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PetrenkoBerliner 2018 MonikaRittershaus 

Como un solo hombre

Berlín. 24/08/2018. Philharmonie. Obras de Richard Strauss y Ludwig van Beethoven. Berliner Philharmoniker. Dir. musical: Kirill Petrenko.

Muy lejos ha quedado ya ese extraño desplante -después aclarado- que pareció alejar a Kirill Petrenko de los Berliner Philharmoniker, allá por diciembre de 2014, cuando abandonó abruptamente los ensayos para una Sexta de Mahler que acabó dirigiendo Daniel Harding. Los filarmónicos berlineses demostraron un coraje, una coherencia y una honestidad admirables al designar a Kirill Petrenko como su maestro titular. Aunque todavía no ha tomado posesión formal del cargo -lo hará con el inicio de la próxima temporada- era obligado contar con el maestro ruso para el arranque de la presente temporada, con dos conciertos en Berlín y una gira por los principales festivales de verano, de Salzburgo a los Proms pasando por Lucerna.

Enloquecer y descubrir podrían ser, a buen seguro, las señas de identidad de la etapa que Kirill Petrenko y la Filarmónica de Berlín tienen por delante. En este momento viven el mismo idilio que dos amantes que aún han consumido apenas su pasión, fascinados y excitados el uno con el otro. Disfrutan haciendo música de una manera sumamente evidente; sus rostros irradian convencimiento, confianza, curiosidad... Y conciertos como el vivido en Berlín el pasado viernes no hacen sino garantizar grandes años para este extraordinario maridaje. Medio en broma, medio en serio, lo dije con un tuit al terminar el concierto: "Kirill Petrenko está loco y los Berliner son los mejores". Y es que asombra una y otra vez esa mezcolanza única entre la locura visionaria del maestro ruso y la apabullante capacidad técnica de los músicos de la orquesta para seguirle en su ambición.

Para este concierto inaugural la mirada estaba puesta en el gran repertorio alemán, con dos compositores troncales en el programa: Richard Strauss en la primera parte y Ludwig van Beethoven en la segunda. Petrenko se había demostrado ya como un gran straussiano en el foso (memorable Die Frau ohne Schatten en Múnich) pero a decir verdad se había prodigado poco aún con Beethoven. A juzgar por lo sucedido en este concierto, nunca es tarde si la dicha es buena, porque el vendaval desatado con la Séptima sinfonía no tuvo parangón. Pero vayamos por partes.

Sin miedos ni complejos, a tumba abierta. Así arrancaba el concierto con el Don Juan de Strauss, un poema sinfónico estrenado en 1889 y que Petrenko desató como un latigazo, casi con virulencia; lo más parecido a un golpe en el estómago. Se trata de una pieza de inusitada dificultad técnica, más aún si se desarrolla con los tiempos y dinámicas que Petrenko propuso a los Berliner. Estos contaban con una alineación de lujo, propia de las grandes noches -cualquier plantilla de los Berliner es una alineación de lujo, pero aquí no faltaba nadie-. Y lo cierto es que los músicos de la formación berlinesa respondieron de manera asombrosa, como un solo hombre, verdadera prolongación de la batuta de Petrenko. El deslumbrante desfile de virtuosismo técnico fue apabullante. Si uno parpadeaba se podía perder otro instante digno de dejarle boquiabierto. Lo mismo sucedió después con Muerte y transfiguración, poema sinfónico estrenado también en 1889. Aquí Petrenko y los Berliner demostraron que el virtuosismo técnico es solo un elemento indispensable para alcanzar determinadas cotas de expresividad y hondura. Petrenko aportó una enorme clarividencia a una lectura que parecía conducir indefectiblemente a la elevación de lo sublime. Una de esas ocasiones en las que el verbo se queda corto para expresar hasta dónde puede llegar la música.

Tomar una de las sinfonías más populares de todo el repertorio y exponerla como si se tratase de un estreno mundial. Eso es lo que promete Kirill Petrenko al frente de la Filarmónica de Berlín. Y no por un prurito de originalidad, tampoco por exhibicionismo, ni siquiera por snobismo. Simplemente porque es un genio. Suena a boutade y a evidencia, pero estamos ante una de las batutas más sobresalientes de todos los tiempos. Por su curiosidad, por su compromiso, por su planificación... Petrenko arriesga, pero sabiendo bien dónde, cómo y con quién hacerlo. Su locura se deja llevar por la imaginación pero sobre todo atiende una y otra vez a lo que está escrito en la partitura, por mucho que a menudo se pase por alto. 

En sus manos escuchamos una Septima sin igual, tan singular como las que Furtwaengler, Karajan, Kleiber o Abbado dejaron antes de que él. Hablamos de ese nivel de talento. Interpretada como en dos secciones, sin apenas solución de continuidad entre los dos primeros movimientos y sin apenas pausa entre el tercero y el cuarto, con esta Séptima asistimos a una sucesión vertiginosa de sensaciones: la luz, el temblor, el festival. Hay en Petrenko una rara coherencia interna; por fin escuchamos el Allegro con un tiempo más lento que el resto de movimientos, pero no más lento en sí mismo, como si fuera un Adagio. Y por fin encontraron sentido las repeticiones, diferenciando y creando una variedad infinita de acentos, intensidades, planos... una virgueria. En conjunto una Séptima intensa, compleja, ambiciosa y casi se diría que nueva, como inédita. Belleza y vértigo; imaginación y coherencia. El final fue tan incontenible, tan exacto, tan imposible... Y sin embargo así fue, aunque costase creerlo. Con Petrenko en Berlín los milagros van a cobrar forma. La acogida triunfal al maestro ruso, tanto por parte de los músicos como por parte del público, así lo certifica. #inKirillwetrust

 

 

 

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