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Año nuevo, batuta nueva

Oviedo. 1/1/19. Teatro Campoamor. Concierto de Año Nuevo. Obras de Johann Strauss (padre e hijo), Rossini, Chaikovsky y Brahms. Orquesta Oviedo Filarmonía. Director: Lucas Macías.

A todos los que vivimos pegados a este “punto azul pálido”, como definía Carl Sagan a la Tierra, nos hace especial ilusión dar en él una vuelta completa en torno al Sol. Por ello, como no podía ser de otra forma, desde que en 1939 se celebrara en Viena el primer concierto de Año Nuevo, las partituras de Strauss se han convertido en un imprescindible para todos aquellos que quieren comenzar enero de la mejor forma posible: con música.

Claro que, para ser bien aceptadas internacionalmente, las tradiciones han de ser un tanto flexibles y deben saber amoldarse a las particularidades culturales de cada región. Por ello, y si bien es cierto que Oviedo es una de las ciudades situadas más al Norte de la geografía española, no puede negarse que el espíritu de los asturianos, al menos en lo tocante a las fiestas, ha estado siempre contagiado de una cierta alegría mediterránea que les impide calificar cualquier nochevieja de “positiva” si tras ella aún se encuentran en condiciones de madrugar para aguantar un concierto de varias horas a la mañana siguiente, por mucho Strauss que contenga su programa.

Sabia decisión, por tanto, la tomada año tras año por la Orquesta Oviedo Filarmonía, que inicia el concierto a las 19:00 del día 1 de enero, siendo este un horario mucho más compatible con la fiesta del día anterior. Será cuestión de tiempo, estoy convencido, que gestos así hagan recapacitar a sus homólogos vieneses para que abandonen definitivamente su intempestivo horario matutino.

Bromas aparte, lo cierto es que este concierto de Año Nuevo tenía para la ciudad de Oviedo un interés inusual en este tipo de actos, pues constituyó la presentación de Lucas Macías como nuevo director titular de la Orquesta Oviedo Filarmonía. Nunca deja de ser llamativo ver, o escuchar, hasta qué punto el trabajo de un director es capaz de influir en la interpretación y el sonido de una orquesta y es por ello que este concierto ha conseguido dejarnos con muchas más ganas de ver de nuevo a Macías a la batuta de la agrupación, afrontando los distintos proyectos que la OFIL tiene previstos para esta temporada.

Como comentábamos antes, es difícil concebir un concierto de este tipo sin la mayoritaria presencia de la familia Strauss, cuyo apellido copó la práctica totalidad del programa. Una de las excepciones a esto fue la obertura de la ópera “La gazza ladra” de Rossini, interpretada con agilidad por el conjunto ovetense. 

Inmediatamente después llegaría conocido Vals de la Primavera, interpretado -en mi opinión- con más carácter que la obra que le había precedido, y poniendo de mayor relieve todas las capacidades expresivas de la orquesta. La interpretación de la Annen Polka, por su parte destiló un aire serio, casi marcial, que contrastó especialmente con la imagen mucho más desenfadada que teníamos de la orquesta en este tipo de conciertos cuando aún llevaba la batuta su antiguo titular: Marzio Conti. En este contexto, el estilo de Conti, desprendía una inmensa energía e incluso algo de precipitación que nos parecen ciertamente alejados del estilo desplegado por Macías, de gesto sosegado y decidido que parece saber exactamente qué quiere y como lo quiere. Amén del excelente entendimiento entre las distintas secciones orquestales, así como del gran empaste logrado en las cuerdas, solo echamos en falta algo de esa chispa y carácter festivo del que Conti tanto nos inundaba. Detalle, en todo caso, que nos parece mucho más fácil de adquirir partiendo de las sensaciones actuales de control y orden que no a la inversa.

Minutos después, se cerraba la primera parte del concierto con una luminosa interpretación del Vals del Emperador, que constituyó la primera oportunidad, de las varias sucedidas a lo largo de la noche, de escuchar una intervención solista del brillante cello de Gabriel Ureña.

Abriendo la segunda parte, Macías abordó con contundencia la obertura de El Murciélago de J. Strauss, aunque debimos esperar al conocido Can-can de Orfeo en los infiernos para ver esbozarse una pequeña sonrisa en el gesto que Macías había mantenido casi impávido durante todo el concierto pues, a falta de la realización de ninguna de las típicas bromas que suelen ser inherentes a este tipo de programas, Offenbach aún logró poner algo de humor al asunto.

Finalmente, tras un extracto de La Bella Durmiente y el obligatorio Danubio azul, nuevamente marcada por excelentes intervenciones de Ureña y Alberto Ayala, trompa principal de la formación, llegarían las propinas, formadas por la Danza húngara n1 en Sol menor de Brahms y la ineludible Marcha Radetzky, que contó con el acompañamiento de las palmas del público carbayón. Unas palmas que, en caso de muchos aficionados, pueden ser perfectamente extensibles a la expectación generada por la llegada de Macías como nuevo titular y cuyo nombramiento, estamos seguros, traerá aparejada una nueva etapa de gran interés para la OFI. 

 

 

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