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DonGiovanni Alvarez Liceu A.Bofill

Desolación jocosa

Barcelona. 20/06/17. Gran Teatre del Liceu. Carlos Álvarez (Don Giovanni), Anatoli Sivko (Leporello), Vanessa Goikoetxea (Donna Anna), Myrtò Papatanasiu (Donna Elvira), Rocío Ignacio (Zerlina), Toby Spence (Don Ottavio), Toni Marsol (Masetto), Mariano Buccino (Il Commendatore). Dir. de escena: Kasper Holten. Dir. musical: Josep Pons.

Algo decepcionante la coproducción del Liceu con la ROH de Londres (donde se estrenó en 2014), la Houston Grand Opera y la Israeli Opera, firmada por Kasper Holten. En España se pudo seguir entonces en su estreno gracias a la retransmisión de cine, y ya por pantalla grande se comprobó que brilla más la intención que los resultados en escena.

En su debut en el Liceu, el director danés Kasper Holten, presenta interesantes estímulos en esta producción donde el eje vertebrador de la historia de Don Giovanni, sus pasiones de seductor y manejo de las mujeres, se ven metafóricamente reflejadas en una escenografía giratoria bombardeada con imágenes que vienen a mostrar el interior tormentoso y gris del personaje principal. Un viaje anárquico y casi enfermizo por el interior de la mente de un personaje complejo y perdido en medio de sus propias pulsiones, donde su búsqueda constante de afirmación como ser, se va difuminando en medio de escaleras, ventanas, puertas y laberintos metafísicos, donde la única respuesta posible final y demoledora es la soledad, cruda e inapelable. Así las cosas, el devenir de la historia, se transforma en una catarsis visual, reflejada por los innumerables nombres de sus conquistas proyectadas en las paredes de sus mente, las paredes de la casa, los colores blanco y negro para explicar la sobriedad de un personaje en el fondo solitario y perdido, que se iluminan vagamente con colores en sus vanos intentos de seducción, azules y nubes como espejos fútiles en su acercamiento a Zerlina, por ejemplo. La idea si bien no parece especialmente original, si funciona y permite reconocerse en la soledad del hombre contemporáneo, quien busca y rebusca, gracias a gadgets, tecnología y realidades virtuales, una respuesta a una sociedad hipercomunicada, donde la palabra universal se ha transformado en una trampa, y la supuesta globalización en vez de acercar al prójimo lo distancia mediante el uso de ordenadores, chats, smartphones y apps varias. Es en el uso principalmente de las proyecciones donde la monotonía de los colores, y repetición de nombres, e imágenes, la producción se queda algo corta. Se hecha a faltar imaginación y mayor uso virtuososístico de esta tecnología que venden como high-tech y se queda en monocromía proyectada. Así y todo, momentos como el aria de Don Giovanni, Fin ch'han dal vino, donde se ve al protagonista en medio de un torbellino de escaleras, abismales y concéntricas, tienen un efecto visual impactante que se queda en la memoria. 

El espíritu de la puesta en escena demanda pues unos personajes creíbles en su soledad y desasosiego, sobretodo el omnipresente Don Giovanni, aquí un Carlos Álvarez pletórico y dominador vocalmente, quien sin embargo parece no casar mucho con la concepción impuesta por la mise-en-scène. Su aspecto noble y canto aristocrático, su talante elegante y seductor, lo alejan del personaje atormentado y perdido, que si parece creerse más su alter ego en estas funciones, el polaco Mariusz Kwiecien, mucho más identificado con este espíritu nihilista autodestructivo. Es cierto que Kwiecien debutó esta producción y tiene mucho más interiorizada esta lectura y madurado el personaje en esta concepción. Quizás a Álvarez le pesa todavía sus gran bagaje en las más de viente veces que ha hecho del Don Juan mozartiano, un rol del que es especialista, y con las siguientes funciones transmita mayor credibilidad en la lectura que Holten quiere imprimir. En el aspecto vocal fue el mejor del reparto con diferencia. Su timbre masculino y rotundo, su fraseo rico y variado, la homogeneidad de un instrumento generoso, sin problemas vocales en todo el registro y la madurez interpretativa lo transformaron en el triunfador vocal de la velada. Artista generoso y entregado, su Don Giovanni se movió entre el control total de la articulación canora, la brillantez resolutiva y sobrada de su arias, conmovedora serenata, hasta llegar a ese desafiante final donde el instrumento rico y flexible rubricó un Don Giovanni inapelable.

Las cosas no le acabaron de sonreír en su debut en el rol como Leporello, al joven bajo bielorruso, Anatoli Sivko. Recordado en el Liceu por su segundo premio en el Concurso Viñas en su edición del 2015, Sivko posee un instrumento atractivo, de basso cantante, donde la juventud, recién cumplidos este julio treinta años, y la frescura de un timbre carnoso y dúctil, se antojan cualidades idóneas para bordar el rol del criado de Don Giovanni. Pero Mozart es siempre complejo y difícil en su aparente simplicidad, y a Sivko le faltó riqueza en el fraseo, intenciones en sus intervenciones, un aria del catalogo todavía sin personalidad y poco cuadrada con el podio, y sobretodo la falta de un sello característico en los recitativos, chispa escénica, en un montaje muy exigente en este aspecto, en definitiva mostrar un personaje hecho y redondo, donde todavía se nota en construcción. Sus excelentes cualidades vocales, facilidad en la emisión, donde falta mejorar la proyección, color terso y buen porte en escena, lo llevarán con el tiempo a ser un Leporello notorio. Por el momento se pudo valorar más su esfuerzo y belleza vocal frente a un rol, donde todavía queda trabajo por hacer. Sin duda, la prometedora voz de Sivko, es la de un cantante a seguir. 

El siempre escurridizo rol de Don Ottavio, lo encarnó con suma elegancia el tenor británico Toby Spence, debut en el Liceu. Control en la articulación, precisión y buen uso de los reguladores, una respiración notoria y un timbre adecuado, lo convirtieron en un Don Ottavio intachable a pesar de los sonidos blanquecidos puntuales o cierta aspereza en las notas más agudas. Su interpretación escénica tuvo la dignidad que lo alejó del típico calzonazos a la sombra de Donna Anna. Spence además supo resarcirse en Il mio tesoro de un momento de imprecisión con seguridad y aplomo.

Toni Marsol firmó un Masseto irreprochable, seguro, comunicativo y con esa chispa escénica que lo caracteriza, destacando siempre con una solvencia generosa, de gran profesional. Su complicidad vocal y física con la Zerlina de Rocío Ignacio, los convirtieron el la pareja mejor avenida de la escena. Dentro del irregular reparto, Il Commendatore del bajo napolitano y debutante en el Liceu, Mariano Buccino, aportó solidez vocal pero poca personalidad, insinuando más que amedrentando con un canto de una corrección más bien gris.

Es de aplaudir la apuesta en este reparto por las voces españolas, pues además del gran Álvarez como consumado protagonista, hasta tres cantantes más eran ‘de casa’. Con la atractiva presencia de la Donna Anna de la soprano Vanessa Goikoetxea, quien debutó el rol en esta función, se pudo comprobar porqué es de las jóvenes voces españolas más valoradas en Alemania. Goikoetxea, tiene personalidad vocal, esmalte y un timbre mórbido que casa muy bien con el rol. El bonito color y el dramatismo que sabe darle a Donna Anna, se reflejó en unas prestaciones que enamoraron en Or sai chi l’onore, a pesar de cierta problemática en el apoyo y emisión del canto, que a veces pareció pesarle, sobretodo en el Non mi dir. Artista de carácter con un instrumento perlado, de colores tornasolados, quizás no fue su mejor noche como Donna Anna, pero mostró cualidades, seguridad interpretativa, valentía y carisma que hacen desear volverla a ver pronto en el Liceu.

Fue algo extraña la Donna Elvira de la debutante liceísta, la soprano griega Myrtò Papatanasiu. Su porte y encarnación de la mujer abandonada y perseguidora del Don, fue convincente, y supo tener esa extraña dignidad que la aleja también de la simple neurótica enamorada de un ligón egoísta. De instrumento lírico de color más bien oscuro, su timbre algo velado y notas de afinación  imprecisa puntuales, la llevaron desde un Ah Chi mi dice mai, incisivo, o al impulsivo Ah fuggi il traditor, algo desbocado, a esa hermosa aria final, impuesta por La Cavalieri a Mozart en su estreno en Viena, donde Wolfgang vertió su mejor arte. La voz algo gastada, de color opaco y con ciertos momentos de vibrato, no auguraron lo mejor, pero Myrtò defendió con aplomo y convicción su última interpretación con espíritu, aferrada a un fraseo lleno de carácter.

La española Rocío Ignacio, debuto en el Liceu como Zerlina, y mostró adecuación vocal y sobretodo un gran trabajo actoral, dosificando y desarrollando la campesina resabida y ambiciosa que Holten remarca, con gran eficacia. Su vedrai carino rebosó calidez y sentimiento, aún con cierta tendencia a sonidos metálicos que restaron belleza a su canto.

Junto con Carlos Álvarez la calidad brilló desde el foso del Liceu. Es reconfortante comprobar como Josep Pons ha llegado a afinar la orquesta titular del teatro, aquí formado por varios componentes de llamativa juventud, que exprimieron la particella con sensibilidad y esa alegría mozartiana inherente a su obra. Pons supo acompañar con mimo a los solistas, paciente con Sivko, siguiendo la estela aristocrática de Álvarez, concertando con magnificencia los finales de acto, sin perder chispa y con un sonido hedónico preciosista y trabajado. Los metales estuvieron impecables en los acompañamientos de las arias, los vientos fueron una delicia sonora en ese tratamiento tan detallista y bucólico de la firma mozartiana, las cuerdas supieron flotar y adecuarse a las dinámicas siempre teatrales de la ópera, en suma, un gran trabajo minucioso y de grandes detalles por parte de Josep Pons, sin estridencias y con profundidad. Una lástima que en esta produccción, por cuestiones de lectura dramatúrgica, se eliminara el finale moralizante, que incluye ese hermoso dúo de Donna Anna y Don Ottavio, peccata minuta par una gran labor de conjunto.

Hay que resaltar con justicia la labor de Dani Espasa al clave. Se puede decir que no sólo acompañó con gracilidad los recitativos sino que embelleció con imaginación y preciosas variaciones el desarrollo musical, brillando su labor con luz propia. El coro volvió a funcionar como un reloj, tanto actoralmente como musicalmente, volviendo a transformar el trabajo de Conxita García en un valor seguro que reafirma la calidad de las fuerzas estables del teatro. Un Don Giovanni recomendable, lleno de detalles, con un Álvarez en la dulce cima de su madurez como barítono español más universal, en medio de una producción estimable, inquieta y que busca más el lastre metafísico que no el drama jocoso de la firma Mozart-Da Ponte.

 

 

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