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 maxim huerta sergio perez reuters

"Decir no". Sobre la salida de Màxim Huerta como ministro de cultura y el valor de esta para el poder

Dice el tabernero en La verbena de La Paloma que hay que saber “comprimirse”. Es una cuestión fundamental. Saber decir que no. Parece fácil, pero seguramente decir que no en según qué situaciones sea una de las cosas más complicadas que uno puede hacer en la vida; para eso hace falta mucha honradez y mucha talla. Que se lo pregunten a cualquier artista, a cualquier persona entregada al arte que pretende labrarse una carrera.

La política, que tiene o tenía (con ella todo puede parecer pretérito) mucho de arte, también necesita de gente que sepa decir “no”. Y en elecciones, selecciones, cargos y decisiones, a menudo es más importante lo que consiguen aquellos que dicen que no, que quien finalmente dice “sí”. Días atrás nos encontrábamos con un nuevo Gobierno que pretende ser ilusionante y renovador. Muchas carteras sostenidas por nombres a priori tan efectistas como eficientes. No tanto para la cultura de este país. Un nombre controvertido, el de Màxim Huerta, con un currículum que al fin y al cabo siempre ha tendido más hacia el entretenimiento que hacia la cultura, se haría cargo de ella. Pueden parecer lo mismo y efectivamente encuentran muchas zonas comunes, pero hay espacios fundamentales que no podemos confundir. Y luego hay artes, como el de la música, que son continuamente maltratadas por quienes gestionan el poder. ¿Qué tiene que hacer la música en este país para ser considerada cultura? En cualquier caso, quien se ha pasado años en televisión hablando de la vida privada de otras personas, no debería ser ministro. Para algunos parecía evidente, pero por lo visto no suficiente para muchos y, sobre todo, para él mismo, que debería haber sabido decir “no”. Ayer supimos que, además, con dos sentencias condenatorias, Huerta defraudó a Hacienda… con ánimo de defraudar a Hacienda. Y de la vergüenza ajena, pasamos a la aberración.

El ministro de cultura no tendría que haber dimitido porque nunca tendría que haber sido ministro. Y menos con los comentarios y tono con los que ha dicho adiós, volviendo de nuevo a confundir algo, ahora la política, con el entretenimiento. Serían las cosas del directo, aunque estuviese escrito en un papel, pero si de verdad hubiese tenido “un compromiso (con la cultura) más importante que mi carrera, que mi vida personal”, tendría que haber dicho “no” al ofrecimiento de Sánchez. Esto no ha sido una caza de brujas por más que así lo expresase. Decía Huerta que sabía que su nombramiento “sería calificado cuanto menos de extravagante por haber trabajado en un medio (la televisión) que todos ven y todos demonizan”. Ahora puede confirmar que su nombramiento puede calificarse no de extravagante, sino de erróneo, por haber tenido la poca vergüenza de aceptar un puesto que debería ser, siempre, ejemplarizante. Dice dimitir pensando en las dos cosas en las que más cree: la cultura y la transparencia. Algo en lo que está visto no pensó cuando le llamó el presidente. También dice que es inocente. No. No cuando un juez dice que eres culpable. Habiendo pagado sus culpas, claro que sí, pero tarde para ocupar un cargo público y menos ser la cabeza de un ministerio. Habla de jaurías… que él se ha dedicado a alimentar durante años… para jugar al parchís, primero hay que leerse las instrucciones.

La cuestión de base es, ¿por qué Pedro Sánchez piensa en alguien del perfil de Màxim Huerta como ministro de cultura? ¿Qué concepto de la cultura y de su gestión tiene el presidente del Gobierno? Si uno echa la vista atrás, la respuesta parece evidente y es una cantinela, o letanía más bien, que parece repetirse desde tiempos lejanos: al poder no le interesa la cultura. Parece un tópico, pero tristemente uno se convence de que es así. Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Pilar del Castillo, José Ignacio Wert, Íñigo Méndez de Vigo… Preocuparse por la cultura no es sólo desligarla de la educación en un ministerio.

Por supuesto, a la lista de nombres anteriores hay que sumar a Ángeles González-Sinde quien ha escrito unas líneas defendiendo al ministro caído. Que no son delincuentes. Pues eso lo decide un juez y un juez ha decidido que sí, que Màxim Huerta delinquió. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a la reinserción y en ello debe basarse nuestro sistema punitivo, pero no podemos disfrazar ahora la acción de Huerta como un acto de malabarismo para subsistir. Alguien que defrauda a Hacienda más de 200.000€ no entra dentro de los cánones de supervivencia, precisamente. Tampoco el hecho de que un artista puede ganar dinero hoy, pero no mañana. Efectivamente es así, pero al igual que cualquier autónomo o asalariado, sea carpintera, cartero de correos o la diva del Folies Bergère. Remata Sinde que entonces no había Ministerio de Cultura que defendiese a los artistas… si los cálculos no me fallan, resulta que cuando Hacienda investigaba a Huerta, en 2010-2011, ella era la ministra de cultura. Todo un dislate.

Por lo pronto y para todos aquellos artistas que no han dicho que sí a ser ministros, Podemos ha presentado precisamente hoy el "Estatuo del artista". Parece un paso necesario.

Foto: Sergio Pérez / Reuters.

 

 

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