© Rafa Martín
Una música entre la luz y la sombra
Madrid. 25/09/2026. Auditorio Nacional. Obras de Jean Sibelius, Núria Giménez-Comas y Ludwig van Beethoven. Orquesta y Coro Nacionales de España. Veronika Eberle, violín. Kent Nagano, dirección musical.
Hay algo deliberadamente contradictorio en el programa que Kent Nagano ha escogido para su segundo encuentro con la Orquesta Nacional de España. Sibelius, Núria Giménez-Comas y Beethoven están separados por más de un siglo, por lenguajes, contextos y preocupaciones estéticas muy diferentes, pero los tres parecen conversar sobre una misma materia, la tensión entre la luz y la oscuridad, entre la libertad y aquello que la amenaza, entre el movimiento exterior y esa otra agitación, más silenciosa, que ocurre dentro de nosotros.
El propio programa de mano de la OCNE establece esos puentes. El Concierto para violín de Sibelius nació en los años de la rusificación y de la pérdida progresiva de autonomía de Finlandia, aunque su música parece abrirse hacia el vuelo de las gaviotas y el amanecer. Nostalgia of light, Yearning for…, de Núria Giménez-Comas, mira también hacia una naturaleza luminosa —la luna, las hojas, los pájaros— mientras proyecta sobre ella la sombra de un futuro distópico. Y la Séptima de Beethoven, escrita en 1811-1812 y estrenada en 1813, fue recibida por la época como una música de extraordinaria energía, convertida incluso durante el Congreso de Viena en una especie de banda sonora involuntaria de la restauración del orden europeo.
Tres obras, por tanto, que hablan de mundos que se mueven. Y un director que parece interesado, desde su llegada a la OCNE, en que tradición y contemporaneidad no sean compartimentos estancos. Si en el concierto inaugural de su titularidad Nagano había mostrado una aproximación a Mahler caracterizada por la claridad, la transparencia y una construcción serena de las grandes masas sonoras, aquí confirma algunos de esos rasgos, aunque con resultados desiguales.
Sibelius: la Finlandia interior
El Concierto para violín en re menor, op. 47 de Jean Sibelius es una de esas obras que parecen exigir al intérprete dos naturalezas contradictorias. Hay que ser virtuoso y, al mismo tiempo, casi paisajista; hay que dominar el instrumento y desaparecer detrás de él. Sibelius quiso ser violinista, soñó con una carrera de virtuoso y conocía perfectamente las posibilidades -y las trampas- del instrumento. Pero su concierto no es simplemente una pieza destinada a exhibir esas posibilidades. Es una obra física.
Hay en ella frío, tierra, viento, distancia. Y también una cierta aspereza que no conviene dulcificar. Sibelius no siempre es el compositor de la naturaleza amable que algunas lecturas nórdicas han querido convertir en estampita. Hay mala leche. Hay aridez. Hay tierra. Hay tundra y taiga finlandesa. Veronika Eberle parece entenderlo desde un lugar muy personal pues toca más hacia dentro que hacia fuera. El comienzo del concierto, Allegro moderato tuvo precisamente esa cualidad. Hubo más lirismo e intimidad que fuerza y carácter. El sonido del violín fue contundente, pero algunas de las escalas y pasajes de digitación no alcanzaron toda la diafanidad deseable. Hubo momentos de cierta precipitación, pequeños desajustes rítmicos entre solista y orquesta que impedían que la música respirase con absoluta naturalidad. Y, sin embargo, bastó llegar a la cadencia para que apareciera otra Eberle. Las dobles cuerdas, el fraseo personal, íntimo, casi ensimismado, adquirieron una profundidad extraordinaria. El grave del instrumento sonó hondo, terso, oscuro, sin perder jamás la nobleza del timbre. Hubo riqueza de matices y el fraseo estuvo impecable, aunque su sonido no fuera especialmente caudaloso.
Aquí esa aparente falta de exhibicionismo se convierte en virtud interpretativa. Eberle no parece querer llenar la sala con su personalidad; parece querer habitar la partitura. La orquesta, mientras tanto, se pliega al mensaje. Nagano no busca competir con el violín. Construye un espacio alrededor de él. Hay una atención especial a las texturas y a los planos intermedios, una forma de acompañar que evita convertir la orquesta en una masa romántica indiferenciada. Es una mirada atenta por su transparencia, flexibilidad y capacidad de integración con la solista.

En el Adagio di molto, la música encuentra otra respiración. Nagano aguarda. La mano izquierda descansa un instante sobre el pecho; la batuta, clara y firme, parece más acompañar que conducir. Es un gesto pequeño, pero dice mucho de su concepción del concierto donde la orquesta está para escuchar al solista tanto como para sostenerlo. Y qué magníficamente lo hace la cuerda de la Nacional. Los pianísimos acunan, mecen y sostienen al violín. El sonido colectivo se convierte casi en una superficie sobre la que Eberle puede dejar caer la melodía. El timbal, en un segundo plano pero nunca ausente, contribuye a mantener la tensión. No es mero acompañamiento rítmico, forma parte del paisaje sonoro y proporciona un fondo que da coherencia al discurso. Entonces aparece el llanto. El violín de Eberle llora, pero no se lamenta. Hay una distancia nórdica en ese lamento, algo contenido, que evita el sentimentalismo. Y el final del movimiento resulta soberbio.
El tercero cambia radicalmente el paisaje. Aquí Eberle muestra la dimensión atlética que la obra reclama. La bravura es casi insuperable. El violín parece avanzar sobre un filo muy estrecho, llevando la tensión hasta el límite y manteniéndola allí, justo en el borde del desastre. Quizá demasiado porque sufrir no es disfrutar. El Allegro ma non tanto que Sibelius escribe en la partitura admite una cierta contención que esta noche se echó de menos. Nagano lo lleva prácticamente a toda pastilla. La energía está, la tensión también, pero no necesariamente se gana carácter acelerando. Hay músicas que se vuelven más intensas cuando se las deja respirar. El empaste de la cuerda de la Nacional, magnífico, permite salvar muchos de esos momentos. Y Eberle demuestra que técnicamente está en un nivel extraordinario, el registro grave, oscuro y terso, deja una impresión más profunda. No hay en Eberle una voluntad de divismo. Hay introspección. Y quizá sea esa la palabra que mejor define su Sibelius.
Giménez-Comas: recordar la luz
Entre Sibelius y Beethoven aparece Nostalgia of light, Yearning for…, de Núria Giménez-Comas, una obra de 2021 que funciona como bisagra conceptual y sonora del programa. La propia compositora parte de una “idea luminosa del sonido” y de las imágenes de The Sorrow of Love, de W. B. Yeats, para construir un paisaje en el que la naturaleza —la luna, las hojas, el canto de los pájaros— convive con una amenaza futura tomada de Nostalgia 2175, de Anja Hilling.
Es una elección inteligente. Después de la Finlandia de Sibelius, la luz cambia de naturaleza. Ya no es la luz fría de un paisaje septentrional. Es una luz recordada. Una luz que quizá ya no existe.
La pieza adquiere así una condición casi cinematográfica, pero sin caer en lo descriptivo. Los timbres aparecen, se superponen, desaparecen. Hay una búsqueda de materia sonora más que de melodía en el sentido tradicional. La orquesta deja de ser un organismo jerárquico y se convierte en un espacio.
Y aquí Nagano vuelve a encontrarse con uno de los territorios que mejor conoce. Su relación con la música contemporánea ha sido una constante de su carrera, y su llegada a la OCNE está planteada precisamente desde la idea de construir una narrativa en la que el repertorio histórico y la creación actual puedan dialogar. El propio proyecto de la OCNE habla de “renovar sin romper”, una fórmula particularmente apropiada para entender este programa. Giménez-Comas no aparece, por tanto, como una interrupción entre dos grandes clásicos. Es el centro oscuro que permite mirar de otra manera a los otros dos.

Beethoven: la música que camina
Es difícil encontrar una sinfonía que haya soportado tantas interpretaciones distintas sin perder su capacidad de parecer siempre nueva. Wagner la llamó célebremente “la apoteosis de la danza”, pero esa definición, aunque hermosa, resulta insuficiente. La Séptima es danza, sí, pero también arquitectura, impulso, respiración, repetición y obsesión. Nagano propone un Beethoven orgánico, ordenado, diáfano antes que monumental.
En el Poco sostenuto – Vivace el golpe de arco de la cuerda es noble. Las maderas, especialmente la flauta, están finísimas. Hay una limpieza de líneas que permite escuchar la construcción interna de la música sin que el tejido orquestal se convierta en una superficie pesada. Pero el Vivace resulta quizá demasiado literal. Nagano parece obedecer al movimiento antes que interpretarlo. La rapidez está ahí, la claridad también, pero Beethoven necesita algo más que velocidad. Necesita dirección. Con todo, hay que reconocer algo que resulta imposible ignorar porque la orquesta está entregada. Y suena. Vaya si suena.
Me van a perdonar pues quizá sea la luna de miel de los inicios de cualquier relación, pero la impresión que produce esta Nacional con Nagano es la de una formación que quiere tocar para su nuevo director. Hay una disponibilidad palpable, una concentración colectiva, una voluntad de responder a cada gesto. Eso también forma parte de un concierto.
El Allegretto es, quizá, el más discutible desde el punto de vista de la propuesta musical. La interpretación es magnífica, pero la concepción resulta menos convincente. Nagano evita deliberadamente convertir el movimiento en esa suerte de procesión grave, casi fúnebre, con la que tantas veces se ha identificado. La música camina ligera, sin sentimentalismo. Es una opción perfectamente defendible. Pero no necesariamente la más persuasiva. Porque Beethoven puede construir una catedral con apenas tres notas. Y precisamente por eso no siempre necesita que le retiremos peso. Hay algo en el carácter obsesivo de esas células rítmicas, en la acumulación progresiva, que pide una gravedad que aquí aparece atenuada. La paradoja es sumamente interesante porque la interpretación es magnífica, aunque la propuesta no termine de convencer.
En el Presto Nagano recupera plenamente el pulso. Lo lleva ligero, atento a los contrastes, sin dejar que se convierta en una carrera. La cuerda responde con un empaste magnífico. Aquí la claridad deja de ser un límite y se convierte en una virtud. La orquesta respira como un solo cuerpo. Y Nagano mira. Mira muchísimo.
Persigue con los ojos las entradas, los acentos, las respuestas de las diferentes familias. Hay algo casi camerístico en su forma de dirigir una formación sinfónica. No parece querer imponerse sobre ella, sino mantenerla permanentemente despierta.
El Allegro con brio vuelve a plantear la cuestión de los límites de esta lectura. Hay menos peso. Mucha atención a los acentos. Mucha precisión. Mucha rapidez.
Pero rapidez no es fuerza. Y rapidez tampoco es necesariamente tensión dramática. Aquí se echa en falta algo de ese componente volcánico que Beethoven permite y que la orquesta parece tener capacidad para ofrecer. La música está perfectamente articulada, pero en algunos momentos uno querría que el director dejara que la energía acumulada se convirtiera en materia sonora, que el edificio cuidadosamente construido durante toda la sinfonía temblara un poco. Nagano prefiere controlarlo. Es una decisión estética, no un defecto técnico. Y precisamente ahí reside uno de los aspectos más interesantes de esta nueva relación entre la Nacional y su titular, todavía estamos descubriendo cuál será el punto de equilibrio entre la extraordinaria claridad de Nagano y todo aquello que una gran orquesta puede ofrecer cuando se le permite perder, durante unos instantes, el control.

Un nuevo comienzo, pero no desde cero.
Hay una cuestión que sobrevuela inevitablemente estos conciertos porque Nagano no llega a una orquesta vacía. Llega después de David Afkham, después de años de trabajo, de una formación que ha consolidado una identidad y que ahora comienza a relacionarse con otra manera de entender el oficio de director. La propia OCNE ha presentado esta nueva etapa como un proceso de continuidad y crecimiento, no de ruptura. Y eso se percibe.
La Nacional responde con extraordinaria calidad. Las cuerdas tienen densidad y flexibilidad; las maderas poseen personalidad; los metales pueden ofrecer potencia sin perder refinamiento. Y, sobre todo, existe una voluntad colectiva de escuchar.
Nagano aporta una manera de hacer música que privilegia la arquitectura, la transparencia y la inteligibilidad. No parece necesitar demostrar quién manda. Su autoridad nace de otro lugar, el del conocimiento profundo de la partitura y de una gestualidad que intenta que cada músico sepa exactamente qué debe hacer y, quizá más importante, por qué.
Hay momentos en que la música necesita levantar la voz. Y hay otros en los que basta con bajar la luz. Este concierto ha tenido ambas cosas. La aridez y el lirismo de Sibelius; la luz inquietante de Giménez-Comas; el movimiento incesante de Beethoven. Ha mostrado también las virtudes y los límites de una lectura de Nagano que se construye alrededor de la transparencia y del control, y de una Eberle cuya personalidad parece haber madurado hacia una expresividad cada vez menos exterior.
Quizá lo más interesante no sea todavía saber qué será la OCNE de Kent Nagano. Quizá sea escuchar cómo empieza a convertirse en ella. Y eso, en una orquesta, no sucede de golpe. Sucede concierto a concierto.
Fotos: © Rafa Martín
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