© Melkon Ajamian 

Una triunfante carta de presentación

París. 06/09/2026. Palais Garnier. Obras de Franz Schubert y Gustav Mahler. Philopéra. Daniel Harding, dirección musical.

La Filarmónica de Viena tiene un rasgo que la hace especial frente a otras orquestas vinculadas a instituciones, como teatros, auditorios, o academias. De entrada, la Filarmónica nació de la orquesta de la Ópera Estatal de Viena. Por ese motivo, todos sus integrantes son, al mismo tiempo, miembros de la orquesta del teatro vienés. Sin embargo, aquello que la convierte en una formación musical singular es su autonomía respecto a la institución de la que procede. Pues son los instrumentistas quienes, a través de un modelo de autogestión, toman las decisiones artísticas, administrativas y financieras de la agrupación, sin estar subordinados a la dirección de la Ópera Estatal de Viena. 

En otras palabras, el teatro de la capital austríaca y su orquesta no tienen poder sobre la Filarmónica, pese a ser su hija pródiga. El origen de esta agrupación de gran prestigio se remonta a 1842, cuando los músicos del Hof-Operntheater —la llamada Ópera de la Corte de Viena que décadas después se convertiría en Ópera Estatal de Viena— decidieron fundar una nueva orquesta para interpretar repertorio sinfónico (especialmente Mozart y Beethoven), ya que la institución teatral a la que pertenecían solo les proponía tocar piezas líricas. 

Más de un siglo y medio después, la historia se ha repetido en la capital francesa. Un centenar de músicos de la Orquesta de la Ópera Nacional de París han fundado una nueva orquesta llamada Philopéra, imitando el modelo de autogestión vienés, y sin renunciar a su participación en la temporada lírica del Palais Garnier y la Ópera de la Bastilla. Por consiguiente, estos cien músicos seguirán formando parte de la Orquesta de la Ópera Nacional de París, pero llevarán a cabo una serie de conciertos sinfónicos al margen de las funciones de ópera y ballet que se celebren en las dos sedes citadas. 

Al igual que la formación austríaca, Philópera no tiene un director titular permanente. Son los propios músicos quiénes deciden con qué maestro quieren trabajar en sus conciertos. Para su evento inaugural en el Palais Garnier invitaron al británico Daniel Harding, quien actualmente ostenta el título de director de la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia. Asimismo, las obras escogidas constituyeron una verdadera carta de presentación de su propósito de tender puentes entre lo lírico y lo sinfónico en París. Los instrumentistas interpretaron dos sinfonías de Schubert y Mahler que presentan una marcada dimensión melódica, fruto de sus respectivas producciones liederísticas. La elección de este repertorio permitió poner de manifiesto que el diálogo entre los géneros debe prevaler, puesto que se encuentra profundamente arraigado en la escritura musical de muchos autores.

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El concierto se inició con la Tercera sinfonía en re mayor (D. 200) de Franz Schubert. Esta obra temprana en el corpus del compositor presenta una estética muy clásica, pese a haber sido compuesta en un momento en el que el lenguaje musical comenzaba a alejarse de esas formas. Cuando este joven de dieciocho años escribió la obra en 1815, Beethoven ya había estrenado ocho de sus sinfonías, llevando la escritura sinfónica hacia nuevos territorios. Sin embargo, el austríaco miró hacia atrás (concretamente hacia Mozart y Haydn), y tomó la estructura de las sinfonías clásicas introduciendo algunos cambios sustanciales, como la sustitución del segundo movimiento lento por un allegretto.

Harding eligió unos tempi ágiles, muy vivos, adecuándolos a esa exuberancia juvenil que despierta la sinfonía. Durante el primer movimiento los músicos llevaron un ritmo bien punteado, especialmente durante la transición al Allegro con brio. La interpretación de Harding del segundo movimiento fue muy singular. La primera y tercera sección sonaron demasiado delicados por su empeño en esculpir las frases con tanto refinamiento. Se perdió cierta calidez, pero se ganó una elegancia muy grata al oído. Merece una mención aparte el clarinetista Angel Martin, quien guio a la orquesta con un balanceo irresistible durante la sección central. De este segundo movimiento cabe elogiar el deslumbrante control de Harding sobre los pianissimi de las cuerdas, algo que más adelante, en ciertos pasajes de Mahler, alcanzaría una dimensión sobrecogedora. 

El tercer movimiento (que Schubert escribió casi a modo de scherzo) recuperó el tono lúdico. Así, el Menuetto respiró su alegre y pertinente atmósfera campestre. Fagot, oboe y cuerdas sin violonchelos invocaron al espíritu vienés interpretando un grácil y danzable Ländler durante el Trío de esa sección. Pero el gran asombro llegó en el cuarto movimiento, donde las cuerdas demostraron su agilidad al compás de una exigente tarantela. Los instrumentistas ofrecieron un Presto chispeante, de impronta rossiniana, que nunca sonó precipitado, gracias a la adecuada mesura del británico. Harding mantuvo el movimiento en permanente tensión, reservando para la coda una última escalada de energía.

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Tras el descanso, Philópera interpretó la Primera Sinfonía de Gustav Mahler. Desgraciadamente, el arranque de la ‘Titán’ no fue el esperado. La cuerda suspendida y las llamadas de la madera no acabaron de transmitir ese misterioso despertar de la naturaleza que propone Mahler en los compases iniciales. El primer movimiento sonó un poco más estático de lo habitual, siendo la única parte que quedó ligeramente por debajo del extraordinario nivel del concierto. Por su parte, el clarinetista volvió a demostrar su talento irrumpiendo con gran frescura, para imitar los cantos del cuco. Más adelante, estas dos notas descendentes redoblaron su expresividad cuando fueron interpretadas por la principal flautista de la Ópera National de Paris, Iris Daveiro. 

El segundo movimiento se puso en marcha con la perfecta sincronía de la cuerda grave. Contrabajos y violonchelos aportaron una gran sensación de peso a ese Scherzo convertido en Ländler. El maestro se decantó por una interpretación menos rústica, acentuando el color del viento-madera. La exquisitez del Trío volvió a evocar ese salón vienés que ya se había materializado en Schubert. Tras el episodio lírico del Trío, la vuelta del Ländler fue muy contundente, conduciendo el movimiento hacia una conclusión exuberante. El ambiente festivo quedó sepultado con la marcha fúnebre del tercer movimiento. El público quedó hipnotizado ante la presencia magnética de Lorraine Campet interpretando el esperado solo de contrabajo (la célebre canción de Frère Jacques que Mahler reformuló en modo menor). A la procesión fúnebre fueron sumándose más cuerdas y maderas, logrando una acumulación gradual de timbres de gran riqueza sonora. La aparición de la supuesta banda callejera sonó desenfadada, pero faltó el carácter grotesco y paródico que demanda el pasaje. 

El golpe seco de los platillos, seguido por los metales y la percusión dieron forma a ese rugido orquestal con el que se inicia el último movimiento de la ‘Titán’. El torrente violento no cesó hasta la llegada del tema lírico. Los grandes arcos melódicos de los violines, comandados por el concertino Petteri Iivonen, generaron un aura mágica, más luminosa que melancólica. En este sentido, los músicos se beneficiaron de la claridad del gesto de Harding (especialmente de esa mano izquierda con la que consigue moldear la respiración de la orquesta). El concierto culminó con la triunfante intervención de los metales. Ese final arrollador puso el broche de oro a una velada espléndida, dejando entrever el futuro prometedor que le aguarda a esta nueva orquesta.

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Fotos: © Melkon Ajamian