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Haitink Berliner 2019 

Se acabó

Berlín. 11/05/2019. Philharmonie. Obras de Mozart y Bruckner. Berliner Philharmoniker. Paul Lewis, piano. Bernard Haitink, dir. musical.

A comienzos de 2019, el veterano maestro Bernard Haitink (Ámsterdam, 1929) anunció su intención de tomarse un año sabático, alcanzados ya los noventa años de edad y con una agenda que no le ha dado tregua desde su debut allá por 1954. Un sabático, dada su longevidad, que suena a retirada anticipada, ahora que su físico aun le permite despedirse con dignidad de todos los escenarios y orquestas con los que ha venido trabajando durante más de medio siglo. De hecho, su agenda a la vista apenas comprende dos giras en verano, una con la Chamber Orchestra of Europe y otra con la Filarmónica de Viena.

Con un gesto que aunaba resignación y convencimiento, como diciendo "se acabó", Bernard Haitink se despedía del público berlinés cerrando la partitura de la Séptima de Bruckner, uno de los compositores más emblemáticos de su vasto repertorio. El público berlinés, en pie, brindó una conmovedora ovación al maestro holandés, quien visiblemente emocionado, dentro de su gesto por lo general austero, parecía saberse quizá ante su última noche en la Philharmonie de Berlín. 

Haitink ha sido uno de los maestros más íntegros del último medio siglo. Es quizá el último de los grandes, al lado de otros maestros también longevos pero con trayecotrias más singulares, como Herbert Blomsted (Springfield, 1927) o Nello Santi (Adria, 1931). El holandés ha estado al frente de formaciones tan célebres como la Royal Concertgebouw Orchestra (1963-1988), la London Philharmonic (1967-1979), la Staatskapelle de Dresde (2002-2004) o la Sinfónica de Chicago (2006-2010), sin olvidar su tiempo al frente del Festival de Glyndebourne (1978-1988) y su larga etapa en la Royal Opera House de Londres (1987-2002). Es decir, una batuta absolutamente fundamental para entender por dónde ha discurrido la clásica desde 1950 en adelante. Ya no están Kleiber, Maazel, Harnoncourt o Abbado, que nacieron con apenas unos años de diferencia con respecto a Haitink, pero ahí está él, con su reputación incólume, como inamovible, con ese estilo tan propio y al mismo tiempo tan poco clasificable, precisamente porque siempre ha dado al impresión de ponerse al servicio de la música sin caer en la tentación de servirse él mismo de ella.

Haitink de alguna manera se ha sobrevivido a si mismo, evitando una carrera mediática, pero estando siempre en el candelero por méritos propios. Hoy que tanto se cuestiona la capacidad que pueda mostrar Petrenko con los Berliner, en términos de don de gentes y despliege comunicativo, ahí está la figura de Haitink, desde ese seco estoicismo tan suyo, para demostrar que lo cortés no quita lo valiente y que hacer música no consiste en seguir el dictado del business, sino lo escrito en las partituras.

Más allá de este preámbulo, lo cierto es que Haitink sigue siendo un valor seguro, especialmente con determinado repertorio. Es el caso de Bruckner, cuya Séptima sinfonía ocupaba la segunda mitad de estos conciertos. Al frente de unos Berliner Philharmoniker verdaderamente apabullantes, Haitink dispuso un Bruckner algo seco, un punto distante, pero extrañamente intenso. Con gran serenidad y claridad estructurales, Haitink dirigió con pulso vivo y enérgico, de una seguridad infalible, como desafiando a su propia edad, sin apenas recurrir de hecho a la banqueta que se había dispuesto en el podio para que pudiera descansar de vez en cuando.

La primera parte del concierto había discurrido en manos del pianista británico Paul Lewis (Liverpool, 1972), que interpretó el Concierto para piano y orquesta No. 27 de Mozart, el célebre K. 595. Lewis manejó la obra con precisión y sensibilidad, sin alardes pero con un gusto exquisito. Su Mozart sonó meticuloso y estilizado, en un estilo bastante propio, que no terminaba de sonar ni a tradición ni a vanguardia. Haitink dispuso aquí un Mozart ciertamente contenido, por momentos etereo, verdaderamente sutil, con instantes que rozaron lo sublime, con las maderas de los Berliner en verdadero estado de gracia.

Estos conciertos pueden recuperarse en el Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín.

 

 

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