SOV K.Petrenko primer plano

 

Mahler desde los Alpes

Kirill Petrenko en Bregenz

Bregenz. 18/05/2019. Festspielhaus. Mahler: Sinfonía no. 8. Symphonieorchester Vorarlberg. Sarah Wegener, Elza van den Heever, Letizia Scherrer, Claudia Mahnke, Diana Haller, Norberst Ernst, Daniel Boaz, Kwangchul Youn. Salzburger Bachchor. Bregenzer Festspielchor. Dir. musical: Kirill Petrenko.

Casualidades del destino, la biografía de Kirill Petrenko (Omsk, 1972) -hoy en boca de todos tras ser elegido como nuevo titular de los Berliner Philharmoniker- estará ligada para siempre a Vorarlberg, una importante región alpina de Austria, con capital en Bregenz y limítrofe con Suiza, Alemania, el Tirol y Leichtenstein. Y es que los padres de Kirill Petrenko, una familia de emigrantes rusos, recalaron en Feldkirch, otra de las ciudades de la región, allá por 1990. El padre de Kirill, violinista a la sazón, encontró entonces acomodo entre los atriles de la Orquesta Sinfónica de Vorarlberg. Y el propio Petrenko empezó en Feldkirch su trayectoria, antes de dirigirse a Viena para completar sus estudios. De hecho, suele citarse su trabajo al frente de Let's Make an Opera! de Britten, en 1995, como su debut oficial, precisamente en Vorarlberg.

De modo que Petrenko, que aunque es corto en palabras es -qué paradoja- un hábil comunicador, rinde de algún modo homenaje a sus orígenes, a la tierra donde empezó a labrarse su futuro, hoy su presente, regresando cada año a Bregenz y Feldkirch para ponerse al frente de la Sinfónica de Voralrberg, con la que viene interpretando la integral de las sinfonías de Gustav Mahler. En esta ocasión, para sus conciertos de 2019, se anunciaba nada menos que la ambiciosa tarea de poner en pie la Octava sinfonía de Mahler, la apodada por algunos -para disgusto del propio compositor, dicho sea de paso- como "Sinfonía de los mil", habida cuenta de las amplias exigencias de su plantilla, entre orquesta, coros y solistas.

SOV Petrenko singers

 

He hablado mucho sobre Petrenko en estas páginas. De hecho, intento no perderme practicamente ninguno de sus conciertos en Berlín o sus representaciones en Múnich, en la Bayerische Staatsoper. Me atrevo pues, a decir, sin falsa vanidad, que conozco más o menos bien al "fenómeno" Petrenko, que confieso que ejerce sobre algunos de nosotros una verdadera fascinación. Y a pesar de lo bien que pueda concoerlo, lo verdaderamente asombroso es que nunca defrauda y jamás resulta previsible. Petrenko siempre logra esa vuelta de tuerca inusitada, ese enfoque inesperado, que devuelve al oyente una partitura como seguramente nunca antes la habíamos escuchado.

Y eso mismo pasó esta vez en Bregenz con la Octava de Mahler, una partitura a menudo malinterpretada como un discurso grandilocuente y un tanto banal, como si el compositor no hubiera terminado de encauzar su inspiración, con esa yuxtaposición del himno latino Vieni Creator Spiritus y los versos del Faust de Goethe. La Octava nunca ha sido una de mis sinfonías mahlerianas predilectas, para qué negarlo. Pero Petrenko ha conseguido traducir la partitura con una transparencia y con una luminosidad apabullantes. Es asombrosa la nitidez estructural con la que logró desentrañar la obra, sin quedarse no obstante en un enfoque meramente analítico (¡Qué portento el inicio de la segunda mitad, con esos pizzicati de la cuerda!). Muy al contrario, como viene demostrando en el foso de la Ópera de Múnich, Petrenko es un director con alma teatral. Su gesto mismo así lo recrea. Pero no hablamos de una teatralidad premeditada, que busca exponerse con espectacularidad ante la audencia. Nada de eso. Hablo de una teatralidad que mira al texto, que lo intenta vivificar palabra por palabra. ¡Y de qué manera con esta Octava de Mahler!

Con sus poco más de mil metros de altura, el monte Pfänder es una parada obligada para cualquier visitante que se acerque por Bregenz. Un impresionante teleférico resuelve en unos minutos el empinado desnivel, facilitando a su término unas imponentes vistas sobre el lago Costanza y las cordilleras alpinas. Petrenko pareció convertirse con su batuta en este teleférico que nos facilitaba la ascensión a esta elevada cota mahleriana. Pero lo más grandioso de todo esto, es que Petrenko logró poner en pie una imponente Octava de Mahler, a partir de una orquesta sinfónica que podríamos caracterizar, sin ánimo peyorativo, como una formación regional. ¿Se imaginan a Petrenko dirigiendo, pongamos por caso, a una orquesta de Soria, Burgos o Albacete? Quizá exagero un punto, pero algo parecido sucede cuando regresa al frente de la Sinfónica de Bregenz. Se trata de una formación digna, con buenos mimbres, pero sin el derroche de medios que pueden exhibir las grandes formaciones de Austria y Alemania, por descontado. Y sin embargo, ni una nota errada, ni un momento de desconcierto, y una complicidad evidente entre atriles y batutas. En fin, una impresión sumamente gratificante de lo que verdaderamente significa hacer música.

Y es que quizá esa sea la mejor lección de Petrenko, que viene rompiendo sin pretenderlo varias de las reglas no escritas del particular business de la clásica. A Petrenko, por encima de todo, le importa la música y las personas y circunstancias con las que darle forma. Todo lo demás es artificio, quizá necesario, qué duda cabe, pero parte de un entramado del que él se sabe parte, pero no se siente protagonista. Verle dirigir con verdadera devoción esta Octava de Mahler, permítanme decirlo así, al frente de la orquesta de su pueblo, logrando un resultado que ya quisieran muchas grandes formaciones sinfónicas, dejó desarmada a la audiencia, que de inmediato, nada más bajar Petrenko la batuta, se puso en pie para ovacionar a los más de 350 músicos que llenaban el escenario. Pocas veces he visto a Petrenko tan feliz. Es un hombre parco en gestos, tímido incluso, poco dado a recrearse en complacencias con el público. Pero esta vez, en los saludos tras el concierto, se le veía radiante, como si quien logra hacer algo grande en casa, donde todo cuenta el doble, ante la mirada de los tuyos.

 SOV Petrenko general

 

Como es habitual en él, el maestro ruso supo rodearse de un gran elenco. Imponente el bajo coreano Kwagnchul Youn (una suerte de Gurnemanz en la parte de Pater Profundis), lo mismo que el resto de voces masculinas, el barítono Daniel Boaz y el tenor Norbert Ernst. Los tres brindaron un canto sumanente flexible y detallado, atentísimos a las indicaciones de Petrenko, casi en cada compás. Entre las voces femeninas brilló con luz propia la holandesa Elza van den Heever, con una técnica depuradísima y una proyección impecable. Destacó asimismo la mezzosoprano Claudia Mahnke, por su atractivo instrumento y por su canto bien modulado. Y no se quedaron atrás Sarah Wegener (en sustitución de Sara Jakubiak), Letizia Scherrer y Diana Haller (reemplazando a Daniela Sindram). Mención sumamente eliogosa, por último, para la masa coral integrada por el Salzburger Bachchor y el Bregenzer Festspielchor. Intachables y sumamente comprometidos con la obra y con la batuta de Petrenko, quien volverá a dirigir esta obra en 2020, en Múnich, al frente sus músicos de la Bayerische Staatsoper.