© Dolores Iglesias / Archivo Fundación Juan MarchDel olvido al escenario
Madrid. Fundación March. 30/09/2026. Andromeda y Perseo, versión de Álvaro Tato. Joven compañía Nacional de Teatro Clásico: Sam Arribas, Jordan Blasco, Luis Espacio, Laura Ferrer, Zoe da Fonte, Diego Garisa, Belén Landaluce, Julio Montañana Hidalgo, Gabriel de Mulder, Anna Nácher, Andrea Real y Andrea Santos. Pilar Alva-Martín, Maëlys Robinne, Rita Filipe, Andrea Rey, Gabriel Díaz, Javier Blanco, cantantes. Nuria Castejón, dirección de escena. Aarón Zapico, director musical.
¿Se imaginan una de las manifestaciones artísticas más completas, ambiciosas y dotadas de recursos de toda la historia de España? ¿Se imaginan que en ella confluyeran los mejores escritores, músicos y escenógrafos de su tiempo? ¿Se imaginan, además, que ese extraordinario tesoro, cuatro siglos después, no se hubiera vuelto a representar en nuestro país? Evidentemente, y conociendo cómo nos las gastamos en España con nuestro patrimonio musical, esta última pregunta es la más fácil de responder.
Pues bien, la Fundación Juan March de Madrid, junto al Teatro de la Zarzuela y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, han tenido a bien el recuperar Andrómeda y Perseo, la fábula mitológica de Pedro Calderón de la Barca cuya música se atribuye a Juan Hidalgo. Se trata de su primera representación en tiempos modernos y puedo decir que, después de lo visto, la espera ha merecido la pena.

La obra vio la luz el 18 de mayo de 1653 en el Coliseo del Buen Retiro, concebida como una gran celebración cortesana con motivo de la recuperación de la reina Mariana de Austria después de una grave enfermedad. Calderón dispuso para aquel acontecimiento de la escenografía del italiano Baccio del Bianco y, muy probablemente, de una música compuesta por Juan Hidalgo. Teatro, música, poesía y espectacularidad escénica formaban así un único dispositivo destinado al entretenimiento de la corte. En él pueden reconocerse algunos de los primeros pasos dados en España hacia la incorporación de recursos asociados a la ópera italiana, dentro de un proceso que desembocaría en la configuración del teatro musical español. Recuperar Andrómeda y Perseo no consiste únicamente en devolver a la escena una obra que llevaba casi cuatro siglos fuera de ella. Supone, en cierto modo, reconstruir una idea de teatro desaparecida: aquella en la que palabra, música, canto, escenografía y artificio formaban un único organismo destinado a deslumbrar.

Una pieza fundamental para hacer posible esta recuperación ha sido el manuscrito conservado en la Houghton Library de la Universidad de Harvard. El documento reúne el texto de la loa y de la comedia, una partitura prácticamente completa y numerosos dibujos relacionados con las escenografías ideadas por Del Bianco. También la música refleja ese momento de confluencia entre tradiciones: junto a procedimientos característicos de la música española aparecen recursos de raíz italiana, entre ellos fórmulas cercanas al recitativo. Las intervenciones cantadas de las divinidades, capaces de actuar sobre el mundo de los mortales, conviven con tonadas, seguidillas y otros géneros de tradición hispana. Hay en Andrómeda y Perseo, por tanto, algo más que una historia mitológica: el testimonio de un teatro en plena transformación.

La dificultad —y también el atractivo— de esta recuperación está precisamente ahí. ¿Cómo devolver hoy a la vida una fiesta cortesana cuyo sentido original dependía de una maquinaria escénica extraordinaria, de la magnificencia del espacio palaciego y de una concepción del espectáculo que ya no nos pertenece? La propuesta de la Fundación Juan March, el Teatro de la Zarzuela y la Compañía Nacional de Teatro Clásico no pretende reconstruir arqueológicamente aquel aparato, sino preguntarse qué puede quedar de él cuando se reducen sus dimensiones y se concentran sus elementos esenciales. La respuesta está muy bien pensada y conseguida, y pasa por una escena desnuda y móvil, por la convivencia de actores, cantantes y músicos y por una música que, entre la tradición hispana y los ecos italianos, conserva todavía la extrañeza de un género que estaba buscando su propia forma.

Para la actual recuperación, Álvaro Tato ha llevado a cabo una importante labor de reducción del original, que alcanza los 3.795 versos, sin renunciar al núcleo de la peripecia de Perseo: desde el descubrimiento de su ascendencia divina hasta la decapitación de Medusa y la liberación de Andrómeda. La nueva dramaturgia convierte la monumental fiesta cortesana de 1653 en un espectáculo de dimensiones camerísticas. Actores, cantantes y músicos conviven en un mismo espacio y son los propios intérpretes quienes, mediante la palabra y fragmentos de las antiguas acotaciones, van construyendo ante el espectador los diferentes lugares y situaciones.
Nuria Castejón plantea una dinámica y ágil puesta en escena que siempre fluye y sorprende, prescindiendo de la maquinaria y la complejidad visual características del espectáculo barroco para sustituirlas por una muy plástica escenografía móvil, diseñada por Pablo Menor, y por el continuo desdoblamiento de los intérpretes. Los estupendos figurines de Gabriela Salaverri y la funcional iluminación de Albert Faura completan esta concepción. Castejón y Tato introducen además una mirada contemporánea sobre la violencia que atraviesa la historia de sus personajes femeninos —Dánae, Medusa y Andrómeda—, poniendo de relieve las formas de sometimiento y violencia que sufren a lo largo de la obra. El resultado es así un doble ejercicio de recuperación: recuperar una obra prácticamente perdida de la tradición teatral española y, al mismo tiempo, interrogarla desde el presente.
El reparto reúne a doce integrantes de la 7.ª Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, estupendos actores que sorprenden por la naturalidad y la expresividad con que transitan por los complejos versos de Calderón. Su frescura, entrega y talento alcanzan un nivel interpretativo sobresaliente, tanto más meritorio cuanto que se trata de intérpretes de una juventud todavía evidente. El elenco de cantantes —Pilar Alva-Martín, Maëlys Robinne, Rita Filipe, Andrea Rey, Gabriel Díaz y Javier Blanco— cumplen con solvencia, musicalidad y muy buen hacer sus respectivos cometidos.

Desde el clave, Aarón Zapico dirige de manera muy efectiva un pequeño conjunto integrado por Tamar Lalo y Rita Rógar, en las flautas de pico; María Saturno, en la viola da gamba; y Nacho Laguna, a la tiorba y la guitarra barroca. Con apenas cuatro instrumentistas consigue una realización musical de gran riqueza, dinámica y expresividad y perfectamente integrada en la acción escénica.
La música atribuida a Juan Hidalgo resulta particularmente valiosa no solo por su indudable interés artístico, sino también por lo que representa como piedra angular en la evolución de la música escénica española. Y, sobre todo, sorprende por su belleza, que se hace especialmente patente en momentos como la escena de Morfeo o en el delicadísimo Pisa, pisa con tiento las flores. Son números que revelan la extraordinaria capacidad de Hidalgo para conjugar elegancia melódica, expresividad dramática y refinamiento instrumental, y que dejan inevitablemente con ganas de que la obra conserve una presencia musical aún mayor.

En definitiva, han tenido que pasar cuatro siglos para que podamos reencontrarnos con Andrómeda y Perseo, y el resultado justifica la espera. Tras la aparente naturalidad del espectáculo se adivinan muchas horas de trabajo, pero también, y sobre todo, un profundo amor por una obra que llega al presente con sorprendente vitalidad. La propuesta funciona en todas sus vertientes —interpretativa, musical y escenográfica— y consigue que sus noventa minutos transcurran con una ligereza engañosa, fruto de un minucioso trabajo de conjunto. Calderón despliega la música prodigiosa de sus versos y, a su lado, los hermosos compases atribuidos a Hidalgo encuentran una realización de gran nivel. Una puesta en escena inteligente, imaginativa y extraordinariamente bien ensamblada logra extraer todo el jugo de la obra y demuestra que este patrimonio, lejos de ser una reliquia del pasado, puede hablar con absoluta naturalidad al espectador de hoy. Después de cuatro siglos de silencio, Andrómeda y Perseo merece, por fin, ser escuchada y contemplada y, sobretodo, disfrutada.
Fotos: © Dolores Iglesias / Archivo Fundación Juan March
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