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Recordando a Hans Knappertsbusch (1888-1965), el director testarudo

Hace medio siglo, el 25 de octubre de 1965, partía hacia el Walhalla Hans Knappertsbusch, “Kna”, uno de los más grandes directores wagnerianos de todos los tiempos. Para algunos, el más grande. Con él desaparecía un estilo periclitado de hacer música, el director subjetivo, carismático, artesano, intuitivo, que confía en su dominio del oficio y la pericia de los músicos y busca la espontaneidad ante todo, la inspiración del instante, desdeñando la repetición mecánica de lo ensayado con anterioridad. Como es lógico, esta aproximación a la interpretación musical daba como resultado momentos memorables, irrepetibles, y también un sonido no siempre pulido, desajustes y, en ocasiones puntuales, fallos garrafales. Las cosas de “Kna”. Aunque era muy querido por músicos, cantantes y un público fiel, que le adoraba y aclamaba con gritos de “¡Kna! ¡Kna!”, algunos críticos (sobre todo extranjeros) y colegas le tildaron de chapucero.

Nacido en Elberfeld (hoy Wuppertal) el 12 de marzo de 1888, estudió filosofía en Bonn, llegando a escribir una tesis doctoral sobre el personaje de Kundry, de Parsifal, que no llegó a defender. En el Conservatorio de Colonia estudio piano y asistió a las clases de dirección de orquesta de Fritz Steinbach, estrecho colaborador de Johannes Brahms en Meiningen (de casta le viene al galgo) y maestro de Fritz Busch y Karl Elmendorff. Steinbach lo echó de sus clases por falta de talento. Algo aprendió, al parecer, en los Festivales de Bayreuth de 1909 y 1911, donde fue asistente de Hans Richter y Siegfried Wagner. Su primer trabajo profesional fue director de la banda militar del Teatro de Mülheim an der Ruhr.  Las siguientes etapas de su formación le llevaron a Bochum (1911-1912), Elberfeld (1913-1918), su ciudad natal, Leipzig (1919), donde sólo duró un año, y Dessau (1919-1922), donde en 1920, con 32 años, se convirtió en el Director General de Música más joven de Alemania. Allí aprendió a llevar un teatro de ópera y se forjó una gran reputación como director wagneriano. En 1922 “los oscuros poderes del infierno ya habían empezado su trabajo”, como comentó Bruno Walter en su autobiografía. Walter dimitió de su puesto en la Ópera de Munich, y el racialmente intachable Knappertsbusch le sucedió, presentándose con Tristán e Isolda

De él dijo el bajo-barítono Hans Hotter que parecía “rodeado de bocanadas de aire olímpico”. Era un hombre severo, físicamente imponente, de elevada estatura. Dirigía con la fuerza tremenda de su personalidad, antes que con una cuidadosa preparación. Como escribió Ángel-Fernando Mayo, a quien podemos considerar el introductor de Knappertsbusch en España, “su técnica era él mismo”. Emanaba una autoridad natural que era acatada por todos. Como signo de humildad, dirigía siempre con la partitura en el atril (“porque sé leer música”, le espetó el viejo cascarrabias a alguien que le preguntó por el particular). Podía deslizarse con indiferencia por las barras de compás y, de repente, transformar hábilmente un pianissimo en un fortissimo “levantando ligeramente un gemelo de la camisa”, como describió gráficamente Erich Kleiber, para a continuación ponerse en pie y hacer que la orquesta casi volara el techo de la sala con un crescendo atronador. También su peculiar y reconocible sonido, que obtenía de cualquier orquesta que dirigiera, era reflejo de su fuerte personalidad: recio, un punto áspero, con grandes contrastes dinámicos, pero a un tiempo cálido y lleno de sutiles acentos. 

Knappertsbusch era inmensamente popular en Munich, Viena y Bayreuth. Evitaba el mundillo intelectual: prefería la buena mesa, el buen vino, las partidas de cartas, muchas de ellas en compañía de su amigo Richard Strauss, los chascarrillos y las bromas groseras. Sobre él circulan decenas de jocosas anécdotas. Por su modus operandi y, sobre todo, por su carácter, ferozmente independiente, pagó un elevado precio: “¡Ese director de banda militar debe marcharse!”, dicen que tronó Hitler, quien tenía planes para la Ópera de Munich, planes en los que no entraba “Kna”. Expulsado de Munich por los jerarcas nazis en 1936, y mientras otros directores abandonaron Alemania por motivos políticos, recaló en Viena, donde trabajó hasta 1944. “Antes trabajaría en una cantera que irme de Alemania”, dijo. Durante esos años dirigió como invitado en Alemania y realizó giras por Europa con la Filarmónica de Berlín en 1943 y 1944, con la que visitó varias ciudades españolas. Después de la guerra fue inicialmente repuesto como Director General de Música en Munich durante unos meses, siendo sustituido finalmente por Georg Solti hasta que se aclarase el papel de Knappertsbusch durante la guerra y su relación con el régimen nazi. En 1947 pudo retomar la actividad, que se centró principalmente en Munich y Viena, con visitas para dirigir Wagner en Estocolmo, Nápoles, Milán y París. Ya entonces era evidente lo que escribió de él Walter Panofsky, que “sólo buscó y encontró su verdadera realización musical en el mundo de Wagner”.

Sus años de mayor gloria vinieron en la posguerra, que es, además, la época más y mejor documentada por el disco. En 1951 (¡al fin!) fue llamado para dirigir en el primer Festival de Bayreuth desde 1944. El 29 de julio, Furtwängler dirigió la Novena de Beethoven. Al día siguiente, Knappertsbusch entró en el foso del Festspielhaus para dirigir su obra más amada, Parsifal. Ernest Newman escribió en el Sunday Times: “Este ha sido, no ya el mejor Parsifal que jamás he visto y oído, sino una de las tres o cuatro experiencias espirituales más conmovedoras de mi vida. La exquisitez de la interpretación fue más allá de lo que puede describirse con palabras”. Dirigió en la Colina Verde hasta 1964, un año antes de su muerte, y siempre tuvo a su cargo Parsifal, excepto en 1953, cuando abandonó el Festival por su desacuerdo con las rompedoras puestas en escena de Wieland Wagner. En Bayreuth dirigió también Maestros cantores (en 1952 y 1960), El holandés errante (1955) y El Anillo del Nibelungo (en 1951 y 1956-58). En el Anillo de “Kna” los tiempos son lentos, pero generalmente funcionan. Tienen una vitalidad interior que hace que la música se mantenga constantemente en movimiento. Todo fluye a un ritmo pausado pero inexorable, y la música se despliega orgánicamente a una escala gigantesca, descomunal. Los pasos de los dioses sobre el arcoíris al entrar en el Walhalla parecen enormes, como el fuelle de Sigfrido durante la forja de la espada. Las estrepitosas y vengativas aguas del Rin lo barren todo. Hay momentos grandiosos, en los que Knappertsbusch dirige con una fuerza incomparable, como la acumulación del tesoro en El oro del Rin, la última escena del Segundo Acto de La Walkyria, el encuentro de Wotan y Erda en Sigfrido o en todo El ocaso de los dioses. Esta era sin duda su obra. Aquí alcanzaba la cima. La maldad, la sensación de catástrofe inminente, la trama de odio, envidia, engaño, conspiración, traición, asesinato, cólera, humillación, vergüenza, la “rueda que rueda” que Wotan quiere en un principio detener, todo eso lo comprendía Knappertsbusch como nadie. Su ya mencionada aversión por los ensayos es legendaria. En Bayreuth siempre había alguien que preparaba la orquesta para él. En 1956 la mayor parte de los ensayos del Anillo fueron responsabilidad de Joseph Keilberth, quien dirigió el primer ciclo. “Kna” la recibía con el trabajo ya hecho y la moldeaba a su aire durante la función. Los tiempos lentos, su capacidad para trazar largos arcos, sostener la tensión y crecer el sonido, unido a la sensación casi constante de inspirada improvisación, deparan con frecuencia momentos felices, mágicos. Adolf Aber escribió lo siguiente en Musical Times: “Knappertsbusch ha encontrado su propio estilo, firmemente arraigado en una genuina piedad. Su acercamiento al Anillo y Parsifal es el de un sacerdote celebrando una misa. No hay concesión a los que tienen prisa, ni efectismo barato, sino una cegadora claridad en el desarrollo de la textura y la estructura musicales, sin que se pierda detalle”.

Conservador tanto en sus gustos musicales como en sus opiniones políticas, con el tiempo “Kna” acabó refugiándose en lo que él denominaba Substanzmusik, la música con sustancia, con enjundia, la de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Bruckner, Wagner y Strauss. El disco ha preservado varios ejemplos de su Beethoven apolíneo, de líneas clásicas, fraseado con amplitud, majestuosidad y nobleza, ayuno del pathos furtwängleriano (y del rigor klemperiano). También su Brahms denso, de sonido un tanto rústico (esos metales ásperos, penetrantes), rico en voces intermedias, con generoso rubato y gran claridad polifónica. Bruckner fue, junto con Wagner, otro de sus caballos de batalla. Fue el suyo un Bruckner historicista, apegado a las primeras ediciones de las partituras, hoy denostadas y abandonadas, con cortes y retoques de la mano de los bienintencionados Schalk y Löwe. Un Bruckner que entronca con el de sus primeros campeones, los Nikisch, Levy, Schalk, von Hausegger, de agógica elástica −el rubato nunca resulta exagerarado−, sin perder de vista el edificio formal, con una construcción orgánica de los crescendi, acumulando fuerzas paulatinamente (la saturación habitual de las tomas de sonido de la época impide hacerse una idea cabal de la amplísima gama dinámica).También un Bruckner idiosincrásico, ciclópeo, con detalles hoy en desuso como el exceso de vibrato o algunos glissandi en la cuerda (Novena); o tan imperfecto como hipnótico (se deja sentir una formidable mente rectora), con pifias y desajustes, pero de gran fuerza interior, emotivo y absolutamente convincente (Octava berlinesa de 1951). Su legado schubertiano, aunque escaso, es de gran calidad. Si en la imaginativa Novena (Viena, 1957) trazó un monumental Lied sin palabras, que coronó con una sorprendente broma en los últimos compases (una vez más, las cosas del “Kna”), de la Inacabada plasmó (por partida doble, con y sin público, en Berlín 1950) una versión sobrecogedora, imbuida de una profunda tristeza, una tragedia íntima de imborrable recuerdo. De su compañero de timba, el colega y compositor admirado Richard Strauss, “Kna” nos dejó El caballero de la rosa más desbordante de vitalidad, alegre y socarrón de que hay constancia. Una auténtica fiesta, con lujosa respuesta orquestal, de gran transparencia, y reparto de campanillas.

Aunque el modus operandi de Knappertsbusch, escasa preparación y confianza ciega en la inspiración del momento, era incompatible con el estudio de grabación, no fue ni mucho menos un extraño en los estudios, y realizó un puñado de grabaciones, alguna de ellas de gran calidad, como sus registros de las sinfonías Tercera, Cuarta y Quinta de Bruckner, o su crepuscular grabación de los Wesendonck Lieder con Kirsten Flagstad, todos con la Filarmónica de Viena. En 1957, la Decca, que planeaba grabar el primer Anillo del Nibelungo en estudio, registró un Primer Acto de La Walkyria con Knappertsbusch y un Tercero con Solti, ambos con la Filarmónica de Viena. Finalmente, como saben todos los aficionados, Decca se decantó por el joven y enérgico Solti, y su Anillo se convirtió en un hito de la discografía. Fue sin duda una decisión acertada, pues un proyecto de esa envergadura requería alguien disciplinado, ambicioso, con ilusión y energía, y Knappertsbusch no era esa persona. Para el productor John Culshaw: “La verdad era que Knappertsbusch llevaba muy mal las condiciones de grabación y, aunque lo intentamos, el genio que ciertamente mostraba en el teatro se negaba a revivir en condiciones del estudio [...] En el teatro era un director wagneriano de supremo talento. Sin embargo, en las grabaciones fue un fracaso total”. Un juicio del todo injusto. Apoyado en una Filarmónica de Viena excelsa y una magnífica toma de sonido, “Kna” se muestra imaginativo, refinado, atento al detalle. Hace oír cosas raramente oídas en obra tan conocida. Maneja una rica paleta tonal, y su fraseo es amplio y respirado. No será el Primer Acto de Walkyria más vehemente, pero sí el más contemplativo, lírico y hermoso.  

No podemos terminar esta semblanza sin recordar su maestría en el repertorio ligero, popular. “Kna” fue un auténtico mago del compás de ¾, que recreaba con infinita libertad, espíritu juguetón, humor chocarrero, detalles gamberros y rubatos exagerados. Nada que ver con el aburrido Concierto de Año Nuevo. Su libérrimo Bad’ner Mad’ln de Komzak o su alevosa y descarada Obertura de El murciélago del concierto berlinés del 2 de febrero de 1950 son una perfecta síntesis de “precisión, temperamento, alegría de vivir” y un “auténtico reencuentro con la tradición de una época pasada, con el ritmo, la melodía de un tiempo sin preocupaciones”, como señaló la prensa de la época. 

Grabaciones destacadas (el orden no indica preferencia alguna)

L'Art de Hans Knappertbusch (4 CDs, grabaciones 1960-63). Wagner, Bruckner, Beethoven. Orquesta de la NDR de Hamburgo.  Tahra 132-135.

The complete RIAS recordings (5 CDs, grabaciones 1950-52). Beethoven, Schubert, Bruckner, Haydn, Tchaikovsky, Johann Strauss, Otto Nicolai, Karel Komzak. Orquesta Filarmónica de Berlín. Audite 21.405.

Johannes Brahms (4 CDs, grabaciones 1953-59). Sinfonías 2-4, oberturas, Rapsodia para contralto, Doble concierto, Concierto para piano nº2 (con C. Curzon). O. Filarmónica de Viena, O. Filarmónica de Munich, O. de la Radio de Colonia. Golden Melodram GM 4.0039.

Hans Knappersbusch conducts Bruckner (6 CDs, grabaciones 1944-1962). Sinfonías 3-5 y 7-9. O. Filarmónica de Viena, O. Filarmónica de Berlín, O. de la NDR de Hamburgo. Music and Arts CD-1028.

Bruckner: Sinfonías nº 3 y nº 4 (2 CDs sueltos, grabaciones originales Decca, 04.1954 y 04.1955). Orquesta Filarmónica de Viena. Testament SBT 1339 y SBT 1340.

Bruckner: Sinfonía nº 5 (05.1956) (+ fragmentos wagnerianos). Orquesta Filarmónica de Viena. Decca 448 581-2.

Schubert: Sinfonía nº 9 en Do mayor “La grande” (27.10.1957) (+ F. Schmidt: Variaciones sobre una canción húsar). Filarmónica de Viena. Deutsche Grammophon 435 328-2.

Strauss: El caballero de la rosa (16.11.1955). Reining, Jurinac, Gueden, Boehme, Poell, Szemere, Rössel-Majdan, Terkal. Ópera de Viena. RCA 74321 69431-2.

Hans Knappertsbusch conducts Wagner (2 CDs, grabaciones 1950-59). B. Nilsson, O. Filarmónica de Viena. Decca 480 7093.

Wagner: La Walkyria, Primer acto (10.1957). Flagstad, Svanholm, van Mill. Orquesta Filarmónica de Viena. Decca 425 963-2 (hay álbum Decca-Eloquence de 2 CDs con el Primer Acto de Knappertsbusch y el Tercero de Solti).

Wagner: Wesendonck Lieder (1956) (+ Lieder de Mahler dirigidos por A. Boult). K. Flagstad, Filarmónica de Viena. Decca 468 486-2.

Wagner: El anillo del nibelungo (Bayreuth, 1956). Hotter, Varnay, Windgassen, Brouwenstijn, Greindl, Neidlinger, Kuën, Milinkovic, Suthaus, Van Mill, Uhde, Madeira. Orfeo d’Or C 660 513 Y.

Wagner: El holandés errante (Bayreuth, 1955).Uhde, Varnay, Weber, Windgassen, Schärtel, Traxel. Orfeo d’Or C 692 092 I.

Wagner: Maestros cantores (Bayreuth, 1960). Greindl, Adam, Schmitt-Walter, Weber, Windgassen, Stolze, Grümmer, Schärtel. Orfeo d’Or C 917 154 L.

Wagner: Parsifal (Bayreuth, 1951).Windgassen, Mödl, Weber, London, Uhde, Van Mill. Teldec CD 9031-76047-2, Naxos 8.110221-24.

Wagner: Parsifal (Bayreuth, 1962).Thomas, Dalis, Hotter, London, Neidlinger, Talvela. Philips 464 756-2.

 

 

 

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