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orfeon santa cecilia

¿Pueden ponerse "peros"?

13/07/2019. Donostia. Palacio Kursaal. Wolfgang Amdeus Mozart: Misa de la Coronación en Do Mayor, K. 317. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 9, en re menor, op. 125. Carmen Solís (soprano), Daniela Vladimirova (mezzosoprano), Nestor Losán (tenor), David Cervera (barítono), Orfeón Donostiarra,Orquesta Clásica Santa Cecilia. Dirección musical: José Antonio Sainz Alfaro.

Programar la Sinfonía n.º 9, Coral, de Ludwig van Beethoven con el Orfeón Donostiarra y en la capital guipuzcoana es algo que sabemos cómo va a terminar: con el público puesto en pie, braveando a la masa coral y sintiendo en su pecho esa sensación de orgullo infinito por tener una de las agrupaciones corales amateurs más sólidas del universo musical. Justo detrás de mí un espectador, henchido de satisfacción, señaló mientras salía del Kursaal la suerte de disponer de semejante valor artístico en la ciudad. Y estoy de acuerdo.

Nadie en su sano juicio puede poner en solfa la calidad del Orfeón Donostiarra. Es más, todos podemos sentirnos orgullosos de que una agrupación coral alimentada por la ilusión por cantar de personas de la ciudad y alrededores haya sido capaz de llevar el nombre de Donostia  por muchos recintos europeos. Sin embargo también creo que el halago permanente y el acriticismo hacen poco por ayudar a quien, siendo un grupo de alta calidad, no es perfecto. Y no nos engañemos: en la capital guipuzcoana se vive cada concierto del Orfeón con esa “satisfacción” crónica e interesada de suerte y manera que toda actuación del grupo es vitoreada, se desarrolle ésta de la forma que sea. 

Por ello me atrevo a preguntar si se pueden poner “peros” al concierto de ayer. No tanto a la interpretación, pues el Orfeón hizo lo que se le pidió, sino a distintos criterios utilizados en el mismo tanto desde el punto de visto organizativo como estrictamente musical. Porque esta velada, organizada por la Fundación Excelentia tenía dos partes sustancialmente distintas que, sin embargo, fueron interpretadas bajo los mismos criterios musicales: el volumen y la cantidad.

En mi modesta opinión, el concierto queda hipotecado por un error desde el mismo punto de partida: ¿tiene algún sentido interpretar la Misa de la Coronación mozartiana con noventa voces? Tal y como yo entiendo la obra, dado su carácter sacro y el momento histórico en el que está ubicada, me parece un dislate que, eso sí, nos garantiza volumen pero por otro lado provoca ausencia de reflexión, de piedad religiosa o de intimidad musical, pues cada uno recibe la obra como a buen entender tiene. Si a ello añadimos una batuta meramente coordinadora, sin mano izquierda y un cuarteto solista desequilibrado, a un servidor la interpretación le pareció plana a más no poder.

El plato fuerte del programa, el elemento de atracción popular (destaquemos que el Kursaal presentaba una ocupación que rondaría el 80/85% del mismo, lo que es un buen dato) lo constituía la celebérrima Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, Coral, de Ludwig van Beethoven. Estamos a las puertas del 250º aniversario del nacimiento del genio de Bonn pero tal compositor no necesita ninguna excusa para que sea programado. Estamos ante uno de los pilares de la música clásica occidental (como lo es Mozart, que nadie se soliviante) y su novena sinfonía pasa por ser obra simbólica al suponer transformación histórica en el desarrollo de la Sinfonía. Tras Haydn y Mozart, Ludwig van Beethoven partiendo del clasicismo la encardina con el Romanticismo e incorpora el uso de la voz humana en una estructura que, hasta entonces, había sido estrictamente orquestal. Además, todos sabemos que la música dominante del cuarto movimiento ha terminado adquiriendo simbología extramusical, hasta el punto de convertirla en una de las melodías clásicas más populares de la historia.

Pero la 9ª Sinfonía es mucho más que la parte cantada. Y un director se la juega, sobre todo, en los tres primeros movimientos, en los que la música abstracta ha de atrapar al oyente. Y en el caso que nos ocupa no podemos obviar la falta de matices, la falta de diversidad en los tempi; en definitiva, la falta de personalidad en la construcción de la obra. Ello quedó meridiano en el tercer movimiento, adagio molto e cantabile, carente de poesía.

El último movimiento fue servido por solistas y coro tal y como exigió José Antonio Sainz Alfaro: a una velocidad y volumen excesivos, de forma precipitada, sin cuidar el significado del texto, de la palabra cantada. Resultaba bastante triste ver a los solistas luchar por hacerse oir entre tanto volumen y solo las voces de la soprano Carmen Solís y, en menor medida, del tenor Nestor Losán eran audibles a los oídos de un servidor. La voz de la primera, de volumen recio y muy bien proyectada, era la más interesante del cuarteto con diferencia. El tenor mantuvo bien el tipo en su parte mozartiana mientras que a la hora de afrontar el inclemente Froh, wie seine Sonnen fliegen fue apabullado por sus compañeros de viaje.

El bajo David Cervera apenas nos llegó en la obra interpretada en la primera parte mientras que su gran reto, O Freunde, nicht diese Töne! fue capaz de enseñarnos una voz de cuerpo y cierta solidez en los graves. Poco sonoro en el cuarteto final, donde al bajo se le exigen graves profundos pero aprobó con nota su momento más crítico. De la mezzosoprano Daniela Vladimirova no puedo decir nada: excepto una frase en el cuarteto final de la sinfonía, su voz apenas era audible.

El Orfeón Donostiarra estuvo excesivo en la primera parte. Insisto: noventa voces para una obra como la Misa de la Coronación es un derroche. ¿Tanto cuesta hacerla con treinta/cuarenta voces para luego incorporar más componentes en la segunda parte? En la obra beethoveniana consiguió el efecto buscado: con un volumen excesivo, demandado desde la batuta, nos impactó por la justeza del coro. Pero, ¿y el significado del texto, sus implicaciones poéticas? En mi opinión, diluidas entre tanto volumen.

¿Cantó mal el Orfeón? No. ¿Ha cantado mejor? Más de una vez. Entonces, ¿por qué los peros suplicados en la introducción de esta reseña? Por la convicción de que ha habido un error en el diseño del concierto y por la constatación de existir ausencia de una batuta con personalidad. Uno puede hacer gestos llamativos pero si no hay distintas texturas orquestales, si no hay contrastes en tempi, color y volumen, sin mano izquierda que dicte a la orquesta algo más que las entradas de cada sección y sin equilibrio entre secciones orquestales (donde la cuerda quedó muy perjudicada) es difícil construir un monumento tan importante como el opus 125 de Beethoven. y en ese sentido, la Orquesta Clásica Santa Cecilia, donde la presencia de gente joven era notoria, fue la pagana. Por cierto, muy dubitativos algunos metales.

Por ello, al acabar el concierto, mientras algunas personas rugían de auténtico placer otros permanecíamos sentados y silenciosos ante la constatación de que Mozart es mucho más que cantidad y Beethoven es mucho más que volumen y efecto. Y sintomático que mientras director, solistas y orquesta permanecían en segundo plano, (casi) todas las ovaciones eran para un Orfeón Donostiarra que, una vez más, había triunfado en plaza fácil.

 

 

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