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Colonialismo minimal

Barcelona. 29/09/2026. Gran Teatre del Liceu. Verdi: Aida. Olga Maslova (Aida), Fiorenza Cedolins (Amneris), Arsen Soghomonyan (Radamès), Àngel Òdena(Amonasro), Simón Orfila (Ramfis), Vittorio De Campo (Il Re), Moisés Marín (Messaggero), Núria Vilà(Sacerdotessa). Shirin Neshat, dirección de escena. Josep Gil, dirección musical.

Tercer reparto en la múltiple oferta de voces que el Gran Teatre del Liceu ofrece de este título emblemático de la historia del teatro, pues sigue siendo la ópera más representada de su historia.

En el rol titular debutó la soprano rusa Olga Maslova, un debut liceísta que no pasó de una fría corrección. La voz tiene un color peculiar, de notable proyección, pero con una emisión cuyos reflejos metálicos, con sonidos oxidados según la posición, afean un timbre acerado, de notable registro, pero con notas de afinación dudosa. Así sonó un Ritorna vincitor que no emocionó. En su evolución vocal añadió expresión para firmar un tercer acto, el acto clave de Aida, donde el O patria mia mejoró en intenciones, para llegar al dúo con Amonasro con una teatralidad más orgánica. El canto y el timbre tienden a distanciar emocionalmente al espectador, hasta llegar al dúo con Radamès, donde mostró una notable fatiga, con un legato corto y pérdida de esmalte vocal. Con todo, en su dúo final del acto IV, los piani y el control de la afinación mejoraron para cerrar una interpretación y un debut dignos.

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A su lado había expectación por escuchar la voz del tenor armenio Arsen Soghomonyan, debut liceísta, quien ya había cantado en España en Pique Dame, en Les Arts, en 2023. El cantante comenzó con un Celeste Aida sin complicaciones, ni por emisión ni por potencia vocal, pero ya se percibió una de sus principales carencias: ni a nivel expresivo, ni por fraseo ni por dicción, es un cantante especialmente dotado para el estilo verdiano. Sus intervenciones posteriores en el acto segundo confirmaron su potencia y desenvoltura para sobresalir entre la orquesta, pero en los dos actos finales el nivel expresivo no mejoró. Solo en la intimidad del dúo final apareció cierto estilo, recogimiento vocal e intenciones expresivas, en una voz que pareció fuera de estilo a pesar de sus innegables cualidades de spinto y de la seguridad en el registro.

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El caso de la soprano, ahora reconvertida en papeles de mezzo, Fiorenza Cedolins fue distinto. A pesar de su eminente escuela, de haber sido una notable cantante que en el Liceu hemos podido disfrutar como Madama Butterfly, Norma, Leonora de Il trovatore, Alice Ford, Mimì y Falstaff, y de contar con un público que la recuerda con cariño, su incursión como Amneris no convenció.

La voz, el estilo, la clase del fraseo y los acentos todavía recuerdan a la gran soprano que fue, pero su instrumento no suena nunca a mezzo. Las notas graves no lucen; el dramatismo, por mucha gesticulación alla Callas, no se corresponde con una vocalidad esquiva, carente de morbidez y densidad dramática. Muchas veces la orquesta tapó su voz, pues ni el centro ni el grave tuvieron la proyección y el cuerpo necesarios. Solo en el registro agudo se impuso, no sin dificultades, al sonido maduro de la orquestación verdiana. La escena del juicio fue un ejercicio de teatralización gestual sin un instrumento que llenara la exigencia de la partitura. Una lástima para una cantante que mantiene una elegancia escénica natural, pero cuyo instrumento de soprano simplemente no suena nunca a mezzo.

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Seguridad, madurez y convicción teatral en el Amonasro del barítono catalán Àngel Òdena, quien mostró un instrumento siempre presente, de rudeza pronunciada, muy acorde con el carácter guerrero del rey etíope. Si el color todavía mantiene un timbre dotado y una presencia poderosa, solo le faltó ofrecer más matices y colores en su icónico dúo con Aida.

Sonoro, con un vibrato más notorio al inicio, que fue controlando con eficacia, el Ramfis del menorquín Simón Orfila. Un veterano liceísta que acumula más de veinte títulos desde que debutó en el escenario del Liceu como Oroveso de Norma, de Bellini, en 1999.

Imponente a nivel vocal, seguro en todo el registro e impecable en su rol fue Il Re del bajo italiano Vittorio De Campo, otro debut liceísta de feliz resultado.

Tanto Moisés Marín, un mensajero de lujo, como la solvencia impecable de Núria Vilà como Sacerdotessa completaron un reparto compacto, muy aplaudido, sobre todo por la Aida de la debutante Maslova.

El coro del Liceu mostró una calidad a la altura de la exigencia de la partitura, sobre todo en una sección masculina de equilibrio, contraste y finura entre secciones, de excepcional resultado. Un gran trabajo de su director titular, Pablo Assante, que merece reseñarse.

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En el foso, la dirección del joven valenciano Josep Gil, habitual asistente de dirección en el Liceu desde el año 2018, consiguió amoldar el siempre complicado equilibrio entre voces y orquesta de manera satisfactoria. Atento al acompañamiento vocal, controló las dinámicas y los explosivos finales de acto, con una Marcha triunfal dosificada y de teatral resultado. Puntualmente, el grosor orquestal y coral pudo tapar en algunos momentos a los solistas, pero, en líneas generales, tanto estilísticamente como en términos de fraseo y atención a los detalles camerísticos de la partitura, con esos preciosos solos de las maderas y la exigencia dramática de los metales, el resultado fue notorio.

La producción de Shirin Neshat sabe actualizar con estilizada sofisticación un título que suele caer en el cliché del exotismo de cartón piedra. El imaginario visual de la artista iraní, quien conjuga un atractivo uso del color en el vestuario, sobre todo en el de Amneris, con un uso minimalista en el caso de Aida, un luto de notable austeridad, ha ido puliendo su producción, en un work in progress, desde que la estrenó en 2017 en el Festival de Salzburgo.

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Su preocupación por mostrar el dolor del pueblo oprimido, por no juzgar los roles femeninos y por mostrar las debilidades humanas del poder, con su brutalidad militar, contrasta con una escenografía monumental de líneas minimalistas, acorde con la grandeza de la partitura y su inherente lado camerístico. La poesía de Neshat, profundamente femenina en su mirada, construye una producción que busca la complicidad estética del espectador, con juegos de equilibrios, líneas claras en la iluminación y proyecciones de gran impacto visual, como en la escena del juicio de Amneris. Solo cabe el pero a las transiciones, que se alargaron en exceso, sobre todo los casi cinco minutos de los militares con una sencilla coreografía que rompe la magia conseguida en el escenario.

Uno se pregunta si, siendo ella una artista visual de reconocido prestigio, no hubiera sido mejor proyectar alguno de sus celebrados trabajos visuales en esos momentos. Una pregunta que quedará en el aire para una producción de innegable calidad visual, que tiene en una dramaturgia demasiado superficial a nivel de dirección de actores su principal talón de Aquiles.

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Fotos: © Sergi Panizo