Un baño de elegancia
Vilabertran. 28/08/2026. Schubertiada de Vilabertran. Canònica de Santa Maria de Vilabertran. Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Albéniz y Falla
Con decir que a Javier Perianes le han dirigido Daniel Barenboim, Zubin Mehta, Lorin Maazel, Yuri Temirkanov o Vasili Petrenko basta para entender que se trata de un pianista de primer orden. Pero esas cosas hay que demostrarlas en el campo, como se dice en football. Y Perianes las demostró. Traía un programa integrado por obras de Chopin, Albéniz y Falla, teniendo la primera parte un carácter más "de salón" (dicho esto con el máximo respeto por unas piezas realmente bellas) hecho de obras cortas y una segunda más concertística con dos obras de mayor envergadura.
El arranque de la actuación de Perianes solamente puede ser calificado de indescriptible. Y aún así lo intentaré describirlo. La primera propuesta consistía en contraponer un nocturno de Falla de 1896 (una obra de juventud, pues Falla solamente tenía 20 años) con otro de Chopin de 1836, para poner el primero en el espejo del segundo que sería su modelo. Perianes empezó a derrochar dinámicas de una delicadeza extrema, ornamentaciones sensibilísimas y ataques de frase hirientes de tanta belleza. Si algo se le podía criticar fue el exceso de excelencia: el tenernos agarrados por una atmósfera hipersensible, un empacho de refinamiento casi difícil de digerir. Y así siguió con la Mazurka de Falla de 1899 y la Mazurka en la menor op.7/2 de Chopin.
Con la Mazurka op.67/1 nos despertó del sueño vaporoso y entró en otro universo al que la sensibilidad de Perianes no parecía tan afín. Fue un espejismo que sirvió para tomar contacto con la tierra por un momento. La Serenata andaluza de Falla fue un auténtico baño de elegancia. "And so on", como dicen los ingleses. Nada nos pudo sustraer de tal atmósfera estupefaciente hecha de notas cristalinas y dinámicas superintensas: ni el Vals en la menor, op.34/2 de Chopin, ni la Canción de Falla, ni la Berceuse, op.57 de Chopin con la que cerró esta primera parte verdaderamente antológica.

La segunda parte constaba de las Cuatro piezas españolas de Falla y cuatro piezas escogidas de la suite Iberia de Albéniz. Con las primeras pudimos confirmar todo lo observado en la primera parte, aunque el repertorio tuviese otro carácter, y por si la Mazurka op.67 de la primera parte había podido sugerir que Javier Perianes no había venido a este mundo para transmitir jolgorios danzarines, ahí estuvo la Andaluza que cierra la colección para acallar cualquier habladuría al respecto.
De Iberia seleccionó la Evocación del primer cuaderno para empezar. Delicada la pieza, delicadísimo el intérprete que, en cambio, destacó por lo enérgico en El polo del tercer cuaderno o en Triana del segundo cuaderno. Se cerraba con esta última pieza el programa, aunque no quiero obviar que vino precedida de una estupenda ejecución de Almería, del mismo cuaderno.
En los bises contrastó la tensa Danza ritual del fuego, con el intimismo de dos nocturnos de Chopin y Grieg respectivamente que completaron una actuación deslumbrante. El nivel de todos los conciertos que he podido disfrutar este verano en Vilabertran ha sido realmente muy notable pero probablemente este sea el que más costará de olvidar.
