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Trittico Bayerische Hosl 

Óperas del siglo XX

Munich. 27/12/2017. Bayerische Staatsoper. Puccini. Il trittico. W. Koch (Michele), Y. Lee (Luigi), E.M. Westbroek (Giorgetta), E. Jaho (Suor Angelica), M. Schuster (la zia principessa), A. Maestri (Gianni Schicchi), R. Feola (Lauretta), G. Salas (Rinuccio). Coro y Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Dirección de escena: Lotte de Beer. Dirección musical: Kirill Petrenko

Algunos aficionados consideran que con Puccini se acaba la ópera. Después del maestro italiano sólo viene el caos y el dodecafonismo, el abismo. Puccini sería el epílogo a la gran historia de la ópera (italiana, claro, casi la única que importa) y en su obra se recogería toda la tradición del siglo XX, rematada con las bellas melodías del compositor de Lucca. Craso error. Puccini es el ingeniero que remata el puente comenzado por el último Verdi y que conecta directamente la tradición italiana con la modernidad. En sus últimas obras completas (que forman Il trittico, objeto de este crónica) se oyen ecos del XIX, sí, pero también melodías que se entroncan con lo que está sucediendo en el mundo musical europeo, con la Francia de Debussy  o con la Alemania de Strauss. Sin abandonar su estilo personal, ese sello Puccini que tanto encandila, el compositor se adentra en terrenos poco o nada transitados por él, como la comedia, pero de los que sale victorioso como se demuestra en la espléndida partitura de Gianni Schicchi). Un gran paso adelante.

Ese espíritu moderno, entroncado con todo lo que rodea la composición de Il trittico (incluyendo ecos de la Gran Guerra), es lo que destila la apabullante versión que Kirill Petrenko brinda en estas fechas navideñas en las representaciones que de las tres óperas ofrece la Bayerische Staatsoper con una excelente nueva producción, que luego comentaremos, firmada por Lotte de Beer. Con su habitual dedicación y entusiasmo el maestro ruso vuelve a diseccionar con su batuta-bisturí cada una de las partituras, sacando de ellas sonidos que no siendo inéditos se muestran con matices realmente novedosos, sobre todo en Il tabarro y Gianni Schicchi. Petrenko opta por una lectura moderna, nada enraizada en la tradición, siempre con tiempos ágiles pero no apresurados, recalcando las distintas capas de las excelentes partituras puccinianas.Alargaría mucho esta crónica hacer un análisis pormenorizado de lo ocurrido en cada representación. Sólo señalar que cada ópera sono con vida propia, independiente de las otras, pero a la vez unidas por la misma idea, la que comentaba más arriba: Puccini es siglo XX.

Il tabarro sonó con el desgarro que la envuelve, con la tensión que subyace desde la primera nota. En algún momento el volumen orquestal fue excesivo, seguramente en la idea del director de sobrecoger al oyente, cosa que consiguió sin ninguna duda. Vocalmente los tres papeles protagonistas estuvieron bien defendidos. Aunque con algún problema puntual (tosió en varios ocasiones) el gran Wolfgang Koch dibujó un Michele muy humano pero a la vez implacable. Este excepcional cantante parece hacer fácil lo difícil. Todo su canto estuvo lleno de intención y pasión contenida y pese a esas toses (más generales de lo común entre el público esa noche en el Teatro Nacional) ninguna de sus zonas se resintió llegando con volumen y decisión a los más problemáticos agudos. Eva-Maria Westbroeck ha encontrado en estos papeles puccinianos un lugar donde afianzar su carrera. Evidentemente no es la voz de antes, pero sigue siendo una magnífica cantante y, sobre todo, una sobrecogedora actriz. El volumen y la buena proyección siguen estando ahí y aunque los agudos no sean tan restallantes, su Giorgetta impresiona. Impresionante también es el volumen de Yonghoon Lee, un tenor que no teme arriesgarse en las partes más comprometidas de su papel (sobre todo “Folle di gelosia!”), siempre intentando matizar bajo las indicaciones de Petrenko. Quizá le falte ese estilo más “latino” de los Luigis tradicionales pero no se puede decir que no lo dé todo sobre el escenario.

Jaho Trittico Bayerische W.Hosl

 

Hace pocas fechas Ermonela Jaho encandiló al público madrileño con su recreación de Butterfly. Aquí era la atormentada (y más en esta producción) Suor Angelica, un papel que le va como anillo al dedo. Tras su aparente fragilidad la protagonista esconde una fuerza interior que Jaho comprendió desde el primer momento, llegando a lo más alto en el dúo con la principessa, uno los cúlmenes de la noche, vocal y dramáticamente. Sin ser una voz grande, la cantante albanesa se gana al público por su clase y su pasión, por su agudo ágil y por un timbre de indudable belleza. A su lado tuvo una impresionante Michaela Schuster en el terrible rol de la zia principessa. Schuster transmite como nadie la dureza del personaje que esconde una ternura que no es capaz de expresar. Impresionante en todas sus intervenciones, con una línea de canto perfecta, marcando cada acento de su dramático discurso. Todo el elenco de monjas que rodea a los dos personajes principales estuvo a gran altura en una partitura que tanto nos recuerda en algunos momentos a Butterfly. Aquí escuchamos al Petrenko más intimista, más concentrado en el dolor y la desesperación de la madre que ha perdido a su hijo, creando una atmósfera perfecta en la escena del suicidio y el posterior arrepentimiento.

Su origen son unos versos de Dante, pero podrían ser de Bocaccio o de Willy Wilder, la trama de Gianni Schicchi sigue siendo tan actual como la vida misma. Las mismas pasiones, la misma avaricia, la misma picardía y la misma parodia son inherentes a la humanidad. Aquí oímos al Petrenko más jocoso, con más nervio, el que más tiró hacia las óperas que triunfarán en el siglo XX. Porque sin duda éste es el Puccini más arriesgado, más trasgresor. Ni el famoso “Mio babbino caro” se libró de ese ritmo, de ese humor musical con el que sonó toda la ópera. Un Petrenko otra vez excepcional que, digámoslo por fin, estuvo secundado por una magnífica Bayerisches Staatsorchester, una de esas orquestas de foso que no tienen nada que envidiar a muchas de las que se sientan en los escenarios europeos. Un ensamblaje que es perceptible en todas las secciones que funcionan con la precisión que les impone el relojero que les dirige. Volviendo a las voces, pocos cantantes (por no decir ninguno) pueden superar a Ambrogio Maestri como Falstaff o Schicchi. El barítono italiano bordó el taimado pero a la vez justiciero Gianni. No solo su canto fue totalmente adecuado, mostrándose pletórico vocalmente en todas sus intervenciones, sino que además como actor no se puede hacer mejor. Su escena del testamento es de esas que no se olvidan por el despliegue de fuerza y gracia mostradas. Rodeado de un buen plantel de compañeros (Gianni Schicchi es, ante todo una obra coral), destacó la Zita de Michaela Schuster, la Lauretta de Rosa Feola (ese “babbino caro” cantado medio en serio medio en broma, bellísimo, sin cambiar una sola nota de lo escrito, pero tan lejos de lo melifluo de otras versiones gracias a la mano de Petrenko), y el Rinuccio de Galeano Salas un joven tenor americano que sustituía a un indispuesto Pavol Breslik y que defendió con gallardía y arrojo su bella aria “Firenze è come un albero fiorito”. 

Lotte de Beer ha conseguido con su producción (con sus tres producciones) convencer sin, espero, ofender ninguna sensibilidad. Su planteamiento sigue fielmente las historias narradas. Nada cambia ni se transforma sino que se sirve libre de aditivos, lo que permite ver la esencia de cada libreto. Unidas las tres por la idea de la muerte (a las dos primeras le preceden sendos cortejos fúnebres de los dos niños que han muerto antes de la acción pero que son esenciales en su desarrollo), mucho más palpable en Gianni Schicchi, Lotte parece querernos transmitir que lo esencial es lo que queda, que lo superfluo se lo lleva el tiempo. De ahí la parquedad de elementos en la escenografía (firmada por Bernhard Hammer), una especie de pasillo metálico que se abre en la boca del escenario en una especie de carcasa de las antiguas televisiones de tubo donde se desarrollan las tres óperas. Con una perfecta iluminación de Alex Brok y unos correctos figurines (fieles a la época de cada obra) de Jorine van Beek, de Beer muestra al espectador, como si de un vacío tubo catódico se tratara, la crudeza del desamor de Il tabarro, el dolor inmisericorde de Suor Angelica o la avaricia teñida de humor de Gianni Schicchi. De los tres planteamientos, que como he dicho no varían lo contado, el más atractivo e innovador es el presentado en Suor Angelica. La rica noble caída en desgracia por tener un hijo ilegítimo se nos presenta aquí más que recluida en un convento como paciente de un manicomio, o por lo menos es así como ella se siente y como reacciona con sus compañeras. Ayudado por la gran actuación de Ermonella Jaho, el personaje siempre parece enajenado, desorientado y al borde del suicidio que finalmente consuma. Para mí este planteamiento fue lo más acertado escénicamente de una noche donde volvió a triunfar la música y el teatro, la ópera y volvió a sentirse el cariño que el público muniqués profesa a ese mago de la batuta que se les va y que se llama Kirill Petrenko.

 

 

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