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Obituario en recuerdo del pianista Ricardo Requejo

Hablar de Ricardo es hablar de música en la más amplia concepción de la misma. Porque Ricardo era pura nota musical andante en el pentagrama de la vida. A lo largo de la misma disfrutaba como un niño pequeño con esa mirada traviesa y de indagación por lo nuevo, por lo que estar por venir. Por eso era un gran Maestro, porque era un gran ser humano; porque era capaz de mirar al alumno más allá de sí mismo, acompañarle sin juicio de valor en su aprendizaje, mostrando que la música, como decía Mahler, va mucho mas allá que la mera partitura. Recuerdo hoy, con lagrimas profundas en un recuerdo atormentado por su repentina ausencia, cómo trabajamos los Cuadros de una exposición de Mussorgsky, a partir de La conjura de los boyardos de Serguei Eisenstein, a través de Boris Godunov, o del estudio de Michael Russ, la biografía de Calvocoressi y las obras de Dostoievsky, Pushkin, Tolstoi, Chejov; el grupo de los Cinco, … antes de bajar cualquier tecla de la partitura, y además siempre con el manuscrito original delante.

Ese era el gran Ricardo, persona y personaje, austero como buen vasco e iruñés hasta los isquiones, sin asuntos superfluos, directo, enjuto en su fisionomía y profundo en su corazón. Autentico. Puro. Así era y así interpretaba. Queda su discografía, su integral de Falla, elegante, personalísima, casi intelectual y coherente antes que desalmada; clara y cristalina. O su Iberia de Albéniz, original, rítmica, profunda, rigurosa y sobria, severa y descarnada, pero sensual y brillante. Recuerdo como me contaba que, antes de grabarla, no encontraba el ritmo, el pulso que buscaba, el aire y el aroma, y que una buena mañana, en su casa de Los Madrazo en Madrid mientras escuchaba cante flamenco en la radio, fue directo al piano y se encontró a sí mismo. En ese piso, al que Christian Ferras llegó para hacer música con él, como tantos otros – Salvatore Accardo, Claude Stark - en otros lugares y ocasiones. Porque a Ricardo tocar solo le dolía en ocasiones, y aparecían sus fantasmas, como él los llamaba. Creo que era más feliz con otros, haciendo música de cámara y con la voz de acompañante. Inolvidable la grabación de Frauenliebe und Leben, de Schumann, con Teresa Berganza, que estos días llorará seguramente mientras otorga su magisterio en el Teatro de la Zarzuela.

Cómo no acordarme de unas Variaciones Brahms Haendel que tuve el privilegio de escucharle a solas, cuando vivía en Donostia, en su casita maravillosa de Ulía, lugar entonces de peregrinación. Pocas veces he tenido una experiencia musical tan profunda, tan apabullante, tan impresionante, que luego lamentablemente no se refrendaba de igual manera cuando subía a un escenario. Ricardo era mucho más Ricardo en la distancia corta.

Pero, sin duda, como Maestro fue alguien indispensable en la historia de la música y del piano en España. Claro que no era dado a figurar, ni a alborozos varios, ni a estar en lugares y sitios de difusión personal. Ricardo era antes ser, que estar. Seguramente por eso no es tan conocido y reconocido, salvo por aquellos que tuvimos la suerte de cruzarnos en su camino. Se nos ha marchado, sin apenas ruido. Sin disonancias. En su tierra a la que tanto debe y dio, como los domingos de música que logró poner en marcha en Irún o su magisterio en Musikene.

Ricardo, amigo. Lloro con desconsuelo tu ida. Queda sin embargo tu calor y pedagogía. Tus palabras y abrazos sinceros. Tu sabiduría humana y tu corazón abierto. Hasta siempre y gracias por tanto y por todo.

 

 

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