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UIV

Luis Cansino nabucco

Orgullo lírico

Y resulta que, comenzando la semana, mis queridos amigos de Platea Magazine me han invitado a escribir sobre lo que, hoy, 28 de junio, cuando justamente escribo estas líneas, se celebra en el mundo… El Orgullo de quienes no son, no somos, como los cánones formalmente establecidos en la humanidad.

Sí, habéis leído bien (perdonad que os tutee)… “SOMOS”. Creo que es la primera vez que voy a hablar abiertamente de mi condición sexual; no porque la inmensa mayoría, no ya mi familia, amigos o colegas de profesión lo desconozcan; incluso, muchos de mis seguidores (que los tengo, aunque no sea una luminaria, y de los que estoy muy orgulloso y agradecido). Creo que es la mejor manera de abordar lo que me piden desde Platea: comenzar por no esconderse uno para defender con dignidad algo que, a estas alturas, no deberíamos estar haciendo porque debería ser normal, cotidiano, no ser noticia…

Hablamos, con frecuencia y, sobre todo, cada año en estas fechas, de los muchos lugares en el mundo donde ser homosexual está penado con cárcel y pena de muerte, pero olvidamos que, en nuestro mundo occidental, aquel que definimos como “primer mundo”, siguen produciéndose actos denigrantes, ataques contra gente que intenta hacer visible su vivir homosexual. Sigue siendo un infierno para muchos poder declararse como tal en pueblos y ciudades pequeñas, y lo sigue siendo a nivel laboral… Podemos escuchar discursos que, con la boca pequeña, hablan de la igualdad entre hombres y mujeres, entre razas o entre personas de diferente orientación sexual, pero seguimos a años luz de que esa igualdad sea efectiva, real.

Yo, que debía haber nacido el 21 de Junio (y por eso habían decidido llamarme Luis) decidí esperar una semanita más dentro de mamá. Mis inicios no fueron fáciles: salí muy morado del vientre materno y sin llorar porque a mami le faltaba oxígeno por su enfermedad cardiaca. Creyeron que estaba muerto, pero tras varios intentos de reanimarme, cuentan que lancé un llanto tan estruendoso que los médicos dijeron:  “este va a cantar ópera”. Y, fíjate por dónde, no se equivocaron.

Mamá contaba que casi canté antes que hablé y que me sentaba en las rodillas de mi papá diciéndole, cuando veía a un cantante en la tele, que yo quería ser artista. Papá se fue muy pronto, demasiado pronto, cuando apenas yo había cumplido los cuatro años. No por ello dejé de tener una infancia feliz porque tanto mi madre como mis dos hermanos mayores, Arturo y Pili, hicieron todo lo posible para que yo no echase en falta la figura paterna. Y yo seguía cantando… Mamá, a quien por circunstancias de la vida, su padre no dejó nunca que pudiera dedicarse a cantar, a pesar de tener una voz maravillosa, juró siempre que apoyaría a un hijo que quisiera hacerlo. Imagino os preguntaréis en qué punto me he perdido para dar un giro a lo que quería escribiros hoy; tranquilos que no se me ha ido la cabeza. Intento explicaros que yo me crié como cualquier niño y que, tan natural como fue que caminase y hablase de manera precoz, que fuera un buen estudiante o que me gustase la música y empezase a estudiar solfeo y canto, también lo fue que, sin dejar de fijarme en las niñas, puede que porque era lo correcto y normal, empezase a sentir lo mismo por otros niños. Por supuesto no fue un proceso de aceptación fácil y los años venideros estuvieron cargados de contradicciones, de momentos muy duros donde llegué a obligarme a negar y negarme lo que era y sentía. Pero llegó aquel 1989, con apenas 22 años, cuando me enrolé en la primera compañía lírica e hice temporada en Madrid, y comprobé que, dentro de la dificultad, el medio artístico iba a ayudarme a aceptarme, sin reservas, gracias a ver que eran muchos más de los que yo imaginaba los que eran “como yo”. 

A pesar de esto, tampoco fue fácil el camino siguiente. Había que terminar de aceptarse; si hoy siguen pasando cosas, 29 años atrás todo era más complicado; se nos atacaba en los incipientes barrios gays, se nos miraba con cierto desprecio por parte incluso de sectores artísticos y tocó convivir entre el ocultarse o el mostrarse según el momento y la circunstancia. 

Los años han ido pasando y, con cada uno de ellos, fui venciendo miedos y temores. Nunca ha hecho falta colgarme un cartel pero tuve claro que, una vez mi madre y mi familia me aceptaron sin reservas y con normalidad, el resto del mundo no importaba... Tenía claro que, quien fuera mi amigo, tenía que aceptarme tal cual era y que en mi trabajo tocaba ser un buen profesional, un buen compañero, cantar bien y respetar lo que me pedían directores de escena y de orquesta. No iba a ir de falso “macho ibérico” por la vida ni tampoco proclamar mi homosexualidad a los cuatro vientos, porque la vida personal no va de etiquetas. Hoy en día, entre mis mejores amigos y amigas, tengo gente de diferente orientación sexual, al igual que de diferente tendencia política, porque lo importante son las personas, sin importar cómo piensen, ni el color de su piel ni con quién se acuesten. Siempre me he regido por el respeto hacia los demás, empezando por mí mismo; he estado al lado de las causas injustas, de los atropellos contra instituciones culturales de mi país o de otros temas de interés. 

En 31 años de carrera he vivido y visto muchas cosas en mi profesión: desde la no aceptación de lo gay y soportar conversaciones y escenas deleznables donde determinado director o colega hacía gala de su machismo más recalcitrante con expresiones soeces sobre los notables atributos femeninos de determinada compañera o sus hazañas conquistadoras como si de la caza del zorro se tratase, o, a la inversa, se despreciaba a alguna colega con insultos públicos por estar pasadita de peso –“¡la gorda esa, fuera!”-, personajes, todos ellos, que, paralelamente no soportaban a los gays y los insultaban en público delante de toda la compañía, mientras muchos otros reían las gracias porque, tal vez, tocaba quedar bien o por miedo a represalias. Y también he visto como florecían ciertos, llamémosles, lobby gays donde se primaba el físico de determinado cantante sobre su calidad vocal. Homofobia, misoginia, xenofobia... deben desterrarse de cualquier práctica profesional. No se es mejor artista, ni desde luego mejor persona, por tener un físico u otro, un color u otro de piel, ni, tampoco, por tu orientación sexual.

Que esta reflexión sirva para que todo joven cantante que diga sentirse “diferente” asuma que es tan normal como cualquiera. Que ningúna ni ninguno pueda, nunca, verse discriminado más por ello. Y esta, si se me permite autoridad moral, me la auto-adjudico porque siempre he intentado ser una buena persona, un buen ciudadano, un buen contribuyente, un buen compañero y un buen profesional. Llevo, hoy, 28 de Junio de 2018, siendo “el mismo Luis de hace 51 años”. 

Este es, para mí, el verdadero y auténtico ORGULLO: la normalidad y el respeto y defensa de la diversidad. ¡Feliz vida a todas y todos!

Artículo incluído en nuestra edición impresa del mes de julio de 2018.
¡Hazte con ella!

 

 

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