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norma javier del real 1

Dos tazas

Madrid. 23 y 24/10/16. Teatro Real. Bellini: Norma. Maria Agresta / Angela Meade (Norma). Karine Deshayes / Veronica Simeoni (Adalgisa). Gregory Kunde / Roberto Aronica (Pollione). Michele Pertusi / Simón Orfila (Oroveso). Maria Miró (Clotilde). Antonio Lozano (Flavio). Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica de Madrid. Davide Livermore, dirección de escena. Roberto Abbado, dirección musical.

No hay más que leer a nuestro gran cronista Benito Pérez Galdós para entender la importancia que la ópera tenía en el día a día madrileño, siglos ha. En sus maravillosas Novelas españolas contemporáneas, Milagros canta desde la cocina In mia man alfin tu sei mientras Abelarda le da la réplica desde la habitación. No es Casta Diva, no es Rimembranza, no es Mira o Norma. Es un rincón más del increíble imaginario belliniano que es atesorado en los oídos de quienes le escuchan por los tiempos de los tiempos. Más tarde, Milagros se animará a cantar “a media voz” las frases del tenor moriamo insieme, ah ! si, moriamo... en el concertante final. Y es que “Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de Margarita, de Dinorah, de Gilda, de la Traviata, y voz aguda de soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara a ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de Adalgisa, por condescendencia de la empresa, como alumna del Conservatorio”.

No es que quiera en estas líneas analizar el universo operístico en la prosa galdosiana, que es mucho, muy rico y muy variado, pero el canario me sirve como perfecta introducción a estas funciones del Teatro Real. Primeramente para hacer ver lo complicado de la tipología vocal que Norma reúne y que tanto ha mutado desde hace ya mucho tiempo. Las voces que dieron vida a sus protagonistas no tienen parangón en la actualidad, buscando en cualquier caso la diferenciación de timbre y color necesarias para su armonización y diferenciación, mientras que para Pollione es necesario una suerte de baritenor.
     Por otra parte quería hacer constar, como decía, la presencia de Norma en Madrid, que pronto el Real ha venido a asegurar no se escuchaba en su escenario desde hace más de un siglo. No es del todo cierto. Sí escenificada, pues hace relativamente poco pudimos disfrutarla en las voces de Violeta Urmana y Sonia Ganassi en versión de concierto. También pudimos escucharla hará diez años, con Susan Neves y Amparo Navarro como protagonistas, esta vez en los "desaparecidos" Veranos de la Villa, con el mismo bajo que ahora se escucha en el segundo reparto, el menorquín Simón Orfila. Y por descontado, los bendecidos oídos de quienes pudieron escuchar a Montserrat Caballé en los años setenta de nuevo en el Real o ya en la Zarzuela junto a Fiorenza Cossotto y Pedro Lavirgen.

Y oigan, visto lo visto, podríamos habernos ahorrado la escena y pasar otro siglo sin ella. Permítanme, llegado este punto, recurrir un tanto al sentido del humor, porque quizá esta, la de Davide Livermore, haya sido una de las peores escenas que he podido ver. No por fea, que también; no por vacua, que también; sino por completa falta de concepto. Decía fea y con ello me refiero a proyección de videos realmente horteras, como de anuncio de perfume por momentos, con un 3D sólo superado por WordArt y en pobre imitación al Auryn de La historia interminable cuando se muestra el supuesto símbolo de Irminsul. Pero es que no es sólo eso. Las imágenes se nos repiten una y otra vez, por aquello de rellenar en la falsa creencia de que el Bel canto es estático y como si además no fuésemos capaces de entender el italiano, leer los sobretítulos o sentir la música de Bellini. Y no hay nada peor que a uno le tomen por tonto. Sobre la obertura, la aparición del vídeo con personajes a lo Falcon Crest provoca el espanto. Uno espera que aparezca Angela Channing en cualquier momento. Y luego está el vestuario, que juega un poco a ser entre historicista y como de función de fin de curso.
    Por si fuera poco, además pueden apreciarse algunos errores de base. El mencionado símbolo de Irminsul se emborrona al iniciarse uno de los vídeos. Nos parece ver la Plaza de Isabel II al fondo del escenario o, en cualquier caso, algo que no debería verse, y los focos blancos sobre los personajes rebotan contra más vídeo-paneles, creando círculos de luz y sombras sobre las copas de los árboles o llamaradas de fuego.

Decía vacua porque no crea ni desarrolla absolutamente nada, merced de una dirección de escena completamente fallida. Reacciones exageradas e incluso cómicas. Ahora de pronto un aguilucho balear cruza el escenario, ahora los ojos de un lobo. Ahora los seres del bosque se ponen a revivir soldados romanos. ¿En serio? ¿En serio el bosque juega en contra de los druidas? El movimiento del coro es muy rudimentario, con sensación de apelotamiento y en su interacción con Norma en el primer acto casi provoca la carcajada. Por si fuera poco, llegado el momento, Norma se pone a lanzar rayos como si, en Los Aurones, fuese a convertir a alguien en un melón. ¿No queríamos escena? Pues tomemos dos tazas.

Quizá servidor no entienda nada y sea víctima de la televisión de los ochenta. Con todo, mejor hubiese sido ver aparecer a Milagros y Abelarda, o a Fortunata y Jacinta en una de sus visitas al Real si se prefiere, y una ambientación druida-romana-isabelina. Cualquier cosa que pudiera suponer una apuesta por un concepto, por muy eurotrash que pudiese resultar, pero no una tomadura de pelo. Más grave aún si pensamos en la de dinero que se ha invertido en ello.

Tampoco ayuda la dirección de Roberto Abbado, en una sola palabra: desbarrada. Con el estruendo como base, algo del todo incompatible con Bellini. Podría decirse que es un iluminado en la senda del irrepetible Toscanini, pero Toscanini descubrió el fuego (y mucho más); mientras que Abbado sólo se regodea en la exageración. Melodías y frases de brocha gorda carentes de la tersedad y sutilidad necesarias en Bellini y que mostraron a la Sinfónica de Madrid en uno de sus peores momentos. Quizá sea demasiado pronto para hablar de una orquesta en declive, pero desde luego no está en la forma en que se escuchaba no hace precisamente muchos años, por lo que podemos hablar de un trabajo muy irregular, sin un pronóstico claro de mejora.
    Por su parte, el coro Intermezzo, dentro de la corrección habitual, mostró una clara deficiencias en la cuerda de voces graves en los hombres, que lastró su intervención en ambas funciones, tanto en el Casta Diva como en el coro final.

    En cuanto a las voces, ¿¡dónde quedaron aquellas messa di voce interminables de antaño!? Maria Agresta como Norma en el primer reparto muestra una línea de canto muy trabajada, buscando los resortes que su instrumento le permite, aunque los resultados no terminen de resultar del todo satisfactorios. Mucho mejor en todo caso a partir del Mira o Norma y una vez superadas las coloraturas del primer acto, donde dió muestras de un agudo acerado y una curiosa frialdad manca de italianitá. La misma carencia que la estadounidense Angela Meade en el segundo cast. La Meade exhibe unos medios privilegiados, con facilidad para las fioriture, filados y juegos vocales, si bien peca de cierta carencia de morbidez necesaria en la complicada Casta Diva, que resultó muy desdibujada. Con todo, un derroche de potencia controlada, de vieja escuela. Meade es la voz entregada. Muy de agradecer, como así se lo demostró el público con una cerrada ovación al terminar la función. 
    La Adalgisa de Karine Deshayes mostró un rico centro vocal y zona aguda, si bien carece de un grave consistente, algo artificioso, mermado en su última intervención. Una artista inteligente, al igual que Veronica Simeoni en el mismo papel, de medios más limitados pero que supo hacer suyas todas las posibilidades que su voz y el rol le permiten. Más dramática, con un volumen menor, mostró asimismo interesantes colores y formas de hacer.

De Gregory Kunde no puedo decir más de lo ya dicho. Un tenor extraordinario, como la copa de un pino. Viene de cantar Otello en este mismo escenario y ofrece una acentuación viva y apasionada, con el sentir belliniano y los cánones del canto fidedigno. Marcó variaciones en Me protegge, me difende y defendió la complicada página de salida con soltura, con inteligencia en el trabajo de los agudos, por más que su instrumento acuse los años de carrera que lleva a sus espaldas, ganando según avanzaba la ópera, increíble ya en el último acto. Bravo por Kunde. Por su parte, Roberto Arónica, sin variaciones, mostró una línea de canto desmedida y descontrolada. Monolítica, tendente al grito constante. No es este el canto entregado, es el canto arrojado, de medios mucho más veristas que belcantistas.
    Los bajos Michele Pertusi (sustituyendo a Roberto Tagliavini aunque el Teatro no lo haya indicado) y Simón Orfila ofrecieron un buen hacer como Oroveso en sendos repartos. Con corrección, más frio el italiano, se agradece escuchar al menorquín en buena forma. Muy adecuada Maria Miró como Clotilde, con agradable línea de canto y  acertado también el Flavio de Antonio Lozano.

 

 

 

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