© Lorenzo Duaso
Retórica imperial en el Palau
Barcelona, 19/09/2026. Palau de la Música Catalana. Obras de Beethoven, Chaikovski, Sakamoto y Auerbach. Orquestra Simfònica del Vallès. Alba Ventura, piano. Andrés Salado, dirección musical
El diseño de un programa sinfónico es un arte que, como todas las artes, puede tener sus entusiastas defensores y sus agrios detractores. El que escribe empatiza más bien con programas que prioricen la uniformidad estilística, lo cual no fue, desde luego, el caso del programa propuesto el pasado sábado por la Orquestra Simfònica del Vallès y su director titular, Andrés Salado. El centro del programa, o así se publicitaba, era el Concierto 'Emperador' de Beethoven. El resto era lo menos vienés que uno pueda imaginar: desde el Chaikovski más grandilocuente a la música contemporánea pasando por una partitura cinematográfica. Si a eso se le añade que las obras elegidas de los grandes clásicos no són, de entre las de sus autores, las que más entusiasman al que tiene que evaluar el conjunto en estas lineas, no empezamos de la mejor manera. Sin embargo hubo de todo, desde una orquesta que fue de menos a más a una pianista de lo más solvente.
La primera obra que se presentaba era una Suite sinfónica de la banda sonora de la pel·lícula El último emperador de Bernardo Bertolucci, estrenada en 1987 con múisca de Ryuichi Sakamoto. Una pieza cuando menos elegante, con ciertos elementos de orientalismo bastante previsibles que no podían dejar de recordar a Puccini por momentos. La ejecucion resultó, a la par con el resto de la primera parte, poco detallista.
Ello resulta más grave cuando se trata de una pieza angular del repertorio clásico. El Concierto para piano núm. 5 en mi bemol mayor (llamado popularmente Emperador) op. 73, de Ludwig van Beethoven, fue compuesto entre 1809 y 1811 y fue dedicado al archiduque Rudolf de Habsburgo-Lorena. su nombre no responde a la voluntad de Beethoven y, por lo tanto, su conexión con la cuestión imperial planteada en la obra de Sakamoto es pura casualidad. Por otra parte fue escrito en plena época de las guerras napoleónicas, lo que la conecta con la Obertura 1812 que cerraría la velada.

Como he sugerido anteriormente, la ejecución de la obra de Sakamoto adoleció de cierta falta de detallismo que extendió una sombra de duda en toda la primera parte del concierto, también en esta obra de notorios tintes clásicos, que exige una transparencia y un equilibrio entre las voces que se echó de menos. Este era mi segundo contacto con el actual titular de la Orquestra Simfònica del Vallès, Andrés Salado, después de una Traviata en Sabadell que, en cambio, resultó muy satisfactoria. En este caso, por poner un ejemplo, las maderas ofrecieron un cojín poco confortable a la pianista en el sublime segundo movimiento y aquí allá se percibió poca delicadeza.
La transición del segundo al tercer movimiento (que se tocan enlazados) no fue del todo coherente, aunque aquí la responsabilidad sería compartida con la solista. Sin embargo, Alba Ventura, que era la responsable de la ejecución pianística, ofreció unas prestaciones muy satisfactorias, más allá del detalle mencionado. Ya pude reseñar para esta revista una estupenda interpretación del Concierto no. 20 de Mozart y en esta ocasión confirmó aquellas sensaciones. Al final del primer movimiento arrancó del respetable unos aplausos tan merecidos como extemporáneos. Pianista pulcra y eficiente, cerró con brillantes escalas la cadencia final del concierto y obtuvo entusiastas ovaciones tanto al final del concierto como con el bis.

Hay que decir en favor de Salado que el rendimiento de su orquesta fue bastante mejor en la segunda parte. La primera muestra de ello fue la obra Icarus, de Lera Auerbach, compositora soviética hasta que ello fue imposible a partir de 1991, momento en el cual se desplazó a los Estados Unidos. Se trata de una música entre lo estentóreo y lo siniestro, introducida por efectos percusivos de los contrabajos. Un lenguaje, en cualquier caso, perfectamente directo y comunicativo, no exento de bellos pasajes líricos y misteriosos, que fue interpretada de manera convincente y aparentemente entusiasta por la orquesta.
El programa se cerraba ni más ni menos que con Chaikovski y su Obertura 1812, conmemorativa de la victoria rusa ante las tropas napoleónicas lo que, como ya he dicho, la conecta con el contexto del Concierto Emperador e incluso con la obra inicial de Sakamoto, de resonancias imperiales también, ya que incluye (además de la Marsellesa), el himno imperial ruso del momento. Se trata de una obra demagógica y gesticulante, de la cual su autor renegaba con buenas razones a pesar de su popularidad. Ante tanta grandeza y trompetería el final del concierto fue recibido con un jolgorio desatado por el público, en parte porque la obra parece escrita con ese objetivo y en parte porque el desempeño orquestal de esta segunda parte fue muy satisfactorio.

Fotos: © Lorenzo Duaso
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