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Mario Prisuelos: "A la música hay que quitarle todas las etiquetas"

El compromiso del pianista Mario Prisuelos con la música contemporánea y los grandes compositores españoles olvidados le ha llevado, junto a su interpretación de los clásicos, a ser uno de los intérpretes más reclamados de la actualidad. Ha llevado músicas actuales españolas por todo el mundo, hasta el Carnegie Hall de Nueva York y a su música ha dedicado varios discos. Ahora, recordará a la música del que muchos consideran el Chopin español: Marcial del Adalid, hasta el madrileño Café Comercial. Actuará allí el próximo lunes 11 de febrero, en el marco del ciclo The London Music Nights, patrocinado por The London N. 1 y coordinado por La Fonoteca. De esta experiencia, de sus inquietudes y su visión de la música, hablamos con él.

¿Quién fue Marcial del Adalid?

A Adalid le descubrí a partir de un proyecto muy especial, muy bonito, de forma un poco casual, para celebrar el centenario de la Sociedad Filarmónica de Vigo. Adalid es gallego y me preguntaron si me apetecía grabar su música. Estuve encantado porque es un gran compositor español romántico para piano, en la línea del compositor fetiche de la época como podía ser Chopin, un artista al que adoraba. Adalid, de hecho, es uno de los compositores españoles del momento con mayor vocación europea. Se va muy pronto a estudiar a Londres con Moscheles, alumno predilecto de Beethoven. Trabajó con Liszt y estuvo toda su vida, digamos, detrás de Chopin, aunque no está claro que llegara a encontrarse con él. En cualquier caso, le adoraba y conocía muy bien el movimiento romántico europeo y de hecho sus obras son prototipos de la época, digamos, con una colección de romanzas sin palabras muy en la onda de Mendelssohn… pero al final tiene su lenguaje propio.

¿Cómo ha sido el trabajo de descubrirlo?

Adalid tiene un grandísimo catálogo para piano; podría haber grabado tres discos en vez de uno con lo mejor de su obra. Finalmente nos tuvimos que decidir y apostamos por una selección que mostrase su forma de ser como compositor, a través de las obras que consideramos más interesantes. Hay que tener en cuenta que la música de Adalid es música de salón de la época, música para el entretenimiento en aquellas soirées que se organizaban en su pazo de A Coruña, donde aparecían personajes tan ilustres como Emilia Pardo Bazán, o incluso Unamuno.

En muchas ocasiones parece que sólo nos acordamos de aquel círculo de intelectuales que surgió a posteriori alrededor de Lorca, con Falla y demás, pero nos olvidamos que había otros anteriores…

¡Cierto! De hecho, el concierto que he ideado para el Café Comercial va un poco en seguir esa línea. En España se hacía muchas reuniones, muchos encuentros de este tipo de intelectuales donde se escuchaba música de salón con grandes músicos. En concreto en el Comercial voy a tocar su Lamento, que es una obra de espectro nocturno, seguramente una de las obras donde entra más en contacto con el lenguaje de Chopin. Además, interpretaré uno de sus cuatro scherzos (los mismos que compuso Chopin), el Tercero, curiosamente de estética beethoviana. En cualquier caso, como le decía antes, Adalid tiene su propio lenguaje, muy comunicativo, con una intuición para el canto maravillosa.

¿Cómo completará el programa que tocará en el Café Comercial?

La idea es presentar la música que se tocaba en Madrid en 1887, año en el que se funda el Comercial. En aquella época se fundó la Sociedad de Cuartetos y por suerte nos queda el registro de las músicas y autores que se interpretaban en la ciudad. También, como le comentaba, se tocaba mucha música en zonas no precisamente lejanas al Comerical. En la residencia de la Duquesa de Alba, por ejemplo, o en la zona de la Escuela de Canto, en las casas de la aristocracia. Junto a Adalid, tocaré una obra de Gelbenzu, otro gran pianista y compositor español, entre otras cosas profesor de las infantas de Isabel II. En la segunda parte del concierto interpretaré música de Chopin, adulado por toda Europa, y Mozart, quien curiosamente empezaba en aquel momento a conocerse más a fondo en España… ¡casi un siglo después! La Duquesa de Osuna, por ejemplo, importaba mucha música de Haydn, pero hasta mediados del XIX no encontramos a Mozart con una continuidad en la programación musical española.

Me da la sensación de que siempre que tango una conversación en torno al piano, sí o sí acaba saliendo el nombre de Chopin. ¿Cada pianista puede y debe tener su camino y sus autores, pero Chopin es alguien por quien pasar obligatoriamente?

¡Aunque sea por pura formación! En el conservatorio vivimos tocando Chopin, pero es cierto que con él suele ser un amor a primera vista. ¡En Chopin coinciden tantas cosas! El público además le adora… su poder de comunicación, su capacidad de llevarte a los recovecos del alma humana… En Mozart, salvando las distancias, ocurre algo parecido, pero es que Chopin te ayuda a hacerte preguntas. Puede parecer una obviedad, pero no lo es… y además es muy pianístico, con música muy bien hecha que vive el piano, algo que, aunque no queramos creerlo, no siempre ocurre con otros autores. ¡Y además para el intérprete es muy disfrutable! ¡Qué puede parecer otra obviedad, pero no siempre lo que tocamos se disfruta al mismo nivel!

Sin demagogia alguna: creo que a muchos jóvenes se les escapan nombres que están surgiendo en la conversación: Chopin, Unamuno, Rosalía de Castro… ¿Cómo los llevamos entonces hasta Adalid?

Fíjese, pues con conciertos como los que organiza el Café Comercial. Es una muestra muy ejemplarizante del camino que deberíamos seguir. De hecho, este modelo de concierto lo he visto por todo el mundo: Nueva York, Berlín, París… pero en nuestro país no se ven tanto. Adaptar los conciertos a las formas de los jóvenes es una vía de salvación para la música. ¿por qué no dar conciertos donde alguien pueda tener una bebida en la mano? Espacios modernos, distintos… que no tengan la sensación de entrar en el pleistoceno musical. Obviamente el Teatro Real o el Auditorio Nacional, por ejemplo, tienen su uso, pero la imagen desenfadada y la cercanía con el intérprete son imprescindibles hoy en día para llegar a los nuevos públicos. A la música hay que quitarle todas las etiquetas.

Hablando de autores y jóvenes… me deja boquiabierto cómo los nuevos pianistas han elevado hasta el repertorio y han acercado al público la figura de un gran compositor como es Ligeti. Noelia Rodiles, Juan Pérez Floristán, usted mismo que lo interpretó hace pocos días… ¿Qué tiene Ligeti? ¿No será una moda generacional?

No (rotundo). Llevo defendiendo a Ligeti desde el conservatorio. Ligeti ha de tocarse siempre más. Como Shostakovich, otro autor que interpreto mucho. Son autores que abren brecha. ¡Ligeti es un clásico! ¡Un clásico del siglo XX! De hecho, tengo el proyecto de grabar su música y tengo la intención de vestirle como un clásico, más allá de lo contemporánea (en sentido vanguardista) que pueda ser su música. Su lenguaje, entre la tradición y las vanguardias, conecta muy bien con el público… ¡quizá ocurra con él lo mismo que con Chopin!

Usted que está muy metido en la nueva creación pianística, ¿cómo ve el pianismo de hoy en día?

Me apasiona tocar músicas actuales y nuevas creaciones. Es la vida. De hecho, cuando uno interpreta a autores más “clásicos”, desde Adalid a Chopin, uno siente que les está trayendo de nuevo a la vida. Hoy en día se compone de forma maravillosa y estamos en un momento precioso donde confluyen todas las corrientes estéticas recogidas de los últimos 50, 60, 70 años, con una gran naturalidad. Me encanta encontrar una obra actual donde casi uno ya no se plantea si suena a vanguardia, minimalismo, espectralismo o lo que sea… al final lo que se valora es que sea música buena, que sea interesante para el ser humano… ¡o que sea estupenda para el entretenimiento!

¿Para usted qué diferencia el entretenimiento de algo que va más allá? Ya no me atrevo ni a llamarle cultura…

¡Bueno, a mí las dos cosas me parecen necesarias como ser humano! Puedo irme al cine a ver una película japonesa buscando hacerme preguntas y hallar respuestas sobre la vida, que sabemos que es finita… pero puedo también irme a ver una película que simplemente me haga reír porque necesite desconectar de todo. Y esto es aplicable a la literatura y, por qué no, a la música. Yo consumo todo tipo de música, puedo pasar fácilmente de Radiohead a Donatoni. Ahora, ya como intérprete, lo cierto es que prefiero aquella música con una base, aquella que me haga cuestionarme cosas… y al mismo tiempo hacerla llegar al público sin esnobismos.

Al final la vida es una continuación de... experiencias...

¡Esa es la palabra! Hoy en día creo que es muy saludable ofrecer experiencias al público y siento que este las demanda. Consumiendo cultura, conservando el interés por el descubrimiento de lo que hablaba antes, el término “experiencia” me parece maravilloso. Hoy en día tenemos tanto acceso a la información, estamos de hecho tan sobreexpuestos a ella, a estar recibiendo continuamente imágenes, músicas, lecturas continuas… que acabamos por quitarle el valor que tienen. Es bueno que nos entreguemos a una experiencia con la que podamos conectar y, volviendo al Café Comercial, este es un lugar estupendo para ello.

Como reflexión y sin minusvalorar absolutamente nada, al contrario, ¿la mayoría del público conecta antes con lo que se ofrece en el Comerical que en la Juan March, por ejemplo, no cree?

Bueno, es que tiene que haber espacio para todo. Lo ideal es que todos tuviésemos un buen nivel de conocimiento cultural. El acceso a ello quiero decir, pero ese es otro debate, el de la educación. Y al tener acceso todos a la misma educación de calidad, de ahí podríamos debatir, pero en cualquier caso todos los espacios son necesarios. A mí me gusta mucho el teatro, por ejemplo, y un día puedo ir al Teatro Español y al siguiente, a La casa de la portera. Son dos sitios diferentes que ofrecen muy buenas experiencias teatrales. La una no excluye a la otra.

¿Cómo intérprete qué le ata más, interpretar a un compositor de hace siglos o a uno vivo?

Le diría que hay una parte muy grande en común. Yo entiendo la interpretación igual en Beethoven que, por ejemplo, en Jesús Rueda. Es cierto que al poner las partituras sobre la mesa, hay elementos que pueden variar: fraseo, color… puedes plantearlo de una manera u otra dependiendo del compositor, pero con el autor vivo siempre puedes acudir a sus inquietudes para saber cuál es la mejor forma de interpretarle.

¿Esas “inquietudes” suelen transformarse en un camino cerrado? ¿Pueden bloquearle su forma de respirar la obra?

No, para mí no. Esas inquietudes son elementos, herramientas a utilizar. Como intérprete, músico y artista necesito conectar con el compositor, pero con mi filtro. Todos los parámetros que rigen en la música antigua, rigen en la música actual. El timbre, el fraseo, el color, el discurso musical… el 99% de los parámetros son comunes, como artista y como ser humano y no me comprimen, al contrario, me liberan como intérprete. La música actual, aunque muchos pueden no creerlo, también tiene un fraseo, una respiración, no es cuestión de mecanografía. Sin respirar todas las músicas, los intérpretes nos ahogaríamos.

¿No tiene la sensación, me pasa con los libros sobre todo, de que consumimos contemporáneo o clásicos y, con el paso de los años, lo que no llega a ser “clásico”, se queda en el limbo para el grueso del público? ¿Puede extrapolarse esto a la música?

¡Absolutamente! Creo que dice una gran verdad y esa es otra de mis inquietudes. Parece que escuchamos música de estreno o los clásicos y tengo un gran interés en mostrar esos clásicos del siglo XX como Ligeti que le comentaba anteriormente. De hecho, junto a Shostakovich y Stockhausen, formarán el programa de mi próximo disco, que saldrá este otoño y que son grandes clásicos que muchas veces consideramos como contemporánea. Tengo la sensación de que necesitamos rescatar todos esos compositores de los que, parece, nos estamos olvidando.

Foto: Michal Novak.

 

 

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