Aprender a escuchar: Pons, Aracama y la juventud de una orquesta
Hay instituciones que enseñan música y otras además hacen de la música una forma de encuentro con la sociedad y una manera de vivir. La Escuela Superior de Música Reina Sofía pertenece sin duda y claramente a esta segunda categoría. Su Auditorio Sony es, durante el curso, una especie de laboratorio permanente donde el aprendizaje deja de ser una actividad privada para convertirse en experiencia compartida. Y cuando sus jóvenes intérpretes salen de ese espacio para ocupar el Auditorio Nacional, como ha sucedido esta noche, la pedagogía se encuentra con la responsabilidad del escenario.
Las cifras ayudan a comprender la dimensión de ese empeño. La Escuela organiza alrededor de 400 conciertos al año. Unos 150 son académicos, protagonizados por sus alumnos en el Auditorio Sony; cerca de 50 pertenecen a los ciclos concebidos para acercar la música a públicos diversos —Clásicos Divertidos, dirigido a las familias; Solistas del siglo XXI; Maestros, con profesores y antiguos alumnos; Da Camera y Generación Ascendente—. A ellos se suman otros 30 o 40 conciertos realizados en colaboración con instituciones como la Fundación Juan March, el Teatro Real, AIE, el Casino de Madrid o distintas sociedades filarmónicas. Los proyectos orquestales aportan otros 10 o 15, entre las dos grandes citas sinfónicas de inauguración y clausura, la Camerata de diciembre y la Sinfonietta contemporánea, desarrollada en colaboración con el CNDM. En julio, el Encuentro y Academia de Santander extiende esa actividad por toda Cantabria con alrededor de 50 conciertos, mientras que los conciertos para mecenas añaden otros 80 o 90.
No son simplemente números. Son la expresión de una idea: la excelencia artística no se aprende al margen del público, sino delante de él. Y aquí el trabajo de la Escuela y del equipo de producción es brutal.
Y quizá por eso resulta tan revelador que la temporada 2026-2027 se abra con Dvořák y Brahms, dos compositores para quienes la forma nunca fue una jaula, sino una manera de ordenar la emoción. La Orquesta Sinfónica Freixenet, dirigida en esta ocasión por Josep Pons, afrontaba el Concierto para violonchelo en si menor de Dvořák con Luis Aracama como solista, para cerrar después con la Cuarta Sinfonía de Brahms. No era, por tanto, un programa complaciente. Era una declaración de principios.

Dvořák, cuando el instrumento arde
El comienzo del concierto de Dvořák fue noble, cuidadosamente dibujado por Josep Pons. Hay en su manera de dirigir una atención permanente al detalle, una voluntad de hacer que cada plano de la partitura encuentre su lugar antes de permitir que la música se abandone a la emoción.
Y entonces aparece el violonchelo. Luis Aracama entra en el concierto como quien abre una puerta demasiado deprisa, con pasión, energía, casi con violencia. Su sonido tiene fuego y un punto de agresividad que no parece aprendido en el manual, sino nacido de una necesidad expresiva auténtica. Es una entrada de enorme temperatura, quizá incluso excesiva en algunos momentos. Porque cuando la pasión corre por delante del control, aparecen también algunas irregularidades y ciertas desafinaciones que el intérprete, todavía joven, deberá aprender a domesticar.
Pero sería injusto quedarse en ellas. El Aracama que se escuchó esta noche posee una cualidad especialmente valiosa porque no tiene miedo al instrumento. Su vibrato es amplio, firme, claro; su arco busca constantemente el límite expresivo. A veces ese impulso le juega una mala pasada, pero otras veces produce momentos de notable intensidad. La música parece físicamente presente en el instrumento.
La orquesta, por su parte, mostró también la condición propia de un conjunto joven. Hubo algún desajuste, pequeñas asperezas que Pons detectó y corrigió inmediatamente desde el podio. Es precisamente ahí donde se percibe la dimensión pedagógica de su presencia. Su dirección no es únicamente ejecutiva. Es atenta, explicativa, casi didáctica. No conduce únicamente la obra, conduce también a quienes la están aprendiendo a hacer.
Y hubo momentos especialmente hermosos en los pianísimos. Ahí la Orquesta Freixenet dejó de sonar como una masa sinfónica para adquirir una respiración más íntima, con verdaderos destellos de música de cámara. Es una de las paradojas de la juventud poque puede faltar todavía músculo, pero sobra escucha.
El segundo movimiento, Adagio ma non troppo, planteó una cuestión distinta. El tempo pareció inclinarse quizá demasiado hacia el non troppo, dejando menos espacio para el verdadero adagio. A Dvořák le conviene, en esta página, cierto poso; una suspensión del tiempo que permita que la melodía se vuelva memoria antes de convertirse de nuevo en sonido.
Aracama tiene recursos para hacerlo. Es capaz de alargar el arco, de exprimirlo, de convertir una nota sostenida en una pequeña arquitectura emocional. Quizá precisamente por eso cabría pedirle todavía más riesgo en la hondura, menos impulso y mayor capacidad de permanecer dentro de la frase. La cadencia fue, sin embargo, impecable, técnicamente segura, expresivamente comprometida y capaz de devolver al solista al diálogo con la orquesta sin romper la continuidad del discurso. Pons volvió a mostrarse especialmente atento. Su gesto, lejos de buscar protagonismo, parecía ordenar el espacio para que el violonchelo pudiera respirar.
El tercer movimiento devolvió el carácter marcado, casi físico, de la lectura. La cuerda adquirió densidad y el arco del solista volvió a llenarse. Aracama se volcó literalmente sobre el violonchelo. Hay intérpretes que tocan un instrumento; él, por momentos, parece querer entrar dentro de él. También sabe, sin embargo, apianar hasta el límite, y ahí aparece otro de sus recursos más interesantes, la capacidad para pasar de la efusión al recogimiento. La sección de metales respondió con brillantez, mientras que la concertino contribuyó decisivamente al equilibrio del conjunto. Quizá una mayor diferenciación entre las familias de cuerda habría permitido una transparencia más acusada, especialmente en los momentos de mayor densidad. Pero la arquitectura general se sostuvo con solvencia.
La acertada y lógica propina, El cant dels ocells de Pau Casals, en la versión de Aracama, cambió radicalmente el espacio emocional. Después del Dvořák apasionado, expansivo, casi incendiario, apareció una música desnuda, íntima, de esas que no necesitan demostrar nada. Fue una interpretación bellísima. Hay algo especialmente significativo en que un joven violonchelista formado en la Escuela Reina Sofía termine su intervención con Casals. No es solamente una propina. Es también una pequeña declaración de pertenencia a una tradición. Casals convirtió El cant dels ocells en algo más que una canción popular catalana, en un símbolo de paz, identidad y dignidad humana. Aracama lo entendió desde la sencillez, dejando que el violonchelo hablara sin intermediarios.

Brahms, la juventud frente al peso de la tradición
Si Dvořák había puesto en primer plano al solista, Brahms colocaba ahora a toda la Orquesta Sinfónica Freixenet ante una dificultad de otra naturaleza.
La Cuarta Sinfonía, escrita en 1884-1885, es la última sinfonía de Brahms y quizá la más concentrada de las cuatro. No tiene la exuberancia afirmativa de la Primera ni la luminosidad pastoral de la Segunda. Es una obra de madurez, de memoria y de despedida; una partitura en la que la arquitectura clásica se encuentra con una tensión casi trágica.
Es, además, una obra particularmente traicionera para una orquesta joven. El primer movimiento, Allegro non troppo, comenzó con cierta ligereza. Los seis violonchelos quizá resultaron algo escasos para generar desde el principio esa densidad brahmsiana que la partitura reclama. El comienzo quedó así algo tenue, y se hicieron perceptibles algunos despistes de ajuste. Pero también apareció pronto una de las virtudes de Pons, como es su capacidad para construir el discurso a partir de pequeños elementos. No pretende que la orquesta suene constantemente grande. Exagera cuando es preciso, subraya una entrada, modifica una dirección, acentúa un fraseo. En su Brahms hay una voluntad de hacer visible -o, mejor dicho, audible- la arquitectura.
No es una aproximación extraña en Pons, porque es notoria su capacidad para trabajar desde el detalle, con contrastes dinámicos muy marcados y una energía que podía llevar la música desde lo íntimo hasta lo expansivo. Aquí, sin embargo, la juventud del conjunto se hacía evidente. La orquesta necesitó todavía tiempo para adquirir ese tejido compacto que Brahms exige. Son pequeñas imperfecciones que, en una orquesta profesional de larga trayectoria, serían más difíciles de justificar; en una formación académica como ésta, adquieren también otro significado. Son el reverso inevitable de una institución cuyo objetivo no es únicamente interpretar bien, sino formar músicos capaces de interpretar cada vez mejor.
El segundo movimiento, Andante moderato, permitió escuchar unas maderas magníficas. El desarrollo del segundo tema fue probablemente uno de los grandes momentos de la sinfonía. Pons abandonó por momentos la batuta y, con ambas manos, pareció acunar literalmente a los jóvenes intérpretes. Es un gesto hermoso porque resume bastante bien su manera de entender el trabajo orquestal, la de no imponer el sonido, sino ayudar a que aparezca. Quizá se echó de menos algo más de amplitud, ese peso específico, ese poso que asociamos al Brahms maduro. Pero la propuesta fue coherente. Y, sobre todo, permitió escuchar las voces internas de la partitura.
El tercer movimiento, Allegro giocoso, fue otra cosa. Aquí Pons abrió las compuertas y la orquesta se lanzó a tumba abierta. Enérgica, directa, con una vitalidad que contrastó eficazmente con la introspección anterior.
El cuarto movimiento, Allegro energico e passionato, volvió a situar la música ante su propio abismo. Hubo cierta morosidad en el desarrollo y algunos momentos de tibieza que restaron tensión al arco general. Pero la orquesta tuvo el mérito de no perder la concentración y consiguió mantener la tensión hasta el final.
Y en Brahms eso no es poco. Porque la Cuarta no concede demasiado. Su famosa chacona final -esa arquitectura construida sobre el bajo del movimiento final de la Cantata BWV 150 de Bach- convierte la tradición en destino. Brahms mira hacia atrás mientras escribe una de las páginas más modernas de su tiempo. La forma antigua se convierte en una manera de hablar de la propia modernidad. Quizá algo de eso ocurrió también esta noche.

Una escuela que se escucha
La Orquesta Sinfónica Freixenet no es una orquesta profesional en el sentido convencional del término. Y precisamente por eso resulta interesante escucharla. No se trata de juzgarla únicamente con los parámetros con los que juzgaríamos a una gran formación sinfónica europea. Hay que escuchar también lo que está sucediendo detrás del sonido.
La Escuela Reina Sofía reúne este curso a uos 150 jóvenes músicos de 32 nacionalidades, y su actividad concertística supera ampliamente los 400 conciertos anuales.
Es un modelo en el que el escenario forma parte del aula. Y los resultados empiezan a ser difíciles de ignorar. Los alumnos de la Escuela están obteniendo reconocimientos en algunos de los grandes concursos internacionales: el Queen Elisabeth, el Busoni, el Rubinstein o el Chopin. Esta noche, además, el propio Luis Aracama llegaba al Auditorio Nacional después de haber obtenido en Marruecos el segundo premio del Concurso Internacional de Violonchelo de la Orquesta Filarmónica de Marruecos, además del premio del público y el de la propia orquesta. No es un dato menor.
Esta noche hubo pequeñas desafinaciones. Algún desajuste. Algún momento en el que Brahms pidió a la orquesta una madurez sonora que todavía está en construcción. Y, sin embargo, hubo también Dvořák ardiendo bajo el arco de Aracama, unos pianísimos convertidos en música de cámara, unas maderas de extraordinaria calidad, una concertino solvente, metales brillantes, un Pons que escucha mientras dirige y una propina de Casals capaz de detener durante unos minutos el ruido del mundo.
Eso también es excelencia. Seguramente una Escuela no deba ser aquella en la que nunca se escucha un error. Debe ser aquella en la que cada error se convierte en una oportunidad para escuchar mejor la próxima vez. La noche inaugural de la temporada de la Escuela Reina Sofía ha dejado precisamente esa impresión, la de una institución que no entiende la formación como un paréntesis antes de la vida profesional, sino como una vida artística ya plenamente activa.
Al salir del Auditorio Nacional, queda la sensación de haber asistido curiosamente a dos cosas al mismo tiempo, a un concierto de Dvořák y Brahms y a una clase magistral sobre lo que significa hacerse músico.
La diferencia es importante. Porque los conservatorios forman intérpretes. Las grandes escuelas, cuando cumplen su propósito, forman artistas capaces de escuchar. Y quizá ahí empiece todo, tanto para el espectador como para el joven intérprete.


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