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El aislamiento del crítico de música clásica (II): La relación con los artistas

Segundo artículo de opinión dedicado a la labor del crítico de música clásica. El primero: "El presente y el futuro digital", podéis leerlo aquí.

Al llegar el año 2000, Cameron Crowe se llevaba el Globo de oro a mejor comedia y el Oscar y el Bafta a mejor guión original (basado en una experiencia personal) por su película Almost Famous. En ella, el joven William Miller se dedica a acompañar a una emergente banda de rock por medio Estados Unidos para llevarla a la portada de la mítica revista Rolling Stone. En un principio, el grupo le acoge bajo el nombre de “El enemigo”; terminan por hacerse amigos y cuando este finalmente presenta su artículo al editor, los músicos le acusan de mentir, hasta que uno de ellos reconoce que, en realidad, todo es verdad. ¡Críticos de la clásica, sean bienvenidos a su biopic más rockero!

Lo cierto es que la relación de los críticos con los artistas puede resumirse y estructurarse del mismo modo que la del público con el hecho musical. Esto es, desde mi punto de vista existen tres acercamientos básicos, en función de qué prevalece sobre qué: En primer lugar, aunque por fortuna ya es rara avis, está el crítico social. Aquel que se desvive por los corrillos, por encontrarse con uno y otro por los pasillos del teatro y que dedica el tiempo que le queda libre a la clásica, con mayor o menor acierto. Pudiera parecer más un divertimento personal que no un aporte profesional hacia la reflexión que siempre debería fundamentar el hecho musical y los escritos sobre ello.

Por otro lado, está el crítico que analiza o escucha partiendo del intérprete. La devoción por el artista. El fenómeno fan, si prefieren llamarlo así, en un estadio profesional, aunque entiendo que es más un estudio y un amor por la interpretación como tal que llega incluso a superar análisis puramente musicológicos sobre la partitura. Por último estaría el crítico para el que la música constituye su razón de ser. Entiendo que la mayoría de nosotros nos encontramos, o deberíamos encontrarnos aquí. El disfrute está más en la música en sí misma y no tanto en su interpretación. Un absurdo dirán, un imposible… sí y no. Desde mi punto de vista, ha de ser la música la que siempre impulse a escribir al crítico, a reflexionar sobre ella y el hecho musical, insisto, antes que los intérpretes. Obviamente, cuando a la música se suma una interpretación honesta, bella, estudiada o sublime – no digamos ya con todo ello -, nos hallaremos ante la cuadratura del círculo. Hay una afirmación tan cierta como en ocasiones aterradora: nada es blanco ni negro, todo tiene matices. Esto es, no existe una sola verdad en cuanto al arte se refiere. Tantos caminos: los intérpretes, para alcanzar una sola verdad: la partitura, que acaban por, de alguna manera, crear sentidos y sentimientos perfectamente válidos todos ellos ante la música. Es algo que a los críticos a menudo se nos olvida. Y en la práctica, sin los intérpretes los críticos estaríamos perdidos.

No obstante, del mismo modo que en muchas ocasiones se afirma – y me meto en otro jardín – que el trabajo del crítico no sirve para nada, en tantos otros momentos el trabajo del intérprete puede que no aporte precisamente en demasía en cuanto a reflexión, ruptura, verdad, o iluminación se trata. En muchas ocasiones no se supera la barrera del ir más allá de la mera interpretación, del mismo modo que en gran número de textos, quienes escribimos no aportamos nada más allá de nuestras líneas. Tengo un buen amigo músico, al que no tenemos precisamente por un cualquiera, que cuando me dice: “Qué mal he tocado”. Yo siempre le contesto: “Seguramente yo haya escrito más textos sin sentido que conciertos malos tú has dado, así que vámonos a celebrarlo”. Esta reflexión no quita, evidentemente, que por encima de todo debamos respetar al artista, su valor, su entrega, su conocimiento y su arte, cosa que los críticos no siempre hacemos. Y por supuesto, dado que la música es reflejo de la vida, debemos siempre celebrarla… ¡y sublimarla! Hablando sobre las buenas y las malas interpretaciones, mi querido amigo Juan José Freijo, crítico de Platea, me decía el otro día: “Estoy mejor con música que sin ella”. ¡Esa es la esencia que todos, críticos y artistas, debemos fomentar sobre nuestro trabajo y nuestras relaciones!

Y es que los críticos tenemos muchas más cosas en común con los artistas de lo que creemos y sólo una que a buen seguro no compartimos. Esta última: el hecho en sí de ser artistas. Eso sí, basta ya del sambenito de “frustrados” con el que los críticos cargamos desde tiempos inmemoriales. Que haya hoy día artistas que siguen agarrándose a este falso prejuicio es simplemente porque les interesa que se nos vea como tal. Simplemente, desde hace unas generaciones (y antes también) hay personas que hemos tenido claro desde un principio que queremos dedicarnos a escribir, mejor o peor, sobre música. Por supuesto, sí, el crítico escribe desde su ignorancia, y no hay que tener miedo a decirlo. Del mismo modo que el intérprete actúa, canta o toca desde la suya. Quiero decir, todos ignoramos cosas y eso es algo maravilloso, porque así podemos aprender continuamente los unos de los otros. Si algún día llegase a saberlo todo, me tiraría desde un puente, créanme. En el afán por el conocimiento es donde radica una de las mayores virtudes del ser humano.

Y luego las que nos unen. Dos me llaman siempre la atención: ambos somos meros intermediarios, es algo obvio. Y todos nosotros estamos cargados de vanidad; porque sí, obviamente el crítico es vanidoso. Más hoy en día con las redes sociales. El problema es cuando esa vanidad acaba convirtiéndose en ego, exacerbado. Algo que no puedo entender es la necesidad del crítico de hablar sobre sí mismo, de sus experiencias, de a dónde ha ido, a quién ha conocido o con quién ha comido en su pasado. Del ombliguismo que a nadie importa a la hora de reflexionar sobre el arte. Es un poco lo mismo con quien colecciona fotos con artistas, autógrafos o visitas a los camerinos. Los camerinos han de ser siempre un lugar sagrado para los artistas donde los críticos no pintamos nada. No hay lugar en el que me sienta más incómodo que un camerino, por mucho que un amigo o amiga mía esté ahí dentro. Ellos saben que después de una función yo prefiero vernos tomando una caña. Por respeto a ellos y por mucha vanidad que también les vaya al recibir visitas ahí dentro.

Y llegamos a un punto culminante: la amistad. ¿Hasta que punto es sostenible y real una amistad entre artista y crítico? Yo tuve un “jefe” (recalco el entrecomillado) que me decía que, como crítico, cuanto más solo estuviese, mejor. Pues mire, va a ser que no. Me hago cargo de lo difícil que es balancear las relaciones para el intérprete. He visto personas llorando por culpa de un crítico, para al día siguiente concederle una entrevista. Y no entro a juzgar a nadie, aunque deberíamos dejar de forzar situaciones, de hacer que ciertas relaciones sean tan complicadas como para que una persona se vea "obligada" a un horrible juego de intereses. Deberíamos plantarnos, decir "no". Desde el otro lado, también he visto como un artista se creaba cuentas falsas en redes sociales para atacarnos, al mismo tiempo que se mofa continuamente de los críticos, pero no tiene inconveniente en pagar elevadas sumas de dinero y salir en la portada de una revista con su formación. Y sigo sin juzgar a nadie (aunque obviamente, el día que personas como esta última tengan protagonismo en Platea, será el día en que yo me vaya por la puerta de la oficina). Ya digo, el doble juego es complicado. Y de eso tenemos culpa tanto los críticos como los artistas. Yo mismo he recibido emails o tuits por parte de músicos o su entorno tremendamente feos que no reproduciré aquí. Afortunadamente hace muchísimo tiempo de esto último y es una pequeñísima excepción de lo que realmente son los artistas y los intérpretes. ¿Y cómo fiarse de los críticos cuando hemos estado años siendo el escorpión de la fábula? Yo como rana estaría harto de recibir picotazos. Por ponerme algo más moderno, muchas veces los artistas, a modo de Mecano, se ven abocados a cantar aquello de “una rosa es una rosa”. Ante los intereses y los miedos, consuetudinarios ya, a veces uno siente que las relaciones reales, hablando en general, pueden ser un imposible. Pero ante una crítica honrada, reflexiva y constructiva, creo que podemos establecer conexiones totalmente naturalizadas con el resto de agentes en la clásica. Tengo muy claro que si me dieran a elegir entre mantener una amistad o seguir escribiendo, dejaría de escribir. Y ya hablo de amistades en cualquier ámbito. Lo cierto es que cualquier error de un crítico siempre va a doler diez veces más que el error de un músico; deberíamos tener cuidado en cómo decir las cosas y pensar que entre cargas positivas sólo se producen resultados positivos... no sé si suena demasiado idealista, pero es una forma maravillosa de trabajar... y de vivir. 

 

 

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