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Meyerbeer 

Sobre Giacomo Meyerbeer.

En el 225 aniversario de su nacimiento.

El 5 de septiembre se conmemoran los 225 años del nacimiento de una de las figuras más influyentes e importantes en la historia de la ópera, el compositor Giacomo Meyerbeer. Estos calificativos pueden parecer exagerados hoy en día, cuando la figura del compositor alemán se ha desdibujado y sólo unas pocas de sus obras, y de forma bastante esporádica, aparecen en los escenarios operísticos. Pero, como repasaremos en estas líneas, Meyerbeer fue uno de los compositores que más fama disfrutó en vida y que llevó a un estilo operístico, la Grand opéra, a sus cotas más altas, influyendo, se quiera o no, en muchas de las composiciones que vinieron después. 

Jakob Liebmann Meyer Beer nace el 5 de septiembre de 1791 en Berlín, hijo de un rico comerciante azucarero, Jakob Beer y de Amelia Wulf, perteneciente a una rica familia de banqueros. Meyerbeer (unión de su último nombre con su apellido) descolla desde muy joven como un apreciable pianista, alumno primero de Lauska (a su vez alumno del maestro de Beethoven, Albrechtsberger) y luego de Muzio Clementi. Los avances musicales de Jakob le llevan a ingresar en la famosa escuela de música de Carl Zelter, donde acudirán también en otros momentos figuras como Félix y Fanny Mendelssohn u Otto Nicolai. Más tarde será Antonio Weber el que será su primer maestro de composición antes de pasar a la reputada escuela del abate Vogler, donde coincide y se hace amigo de Carl Maria von Weber, en Darmstadt. En la escuela, y en los años posteriores, sus creaciones se moverán en el campo del oratorio, los salmos y las obras sacras (aunque siempre fue un ferviente practicante judío no por eso dejó de componer obras para otras religiones). De esta época es también su ópera Abimelec que recibió el apoyo de Weber para representarse en los teatros alemanes.

Aconsejado por Antonio Salieri viaja a Italia donde adaptará el nombre por el que se conocerá a partir de entonces: Giacomo Meyerbeer. En sus años italianos se impregna de la tradición operística y vocal del país, destacando la influencia del Tancredi de Rossini, compositor con el que rivalizó más adelante, aunque el maestro de Pésaro no lo tuvo en gran estima como músico. En Padua, en 1818, se representa su Romilda y Constanza, en 1819 en Turín  Semiramis reconocida, en 1820 Emma de Resburgo en Milán y Margarita de Anjou en Venecia, pero será El cruzado en Egipto estrenada en 1824 en Milán la ópera que más repercusión internacional le dé.

De vuelta a Alemania y muerto su padre, se casa en 1827 con su prima Minna Mosson. Son años alejados del teatro. Pero el encuentro con Eugène Scribe en París cambiará completamente su carrera, lanzándole a la fama. Scribe es considerado el padre de la llamada Grand Opera, un género que surge en Francia, en París, al abrigo de una situación privilegiada. Francia, pese a sus vaivenes políticos, es el país europeo más destacado que en el s. XIX mantiene una estabilidad territorial, un espíritu de nación y un fuerte ejército. Esto, unido a la llamada “Monarquía de julio” bajo el reinado de Luis Felipe de Orleans, entre las dos revoluciones que salpican la primera mitad del siglo (1830-1848), provoca el auge de una burguesía que adquiere poder político y ve en la ópera como gran espectáculo, una manera de reflejar su ascenso social. Hay que señalar, además, que la Ópera de París es heredera de la Académie Royale de Musique, fundada por Luis XIV, y que por tanto tiene un carácter institucional, bandera que representa a Francia. También, en la época en que las óperas de Meyerbeer y Scribe van a triunfar, los adelantos técnicos harán posible el levantar unos grandes espectáculos donde todos los elementos que lo componen van a ser de la máxima importancia: escenografía, coros, ballet, vestuario. Esto irá unido a unos libretos que siempre tendrán un trasfondo histórico, con agresivos enfrentamientos entre facciones enemigas y que den pie a grandes escenas de conjunto. La sala de la rue Pelletier, con sus casi dos mil localidades y sus avances en tramoya y luminotecnia, será el lugar idóneo para poner en pie esas grandes óperas.

En este contexto Meyerbeer presenta en 1831 una ópera que aunque pensada para la Opera Comique (dónde se representaban obras que unían diálogos y escenas cantadas, dirigidas a un público más “popular”) acabará convirtiéndose en una Grand Ópera de cinco actos: Roberto, el diablo. Será su consagración como compositor en Francia y tendrá amplia difusión en muchos países aunque en su natal Prusia, y en Alemania en general, no fuera bien aceptada. Liszt la admirará pero recibirá la desaprobación de Schumann y Mendelssohn. Aún así Meyerbeer será nombrado jefe de la orquesta de la Corte. En Roberto se pueden encontrar bastantes coincidencias argumentales con El cazador furtivo, pero su desarrollo es más espectacular, a tono con el escenario donde se estrena y musicalmente Meyerbeer impone su sello personal, destacando el primer y tercer acto con una indudable fuerza imaginativa.

La consagración definitiva de Meyerbeer vino en 1836 (las enormes producciones de la Grand Opera impedían estrenos muy consecutivos) con Los hugonotes. Este drama amoroso, político y religioso enmarcado en las guerras de religión francesas y que culmina con la matanza de la noche de San Bartolomé supuso no sólo el reconocimiento del público internacional sino también de la crítica y sigue siendo su ópera más conocida. No vamos aquí a desgranar su argumento pero sí destacar que éste encierra una declaración clara contra la intolerancia religiosa y un apoyo implícito al liberalismo burgués. Otras óperas del momento también reflejarán el fanatismo religioso (La judía de Halévy o, posteriormente, El profeta del mismo Meyerbeer) un tema importante en la época y que afectó al propio compositor que sufrió ataques por su origen y su posición económica. El s. XIX es el siglo donde las prohibiciones para que los judíos ejerzan ciertas profesiones o entren en el mundo cultural son abolidas en muchos países. Eso supondrá una reacción de los círculos más conservadores que verán en el éxito de algunos compositores judíos (aunque también de escritores u otro tipo de artistas)  un ataque a la esencia de sus propias culturas nacionales. Nada más lejos de la realidad ya que estos músicos van a trabajar para buscar la esencia de esa cultura, que ellos también consideran suya, y buscarán enaltecerla, como ocurre con Mendelssohn y su recuperación de la Pasión según San Mateo de J. Sebastian Bach.

Volviendo a Los hugonotes hay que señalar que la ópera comienza con un preludio orquestal en el que se cita el, quizá, más destacado coral luterano “Ein feste Burg”, y que estará presente en otros momentos de la obra. La ópera requiere siete cantantes de primer nivel y aunque no hay muchos números musicales individuales destaca el aria de coloratura de la reina Margarita “O beau pays de la Touraine”, la música escrita para el papel travestido de Urbain o el aria de presentación de Raoul. Porque Meyerbeer crea un tipo especial de cantante (tendencia que seguirán compositores posteriores), personajes que requieren fuerza dramática pero también virtuosismo, con grandes exigencias en toda la tesitura y un toque heroico. Son los números de conjunto los grandes protagonistas de la obra, destacando en el cuarto acto la famosa escena de la conjuración y la bendición de los puñales, donde los católicos se preparan para el ataque en la fatídica noche de S. Bartolomé, con el gran momento del conde de St. Bris. En este acto también se encuentra el famoso gran dúo de amor de la obra. Su texto no es de Scribe. Adolphe Nourrit y Cornélie Falcon (cantantes que encarnaban Raoul y Valentine, los dos protagonistas enamorados, en el estreno parisino) exigieron un dúo que resaltara su nivel artístico. El libretista principal se negó y Meyerbeer acudió a Émile Deschamps para que escribiera este fragmento que a la larga se convertiría en una de las partes más populares de la ópera, que, como curiosidad, se había representado hasta 1900 más de mil veces en París.

Ninguna obra posterior del compositor alcanzará la fama de Los hugonotes, pero sí que volverá a triunfar en los escenarios de la Ópera parisina en 1849 con El profeta (protagonizada por la célebre Paulina Viardot y también con libreto de Scribe) y cuya trama vuelve sobre el fanatismo religioso, y con L’Africaine, última colaboración con Scribe y última también de sus grandes óperas. 

Su salud, siempre delicada, se complicó de manera repentina en la primavera de 1864, muriendo el 2 de mayo. Hubo grandes homenajes públicos en París y Berlín y durante todo el s. XIX sus óperas más importantes se siguieron representando aunque ya en el s. XX fueron decayendo ostensiblemente. No es hasta finales de siglo, en teatros alemanes y franceses, pero también en otros como el Covent Garden londinense, cuando se empiezan a recuperar estas grandes óperas y a reconocer su calidad y su contribución a la historia de la Ópera. Como ejemplo, este mismo otoño se ha programado en la Deutsche Oper berlinesa Los hugonotes con un extenso y prestigioso reparto que encabezan Patrizia Ciofi y Juan Diego Flórez. Meyerbeer sigue brillando aunque no sea con el tremendo fulgor que lo hizo en aquel París de luces y esplendor, capital de la ópera europea del s. XIX.

 

 

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