vogt, tenor. Catherine Foster, soprano. Pablo Heras-Casado, dirección musical.
En el extremo derecho del escenario del Palau de la Música Catalana se alzan unas poderosas guerreras sobre caballos alados armadas con escudos y lanzas. Estas protectoras del Palau son las valquirias de Richard Wagner, esculpidas por los artistas modernistas Pau Gargallo y Dídac Massana. Su imponente presencia en el interior de ese deslumbrante edificio diseñado por Lluís Domènech i Montaner recuerda a los espectadores que el wagnerianismo tiene raíces muy profundas en el arte y la cultura catalana. La relación entre Barcelona y Richard Wagner va más allá del mérito de haber sido la primera ciudad en representar legalmente un Parsifal fuera del Festival de Bayreuth. Mucho antes, en 1863, Josep Anselm Clavé ya dirigió el primer Wagner en la ciudad, siendo este la marcha de Tannhäuser. Fue ese concierto el que plantó la semilla del wagnerianismo en Barcelona.
De esa semilla han brotado varios intentos de traer a la ciudad ese sonido único wagneriano que solo posee la orquesta del festival. El sueño se ha cumplido en 2026, gracias a la conmemoración del 150 aniversario de la primera función de El anillo del nibelungo en el Festival de Bayreuth y del 40 aniversario del Festival de Peralada. De esta doble efeméride surgió la idea de crear una gira por varios teatros de España, donde la orquesta del festival bávaro interpretaría una selección de la tetralogía, bajo la dirección de Pablo Heras-Casado. Asimismo, la elección de este maestro cada vez más especializado en la obra de Richard Wagner no es fruto de la casualidad. La gira es un pequeño anticipo de lo que aguarda para la próxima tetralogía en Bayreuth. En 2028, Heras-Casado emprenderá su mayor travesía por el universo wagneriano. Tras estrenar y dirigir durante cuatro ediciones consecutivas la última producción de Parsifal, el granadino se convertirá en el primer español en ponerse al frente de un ciclo completo de El anillo del nibelungo en el corazón del wagnerianismo. Por último, cabe mencionar que esta iniciativa no hubiese sido posible sin el respaldo privilegiado de Katharina Wagner y los aires de renovación que la actual directora y bisnieta del compositor ha implementado.
© Miquel González – Shooting
El concierto arrancó de forma abrupta con un golpe seco de martillo. Era el trueno de Donner en la última escena de Das Rheingold que propagaron las veloces cuerdas en divisi, comandadas por su concertino Juraj Cizmarovic, hasta alejarlo y hacerlo desaparecer. No se escuchó el pertinente acompañamiento vocal “Bruder, hieher! Weise der Brücke den Weg!”, pero las nubes se abrieron igualmente sin el llamado de Froh. Tan solo dos arpas (frente a las seis que suelen estar convocadas en la ópera) siguieron las órdenes no pronunciadas del Dios, dibujando el arcoíris sobre el horizonte con sus luminosas texturas arpegiadas. La ascensión iridiscente prosiguió sin el bellísimo y consecutivo texto de Froh, en el que el tenor describe el puente de colores que acaba de crear para que las divinidades accedan al Valhalla.
Fue, entonces, el turno de las trompas, quienes debían llevar la melodía del motivo del Valhalla sobre los metales. Sin embargo, los metales tardaron demasiado en acomodarse al aciago campo sonoro del Palau. Tras pasar todo el verano interpretando Wagner en las mágicas profundidades de ese foso (a excepción de tres conciertos al aire libre), tocar en esas coordenadas era como enfrentarse a la maldición de Alberich. La orquesta saltó del paraíso acústico bávaro a una sala muy temida entre músicos y maestros por sus condiciones de escucha. Desde patio de butacas las voces lograron proyectarse con claridad sobre la masa orquestal, pero ese equilibrio no se reprodujo con la misma eficiencia en otras zonas del recinto, especialmente en las butacas laterales próximas al escenario.
Tras esos primeros compases sinfónicos, privados de los versos de Froh, apareció en escena Nicholas Brownlee, listo para entonar el célebre “Abendlich strahlt der Sonne Auge” durante la entrada de los dioses al Valhalla. El bajo-barítono inició su intervención mientras algunas secciones seguían buscando la sonoridad adecuada. Pero lejos de verse afectado por ello, su presencia vocal contribuyó a cohesionar el conjunto. Esta joven promesa wagneriana -que será el próximo Wotan de la tetralogía del Gran Teatre del Liceu- se convirtió en el solista triunfador de la velada. El público del Palau quedó rendido ante su potencia y dotes expansivas. Pues, la belleza de sus alargadas líneas melódicas se propagó por toda la sala, como aquellos rayos de sol sobre el crepúsculo descritos en los versos recitados.
La profundidad y la riqueza tímbrica de su instrumento fueron testadas durante el “Von Morgen bis Abend”, donde voz y orquesta se oscurecieron al recordar las desgracias y humillaciones a las que fueron expuestos los dioses a lo largo de la ópera. Al son del enérgico leitmotiv de la espada volvieron las esperanzas del Dios con las que cerraba su monólogo, pero allí no terminó la música. Un pequeño arreglo en la partitura permitió que la orquesta interpretara el apoteósico final de Das Rheingold sin los versos de Fricka, Loge y las hijas del Rin.
© Miquel González – Shooting
Klaus Florian Vogt fue el protagonista de la segunda pieza del concierto, encarando el monólogo de Siegmund “Ein Schwert verhieß mir der Vater”, situado en el primer acto de Die Walküre. Valga decir que fue un acierto encadenar ambos fragmentos. Tras la invocación de Nothung de la pieza anterior, el Velsungo recordaría, ahora, aquella espada que su padre (Wotan) le prometió cuando era niño. Pero antes de que el tenor entonara su explosiva frase inicial, Heras-Casado preparó la atmósfera amenazante de los compases previos. Se acentúo la base de la cuerda grave con los seis contrabajos y los ocho violoncellos, sin generar una sonoridad excesivamente pesada. Esa grata ligereza arropó los golpes del timbal que recordaban la cercanía del enemigo de Siegmund, pues Hunding dormía bajo el mismo techo.
El característico timbre blanquecino de Klaus Florian Vogt irrumpió en el campo sonoro contrastando con la bravura del texto. Pese a tratarse de uno de los Heldentenöre más demandados en todo el mundo, aún hoy sigue suscitando muchas dudas entre wagnerianos. Su falta de medios heroicos queda demostrada en todas sus interpretaciones de Siegmund o Siegfried que se proponga, pero su extraordinaria facilidad para alcanzar los agudos en esos pasajes nobles siempre termina decantando la balanza a su favor, como en el caso del doble Wälse. Asimismo, su pureza perlada resultó ideal para evocar a Sieglinde en el “Raste ich hier: ein Weib sah' ich”, fundiéndose con la cálida línea cantabile del primer violoncello.
La tercera obra dio pasó al momento más esperado de la velada: regresó Nicholas Brownlee para interpretar “Leb wohl du kühnes herrliches Kind!”. El fragmento también conocido como “La despedida de Wotan" corresponde al pasaje más emotivo de Die Walküre. Su interpretación prometía ser memorable en vistas del éxito que supuso su debut de este rol, llevado a cabo dos meses atrás en la Ópera Estatal de Baviera. El monólogo precisa de un intérprete versátil con un registro medio amplio, agudos robustos y graves resonantes. Pero sobre todo debe poseer altas capacidades respiratorias y expresivas para abordar la ternura de un padre que se despide por última vez de su hija en pleno legato sostenido durante la segunda parte del monólogo. El tiempo se detuvo en el preciso instante en que el norteamericano entonó Der Augen leuchtendes Paar. Violas y violines arroparon la voz doliente con el motivo del sueño, como si estuvieran tocando una canción de cuna. Ese crescendo doloroso cesó en lo vocal, pero continuó en el plano sinfónico durante el exquisito interludio orquestal anterior a la invocación de Loge. Heras-Casado esculpió un tejido sonoro de profundo lirismo y melancolía, haciendo aflorar con delicada transparencia la extensa suma e intercalación de leitmotivs que reúnen esos compases.
© Mario Wurzburger
El deleito sinfónico prosiguió en la cuarta obra representada. Los solistas descansaron durante la ejecución de “Waldweben”: el “Murmullo del bosque”, ubicado en el segundo acto de Siegfried. El maestro imprimió el aura bucólica del paisaje con una cuerda muy equilibrada, en gran diálogo con la línea melódica del concertino. Fue deslumbrante la intervención del flautista, quien imitó el aleteo del pájaro que hablará a Siegfried con una ligereza casi etérea. Las sonoridades tenues de ese fragmento casaron muy bien con la quinta pieza del concierto. Pues en “Ewig war ich” se aprecia el paso del mundo heroico de Siegfried a la experiencia humana del amor, presagiada en el canto del pájaro recién escuchado. La parte para soprano fue interpretada por la artista británica Catherine Foster, quien también se encuentra entre las Brünnhildes e Isoldes más demandadas por los teatros, a pesar de que este año no ha subido sobre el escenario del Festspielhaus.
Foster entonó los primeros versos con cierta inseguridad e inestabilidad. Se apreciaron graves problemas de afinación y emisión que no mejoraron con la aparición de Klaus Florian Vogt para acompañarla en el rol de Siegfried. Por desgracia, en el Palau de la Música no se reprodujo la excelencia y compenetración vocal que mantuvieron los dos solistas cuando interpretaron ese dúo de amor en el Festival de Bayreuth de 2024 y 2025. Ciertamente, Vogt se vio perjudicado por los desajustes de su partenaire. Por fortuna, el descanso propició la recuperación de ambos cantantes, dado que sus últimas intervenciones resultaron memorables, disipando, así, cualquier sombra de duda sobre la calidad de sus respectivos instrumentos.
La sexta pieza escogida fue el interludio sinfónico “Siegfried Rheinfahrt”, en el que se describe el viaje de Sigfried por el Rin durante el primer acto de Götterdämmerung. Fue una excelente decisión iniciar la segunda parte del concierto con este bello pasaje para acomodar el oído a las nuevas sonoridades de la última pieza de la tetralogía. La articulación tan precisa de toda la sección de cuerda y su extraordinario empaste se reafirmaron como rasgos distintivos de la dirección de Heras-Casado. También lo fueron sus tiempos relajados, que han ido ganando amplitud, fluidez y menos sensación de urgencia desde que dirige en el foso de Bayreuth. Asimismo, los compases de carácter jubiloso parecían ser interpretados con mayor libertad y disfrute por esa plantilla de especialistas en repertorio wagneriano. A partir de esta pieza el concierto empezó a respirar una energía distinta: una relajación compartida entre músicos, maestro y espectadores, fruto de una vitalidad festiva y espontánea.
El ambiente festivo no decayó en las dos siguientes piezas, aunque tuvo que reinventarse para no desmerecer el tono elegíaco de las mismas. El “Brünnhilde, heilige Braut!” (la muerte de Siegfried) cantado por Klaus Florian Vogt, seguido de “Siegfrieds Trauermarsch” (la celebérrima “Marcha fúnebre”) eran otros dos momentos muy ansiados por la audiencia catalana. Nuevamente, su Siegfried no sonó heroico, pero Vogt compensó con la pureza y afinación del sonido, redondeado con unos agudos exquisitos. El tenor demostró que su intensidad expresiva es su mayor virtud, junto a la belleza de su instrumento lírico. El triunfo orquestal de esa velada culminó con la interpretación de la “Marcha fúnebre”. La densidad cambiante y los silencios dilatados catapultaron la tensión de la pieza. Pero Heras-Casado supo administrar y regular dichas curvas de tensión con dinámicas bien escalonadas. También destacó la extraordinaria intensidad que adquirió el último tramo.
La última pieza del programa supuso la vuelta al escenario de Catherine Foster para interpretar “Starke Scheite schichtet mir dort”. Las valquirias de Gargallo y Massana observaban atentas a la soprano, esperando una inmolación a la altura de su hermana. Se vivió, entonces, un momento mágico. La británica recuperó la seguridad y la técnica que la han definido desde los inicios de su carrera. Su voz se expandió sobre las punzantes llamas de la cuerda, luciendo una emisión clara, sin desajustes de afinación y con una potencia casi sobrenatural. Por si dicha actuación no hubiese sido suficiente para cerrar uno de los conciertos más emocionantes que ha acogido el Palau, Heras-Casado y la orquesta del Festival de Bayreuth ofrecieron de propina una Cabalgata de las Valquirias que ha quedado grabada para siempre en la memoria de todos los asistentes.
© Miquel González – Shooting
Read More
Read More
Read More