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Christa Ludwig Foto Andreas Kolarik 

Historia de una sonrisa

Sobre Christa Ludwig, en ocasión de su 90 cumpleaños

90 años. Más elegantes que los rechonchos 80. Menos pesados que los opresivos 100. Una edad ideal para una mujer especial. Retratar a una figura de la categoría de Christa Ludwig, que cumple la redonda fecha el 16 de marzo, no es tarea fácil. Ludwig fue una estrella de la segunda mitad del siglo XX, pero no una diva. Como ella dice en sus memorias (que utilizaré en ocasiones como referente), las divas eran  las sopranos, la Tebaldi, la Caballé, la Callas… y los divos, claro, los tenores: Del Monaco, Bergonzi, Corelli y después Domingo o Pavarotti. Las mezzos, los barítonos o los bajos, sí, eran famosos, conocidos, admirados, pero nunca con esa riada de admiradores que arrastraban las dos voces para las que están creados los principales papeles de la mayoría de las óperas. Eso quizá hizo de Ludwig una cantante más asentada en la tierra, más humana y más cercana. Con esa risa sana y franca tan suya, y ese aire entre mamma italiana y matrona germánica, una mezcla de ternura y genio que podía resultar a veces explosiva, Ludwig atrajo (sigue atrayendo) a un público que huía de lo más manido y se acercaba a lo auténtico. Y luego está esa versatilidad increíble que le permitió ser una excelsa cantante de ópera y una perfecta liederista, transitar sin problemas por roles de profundo sentir dramático o hacernos estremecer con el lirismo de unos versos cantados con el corazón. Voy a intentar aquí lanzar unas pinceladas que, como si fuera un cuadro impresionista, al alejarnos nos permita intuir el retrato de una mujer excepcional, a la que como aficionado siempre he admirado y cuya imagen, para mi, siempre irá unida a una sonrisa.

Ludwig hizo una carrera a la vieja usanza, empezando desde abajo en el mundo del canto, con mucho trabajo, mucho esfuerzo, en teatros menos conocidos, hasta llegar a lo más alto, al MET, a Viena, a Berlín (su ciudad), quizá con más paciencia y con más ensayos de los que ahora se acostumbra pero con el mismo esfuerzo que sigue habiendo en la actualidad para conseguir triunfar. Ella tuvo la estimable ayuda de una madre, cantante como ella, no tan famosa, pero que la guió durante más de treinta años, y le hizo siempre ver las cosas con una perspectiva ambiciosa pero modesta a la vez, siempre cuidando con esmero de lo que dependía su trabajo: su voz. Fundamentales consejos que le permitieron ser lo que fue, una mujer centrada en su profesión y evitando siempre las rencillas que muchas veces rodean el mundillo operístico y que ella, con humor y picardía, relata con simpatía en sus memorias. A Ludwig el aplauso y el reconocimiento le gustaron como a cualquiera, pero también ha sido siempre muy consciente del sufrimiento, del sacrificio, de las renuncias de este trabajo (que ella llega a calificar de esclavitud) del que se sintió seguramente liberada cuando se retiró. 

Hija de la mezzo berlinesa Eugenia Besalle y del segundo matrimonio del vienés, también vinculado al mundo del teatro y la ópera (director de escena, antes barítono), Anton Ludwig, Christa se crió en una tierra fértil y preparada para cantar, siempre entre bambalinas o en la escuela de canto que sus padres tenían en Aquisgrán (no sin alguna penuria económica ya que no eran tiempos boyantes aquellos de entreguerras en Alemania). Por cierto que en la ciudad renana ya dirigía a la madre de Christa un joven Herbert von Karajan, un nombre que aparecerá más de una vez en su posterior carrera y al que siempre admiró. Una carrera que empezó, en una Alemania destrozada después de la II Guerra Mundial, en espectáculos de varietés o pequeños conciertos en teatros medio derruidos o tabernas. Pero su madre no quería que siguiera por ese camino. Fue la Ópera de Frankfurt la que le dio la primera oportunidad debutando como el Príncipe Orlofsky en “El murciélago”. Su recientemente divorciada madre guió sus primeros pasos y fue fundamental en afianzar, sobre todo, su técnica vocal. Poco a poco fue encarnando papeles de más enjundia...

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