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Barenboim Petrenko Berliner S.Rabold

Curiosidad y fascinación

Berlín. 09/01/2019. Philharmonie. Obras de Beethoven y Suk. Berliner Philharmoniker. Daniel Barenboim, piano. Kirill Petrenko, dirección musical.

La expectación sin duda era máxima, ya que nunca antes habían hecho música juntos. Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942), un músico sobrenatural, un pianista extraordinario y un director de talla histórica, amén de un gran dinamizador de talentos e iniciativas. Y Kirill Petrenko (Omsk, 1972), el nuevo director titular de los Berliner Philharmoniker, un talento sin igual, un director de los que marcan una época. El encuentro entre ambos prometía ser algo especial y no defraudó. Al margen de la orquesta, entregada como pocas ocasiones -y eso, créanme, es mucho decir hablando de la Filarmónica de Berlín- asistimos a un juego fascinante de mutua seducción y descubrimiento, casi un cortejo. El cruce de miradas, la búsqueda de complicidades, las sonrisas... todo parecía fluir de una manera increíble. Barenboim contemplando a la orquesta, girado hacía ellos, como si no diese crédito a lo que estaba escuchando. Petrenko haciendo gala de su connatural humildad y Barenboim reconociendo de algún modo a quien parece hoy depositario del destino de la clásica durante el próximo medio siglo. 

La velada presentaba, en su primera mitad, el Concierto para piano y orquesta no. 3 Op. 37 de Beethoven, en un giño al 250 aniversario del compositor de Bonn. Esta endiablada partitura puso a prueba la destreza de Barenboim, quien bordea ya los ochenta años de edad. Si bien sus dedos no están ya tan frescos como antaño, eso poco importa cuando hay algo más, intangible, que se escucha claro y distinto cuando él toca el piano. No hablo de misticismos; hablo de oficio, de talento, de un conocimiento profundo y dedicado de la música que se trae entre manos. Por eso logró detener el tiempo con un sonido casi inaudible pero plenamente presente, en el Largo, donde solista y batuta lograron crear una atmósfera indescriptible, de una sutileza y emotividad a flor de piel.

Petrenko no pudo poner el listón más alto. Ya desde los primeros compases, con la introducción del primer movimiento, cualquiera que estuviera en la Philharmonie se percató de que iba a recrear una lectura sobresaliente y especial. Por la tensión, precisión y profundidad expresiva, por su capacidad para iluminar detalles que a menudo pasan desapercibidos. Y también por su respeto, tanto a la obra como al solista; Petrenko nunca impone su versión, nunca busca epatar. Si convence por algo es por su implicación expresiva. Y ahí se encontró con un Barenboim inspirado y entregado. En suma, algo verdaderamente memorable, digno de narrarse mucho tiempo después. 

Así y todo, quizá lo más especial del concierto aun estaba por llegar. Pieza infrecuente en el repertorio de cualquier orquesta, la última vez que los Berliner interpretaron la Sinfonía Asrael de Josek Suk fue en 1992, bajo la batuta entonces de un joven Simon Rattle. Petrenko está muy ligado a esta partitura. Prueba de ello es que la interpretó ya en 2002, en sus días en la Komische Oper de Berlín; una grabación editada en CD da buena prueba de ello. La hondura e intensidad con que afronta esta obra son evidentes. El compositor, Josef Suk, dio forma a esta partitura tras la trágica pérdida de su esposa, a la sazón hija de Antonin Dvořák. La figura que da nombre a la composición, Azrael, representa al ángel de la muerte en el Antiguo Testamento. De hecho, Azrael es uno de los nombres que este ángel recibe tanto entre judíos como entre musulmanes. Su misión es conducir a las almas hasta el juicio final.

Suk perdió a su esposa cuando se hallaba a medio camino, en el proceso de componer esta sinfonía, que en origen estaba destinada a ser una celebración más bien optimista del legado de Antonin Dvořák, figura capital para la música checa. No en vano, los tres primeros movimentos están dedicados al compositor y los dos últimos constan como un homenaje a la memoria de su esposa Otilie, de quien el Adagio sería una suerte de evocación. Dolor, muerte, memoria, transfiguración. Esos son los sentimientos que Petrenko logró invocar con su lectura, de una contundencia y convicción emocionantes. Este romanticismo tardío está cuajado de ecos e influencias: por momentos se escuchaba a Janaceck, en algunos pasajes a Korngold, por instantes a Debussy. Transparencia, claridad y un subyugante dinamismo. Petrenko levantó la Asrael con una asombrosa familaridad, de la que logró hacernos partícipes, compartiendo irremediablemente su implicación emocional con la pieza.

Foto: © S. Rabold. Concierto disponible ya en el Digital Concert Hall de Berliner Philharmoniker.

 

 

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