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Nebra Flipart tribuna musicos 

José de Nebra (1702-1768)

Luis Antonio González es el director de Los Músicos de su Alteza y miembro del IMF-CSIC

“Don José de Nebra, en fin, fue un verdadero artista, y el orgullo del arte en su tiempo; y si dejó de existir el día 11 de julio de 1768, pagando el cruel tributo que todos debemos a la naturaleza, su memoria ha quedado impresa en las generaciones que le han sucedido, y quedará eternamente en las venideras, como eterna será la vida de sus obras marcadas con el sello de la inmortalidad.”  (Mariano SORIANO FUERTES, Historia de la Música Española desde la venida de los fenicios hasta el año de 1850, Madrid-Barcelona, Imprenta de Narciso Ramírez, tomo IV, 1859, 114-115).

La fama y el aprecio que Nebra gozó en vida trascendieron el paso del tiempo y franquearon toda barrera espacial dentro del ámbito hispánico; al menos durante unos años. Después vendrían, inevitablemente, el olvido de su persona y el desconocimiento general de sus obras, salvo alguna contadísima excepción. Pero los entusiastas elogios dispensados al compositor por la incipiente historiografía musical española ochocentista desempeñaron un papel nada desdeñable, junto con la afición por las historias locales y regionales, amparada ya en el siglo XX y aun en el XXI por instituciones de este ámbito, en el interés de la moderna investigación por Nebra, a quien hoy unos consideran el gran músico aragonés —por nacimiento— y otros uno de los mejores compositores madrileños —por adopción— del siglo XVIII.

Si bien en ocasiones el genio parece brotar por generación espontánea, incluso en un medio hostil o cuando menos difícil, en la mayoría de los casos, y sin que esto redunde en demérito de la persona, aquél surge como culminación o hito de una tradición arraigada, larga y fecunda, y es ese entorno histórico favorable el que, a nuestros ojos, lo hace posible y le permite desvelar el brillo que encierra. Nebra, sin duda uno de los más relevantes compositores españoles de todos los tiempos, parece un elemento brillante aislado en un escenario hasta cierto punto oscuro. Pero no es exactamente así. Nebra nace y crece doblemente arropado, en una familia de músicos y en una pequeña ciudad provinciana que, si hoy no se caracteriza por una vida musical particularmente activa y enjundiosa, sí tuvo un pasado musical —un presente, entonces— nada desdeñable. 

Nebra vino al mundo en la localidad de Calatayud (Zaragoza) y fue bautizado el día de Reyes de 1702 en la Colegial de Santa María con el nombre de José o Joseph, seguido, como no podía ser de otra manera, de los de Melchor, Baltasar y Gaspar. Su padre, José Antonio Nebra Mezquita, era natural de Hoz de la Vieja (Teruel), y su madre, Rosa Blasco Bian, de Borja (Zaragoza). José Antonio desempeñaba entonces el cargo de organista en Calatayud. Nueve años más tarde, en 1711, y habiendo engendrado cuatro retoños (un José Bernardo —1699— que debió de morir al poco, nuestro José, Francisco Javier —1705— y Joaquín Ignacio —1709—: músicos los tres supervivientes), en plena Guerra de Sucesión se estableció con toda la familia en Cuenca (donde nació su hija menor, María Ana) y fue recibido como organista y arpista de la catedral. José vivió, pues, hasta los nueve años cumplidos en Calatayud, donde, genio precoz como parece haber sido, no podría mantenerse ajeno a la rica tradición musical de los siglos pasados, que sin duda imprimió importantes y profundas huellas tanto en los anaqueles de las iglesias bilbilitanas como en los usos y costumbres de las capillas de música de la ciudad. Por éstas habían pasado desde el siglo XVI, dejando rastros de su trabajo, compositores como Olorón, Vargas, Marqués o Gómez de Navas (miembro éste de otra familia de músicos que se prodigarían en la corte y en el teatro, como el propio Nebra). Además, el pequeño José, encaminado hacia el teclado, pudo tener a su disposición algunos buenos órganos, en cuya construcción y ampliaciones habían intervenido los más famosos organeros de los siglos pasados, desde García Bailo hasta los Sesma, pasando por los Mallén, Córdoba y Lupe. De todos modos, posiblemente Calatayud no ofrecía suficientes atractivos a José de Nebra, cuyo talento le reservaba una prometedora carrera, y no hay constancia de que regresara jamás a su ciudad natal.

Lo mismo que en Calatayud, a su paso por la catedral de Cuenca pudo aprovecharse de la tradición local para su formación, en este caso de la herencia de maestros como Boluda, Castro Mallagaray, Vicente García, los Tabares, Padilla o Xuárez. Asimismo, tendría a su disposición algún importante órgano firmado por Domingo Mendoza y Roque Blasco.

La formación recibida de su entorno y sus propias capacidades situaron al joven José de Nebra en un lugar privilegiado. Muchos testimonios confirman que desde el siglo XVII la corte era la meta de cualquier músico de provincias con afán de prosperar, y Nebra consiguió llegar bien pronto. Hacia 1717 se encontraba ya en Madrid y su talento como organista era reconocido, pues ejercía como tal en el convento de las Descalzas Reales (con seguridad desde 1719), iniciando así una carrera que, obtenido su primer empleo a tan corta edad y en un puesto de prestigio, no puede en lo sucesivo calificarse de meteórica o vertiginosa, pero sí constituye un ascenso peldaño a peldaño, firme, con ciertos vaivenes pero sin altibajos dignos de mención. Al poco (1722) lo encontramos al servicio de la cámara de los Duques de Osuna, codeándose con el más afamado compositor para el teatro del momento, Antonio Literes, y con el más influyente dramaturgo español de la primera mitad del siglo, José de Cañizares, oficial en la contaduría de los Duques. Tal vez ambos contactos influyeran en la temprana introducción de Nebra en el mundo de la composición para la escena. Enseguida alcanza otra meta: tras la abdicación de Felipe V y el acceso al trono de Luis I, Nebra ocupa la plaza de organista primero de la Real Capilla, al acompañar el titular, Diego de Lana, a Felipe en su retiro de La Granja. Pero, muerto Luis I y vuelto Felipe V, el cargo recae de nuevo en Lana, quedando Nebra como supernumerario, con sueldo y derecho a ocupar la plaza de organista primero cuando quedare vacante. 

Estos años de juventud en Madrid debieron de ser fundamentales para Nebra en el terreno de la formación de su propio estilo o manera. Si en Calatayud y Cuenca conoció la tradición musical eclesiástica española, de la que procedía directamente por vía paterna, en Madrid encontró un panorama más rico. En las Descalzas trabajó bajo el magisterio de José de San Juan, músico conscientemente abierto a influencias internacionales. Además, la Corte era en aquel tiempo un hervidero de músicos italianos, cuyas maneras de componer y ejecutar música posiblemente deslumbraban tanto al público como a los músicos españoles menos conservadores. Nebra, permeable a todas estas influencias, posee una admirable capacidad de asimilación de procedimientos de composición internacionales, que otros músicos algo más viejos a los que la historiografía ha tenido por italianizantes (Literes, Torres, Valls) jamás consiguieron dominar. Ya desde sus más tempranas obras conocidas Nebra manifiesta una feliz síntesis de formas tradicionales hispánicas y lenguaje musical europeo, que caracterizará su estilo, propio, personal y reconocible, hasta el final de sus días.

Se sabe que en la década de los 20 compuso Nebra abundante música para los teatros públicos madrileños (comedias, autos sacramentales, follas y otros divertimentos). En 1726 ya se le tenía por un destacado compositor, como lo demuestra el aparecer su nombre junto a los más reputados maestros españoles e italianos (Literes, San Juan, Corelli, Vivaldi, etc.) en  el Aposento anti-crítico de Juan Francisco de Corominas. En 1728, siendo aún organista suplente de la Real Capilla, recae en él en encargo de poner música a la primera jornada Amor aumenta el valor, ópera destinada a celebrar los esponsales de Fernando, príncipe de Asturias, con Bárbara de Braganza, infanta de Portugal. Los otros dos actos fueron encargados respectivamente a Felipe Falconi y Jaime Facco, maestros de música de los infantes de España. Esta es, hoy por hoy, la más temprana pieza teatral de Nebra conservada, y en ella demuestra total dominio del lenguaje internacional, de los recursos dramáticos y de la caracterización de los personajes y las situaciones a través de la composición. Otro tanto queda demostrado en Venus y Adonis, compuesta un año después para los teatros públicos madrileños. La actividad de Nebra como compositor para la escena pública, en colaboración con libretistas como José de Cañizares, Nicolás González Martínez y otros, o poniendo música a autos sacramentales de Calderón, está documentada hasta 1761. 

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