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La música contra la intolerancia

Frankfurt. 10/11/2019. Operhaus. Shostakovich.Lady Macbeth de Mtsensk. Anja Kampe (Katerina Izmailova), Dmitry Golovnin (Sergei), Dmitry Belosselskiy (Boris Izmailov), Evgeny Akimov (Zinovi Izmailov). Orquesta y Coro de la Ópera de Frankfurt. Dirección de escena: Anselm Weber. Dirección musical: Sebastian Weigle.

Creo que uno de los muchos poderes que tiene la música es el de triunfar incluso por encima de los que la quieren ahogar. La abstracción de su esencia hace más difícil de apresar, de encerrar y eliminar. Pasó en los campos de concentración nazi, pasa en proyectos como el de la West-Eastern Divan Orchestra, en otros muchos ejemplos, y ocurrió con el boicot que desde Pravda, en aquel famoso artículo escrito con seudónimo, Stalin lanzó hacia hasta la entonces exitosa segunda ópera de ​Dmitri Shostakóvich​, Lady Macbeth de Mtsensk​. El poder no soporta la crítica, sea ésta directa o bien que no siga a pies juntillas la ortodoxia imperante. La obra de Shostakóvich es de corte naturalista, una tragedia humana con todos sus ingredientes: sexo, ambición, abuso de poder, brutalidad, ignorancia y miseria. Supongo que aparte de la música “degenerada” que habrían dicho sus antiguos aliados nazis, en la Rusia estalinista no había lugar para lo que no fueran jóvenes fornidos y fornidas trabajando en las granjas colectivizadas o en las fábricas de armas. Demasiado vodka y demasiada lujuria para el “Papaito”. Pero Shostakovich resistió (por cobardía, por miedo, o porque era humano, como la misma Katerina Izmailova) y al final, hasta el propio régimen (una vez muerto el dictador –sustituido por otro con mejores maneras pero mismos fines–), reconoció su grandeza musical.

Lady Macbeth no es sólo una gran obra del siglo XX o del repertorio ruso. Es una obra maestra del repertorio de todos los tiempos. Una joya que se puede codear sin pudor ninguno con obras que constantemente ocupan las programaciones de media Europa sin tantos méritos. Pese a lo que se pueda creer no es una obra de difícil escucha, atonal o con enrevesadas melodías. Shostakóvich hace un supercóctel donde caben referencias al jazz, al folklore ruso, a la música circense, a la melodía romántica, incluso al propio Tchaikovsky, y cómo no, su inagotable imaginación, esa música tan particular y tan identificable como pueda ser un cuadro de Klee o Léger. Un gran fresco musical donde la pasión del libreto del propio compositor y Aleksandr Preis (inspirándose en la obra homónima de Nikolái Leskov) se viera reflejada. Cada nota, cada frase se adapta como una segunda piel a la historia, al texto. Pocas músicas se pueden igualar a la literalidad de la escena de sexo entre Katerina y Serguèi o la violación de Aksinya, uno de los momentos más estremecedores de la historia de la ópera. Valga esta larga introducción para reivindicar lo que muchos aficionados ya saben: Lady Macbeth es un monumento operístico.

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En la función que comento, como no podía ser de otra manera por la categoría de la cantante y el papelazo que le brinda Shostakovich, la triunfadora indiscutible fue esa gran soprano que es ​Anja Kampe​. La difícil, arriesgada y extremada (por agudos y graves) parte de Katerina no mostró problemas para Kampe, que se mostró en un excelente momento de madurez vocal. Toda la sarta de calificativos que soltamos los críticos cuando hablamos de una gran actuación pueden pegar aquí, yo no los voy a repetir. Simplemente diré que fue

apabullante, magnífica. Le faltó, en cambio, una mayor implicación como actriz. Me explico. No es que no hiciera un buen trabajo en este aspecto, pero le faltó esa pasión, ese desgarro, ese suplicio ante el abandono del amor, que el personaje de Katerina, una leona sin duda alguna, demanda. Kampe estuvo más comedida, menos entregada que otras compañeras que se rompen en escena. El otro triunfador de la noche fue sin duda el Boris Izmailov (también tiene el papel de viejo convicto) de ​Dmitry Belosselskiy​. El extraordinario bajo ucraniano dio con ese color tan maravilloso de las grandes voces eslavas toda una lección de un buen canto unido a la lubricidad que su papel demanda. Se sintió cada frase como un latigazo, un insulto, una imposición. Mezclado con la tenebrosa música que le adjudica el compositor (su entrada, en cierta manera, recuerda al tema de los gigantes en la Tetralogía wagneriana) este trabajo actoral lo alzó a lo más alto del elenco. Cumplidor y buen profesional, dando ese toque chulesco que tanto le pega a su papel, estuvo el Serguei de ​Dimitry Golovnin​. Es un tenor de amplios recursos pero con cierta rudeza de emisión aunque su fiato es considerable y su voz, de color agradable, también plenamente eslavo, se defiende sin dificultad entre las notas más agudas y los sonidos más graves.

Lady Macbeth cuenta con un amplísimo grupo de secundarios que cumplieron la mayoría con buen hacer y clase sus más o menos cortos papeles. Especialmente brillantes estuvieron Evgeny Akimov como Zimovi Izmailov y Peter Marsh como el campesino borracho. Una vez más destacar el gran trabajo del Coro de la Ópera de Frankfurt en esta obra que tanto refleja la miseria moral y física en la que puede caer el pueblo. Impecable la lectura del Director musical de la Ópera, Sebastian Weigle​. Weigle mostró todos la inmensa paleta de colores que encierra la partitura. Pasó de mostrarse impetuoso cuando se requería a casi camerístico si el compositor lo exigía, pues estas páginas son una montaña rusa de pulsión y volumen. Guiando a la extraordinaria orquesta de la Casa fue, junto a Kampe y Belosselskiy, el gran triunfador de la noche.

Esta era la segunda premiere que presentaba la Ópera de Frankfurt esta temporada, después de la ya comentada en estas mismas páginas Manon Lescaut. A Lady Macbeth no le van mal las escenografías desnudas, escasas de elementos que distraigan, el tener como objetivo centrar la atención del espectador en el drama. Evidentemente ​Anselm Weber​, director artístico de esta producción piensa lo mismo y sitúa la acción (buena escenografía y vestuario de Kaspar Glarner) en una especie de cantera o mina propiedad de los Izmailov. Esta forma curva y algo inclinada, color granito, que cierra todo el escenario, encierra (algo que encaja perfectamente con la historia contada) las diversas escenas de la obra. Sólo algunos elementos, del que el más sobresaliente es la habitación-cama de Katerina, sirven como referencias para situarnos en cada escena y en cada situación. La dirección de actores es sobresaliente y, aunque como ya he dicho, Kampe estuvo un poco fría en su tremendo papel, el resto del elenco si que cumplió perfectamente con ese dramatismo que emana de la ópera. Especialmente destacables son la escena de la violación del primer acto, y todo el último acto en el exilio siberiano, especialmente el estremecedor final de esta estremecedora ópera, cuando el coro, que se traslada al patio de butacas y pegado al público canta sus últimas versos:

​¡Ah, estepas interminables! Días y noches sin fin.

¡Nuestros pensamientos son tristes
y los guardias no tienen corazón! ¡Ah! 

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