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Mariss Jansons, el gigante discreto

A la hora de establecer una taxonomía de los directores de orquesta se puede utilizar una gran diversidad de parámetros. Por ejemplo, hay directores que gruñen y otros que no. Otra variable son los directores que sólo utilizan una mano y los que usan las dos. También se puede establecer una distinción entre los directores acostumbrados a realizar bolos de lujo  -volando de ciudad a ciudad, con el mínimo de ensayos ante orquestas de las que ya saben que, con sólo menear un poco la batuta, obtendrán un resultado sonoro aceptable- y los que no entienden la música sin vivir al máximo cada compás, entregándose al doscientos por cien. Mariss Jansons gruñe bastante, mueve arriba y abajo sin cesar tanto la mano derecha como la izquierda manteniendo siempre una precisión extrema de la batuta y es un director en las antípodas de sus colegas trotamundos.

Otra forma de categorizar los profesionales de la dirección orquestal es según la cantidad y calidad de cargos que ocupan o, si se prefiere expresarlo de esta manera, el poder que detentan. Jansons ha simultaneado la titularidad de dos de las mejores orquestas del mundo, la de Concertgebouw de Amsterdam (cargo que dejó en marzo de 2015 después de 11 años, pasando a ser director emérito) y la Sinfónica de la Radio de Baviera (formación que lidera desde 2003 con un contrato que se extenderá hasta 2021). Una doble titularidad de este calibre no es fruto de la casualidad ni de ninguna maquinación de marketing, simplemente es el resultado de una trayectoria en la que Jansons no ha malgastado su talento vendiéndose a las leyes del glamour del podio. En el fondo, la razón fundamental es bien simple de exponer: Mariss Jansons es un músico con un talento formidable.

Su vocación de director era casi inevitable. Nacido en 1943 en la Riga ocupada por los nazis (su madre, judía, tuvo que vivir escondida en estos años oscuros), Jansons no sólo tuvo como modelo a su propio padre, Arvids, también director, sino que aprovechó al máximo, en el conservatorio de la entonces Leningrado, todas las ventajas del sistema formativo soviético que tantos grandes nombres proporcionó. Su formación también pasó por Viena, bajo el magisterio de Hans Swarowsky (Claudio Abbado y Zubin Mehta, entre otros ilustres directores, también conocieron su aula), y por Salzburgo con Herbert von Karajan.

En 1973 empezaría una larga relación con la Orquesta Filarmónica de Leningrado, formación que su padre había dirigido, cuando Yevgeny Mravinsky le nombra su asistente. En los últimos años de la vida del mítico maestro soviético no serían pocas las ocasiones en las que el joven director tuvo que sustituirlo, una circunstancia que, sin embargo, no se tradujo en su nombramiento como sucesor cuando, tras 50 años en el cargo -algo inaudito hoy en día-, Mravinsky falleció en 1988 (Yuri Temirkanov sería el escogido). Este contratiempo no impidió que Jansons siguiera colaborando con la orquesta -ya rebautizada como la ciudad, de San Petersburgo- por ejemplo en admirables grabaciones de las sinfonías de Rachmaninov para EMI o en el ciclo que con diferentes conjuntos realizó de las sinfonías de Shostakovich para el mismo sello (por pura lógica, la escogida fue la séptima, ‘Leningrado’).

El repertorio ruso ha ocupado siempre una parte importante en los programas de Jansons, por razones obvias de formación y afinidad. De hecho, aunque estos últimos años su carrera se ha dividido entre Amsterdam y Munich, el director ha seguido manteniendo su hogar en San Petersburgo. Y será con el repertorio ruso como Jansons empezará a llamar la atención de los melómanos, gracias a un aplaudido ciclo discográfico de las sinfonías de Tchaikovsky producido por el sello británico Chandos. Un director poco conocido al frente de una orquesta de segunda fila, la Filarmónica de Oslo, en un repertorio archimanido no parecía ser la fórmula más segura, pero estas grabaciones son el mejor resumen del trabajo realizado por Jansons en la capital noruega entre 1979 y 2000, consiguiendo elevar el nivel de la formación y situarla en el mapa internacional. Una relación que acabaría con amargura ante el rechazo de los políticos noruegos a construir un auditorio apropiado para el repertorio orquestal del cual la formación carecía. Una operación similar la realizaría al otro lado del Atlántico, con la Sinfónica de Pittsburgh, al frente de la cual estuvo de 1997 hasta 2004 (a su marcha, donó 100.000 dólares a condición de que otros benefactores aportaran lo mismo, dada la crítica situación financiera de la orquesta).

En paralelo a estos cargos, Jansons realiza la habitual ruta como invitado por los podios de orquestas de primera línea, de lo cual vuelve a ser un reflejo la antes mencionada integral de las quince sinfonías de Shostakovich: junto a la Filarmónica de San Petersburgo, participan las filarmónicas de Berlín, Viena y Londres, la Orquesta de Filadelfia, así como “sus” conjuntos de Munich, Oslo y Pittsburgh. Esta actividad ha sido frenada en los últimos años tanto a causa de sus compromisos estables en Amsterdam y Munich –Jansons siempre ha declarado que no quería priorizar entre el Concertgebouw y la Radio Bávara, y que su entrega a ambas era al ciento por ciento por igual- como a su frágil salud. Y es que en 1996 sufrió un ataque al corazón mientras dirigía La bohème en Oslo y el recuerdo de su padre, fallecido en el podio, apareció inmediatamente. Por fortuna, el desenlace no fue fatal, pero para desespero de sus admiradores no es raro ver cancelaciones en el calendario de conciertos de Jansons.

Más allá de la música rusa, el repertorio de Jansons ha estado centrado en las grandes figuras del repertorio germánico -Beethoven, Brahms, Mahler, Bruckner, Strauss-, sin olvidar no menos aplaudidas incursiones en Sibelius, Bartók o en el repertorio francés. Así como Jansons se ha declarado un firme defensor de que las grandes orquestas mantengan, en esta época de creciente estandarización, su propia personalidad sonora, el director letón también se ha erigido, en cierta forma, en un guardián del llamado gran repertorio, que defiende con una integridad a prueba de bomba. Jansons no es un revolucionario, un director que intente zarandear las ideas preconcebidas que se puedan tener sobre una partitura, sino una síntesis perfecta entre el Kapellmeister tradicional, con su humilde devoción hacia la música interpretada, y un maestro moderno que, gracias a un trabajo metódico y meticuloso, despliega ante el oyente todas las maravillas internas de las obras, con una admirable capacidad de construcción arquitectónica (uno de los principales déficits entre las nuevas generaciones de directores) y una sinceridad expresiva que nunca cae en la exageración. Sus mejores versiones tienen la fuerza de la convicción y de la evidencia.

El surgimiento de sellos discográficos impulsados por las propias orquestas, uno de los resultados más fructíferos de la crisis de la industria del disco, ha permitido tener una visión más amplia del repertorio de Jansons. Sin negar el carácter más bien tradicional de sus programas (la creación contemporánea aparece bien poco), los registros en directo realizados con el Concertgebouw y la Sinfónica de la Radio de Baviera permiten escuchar las incursiones del director en obras de, por ejemplo, Martinu, Varèse o Lutoslawski, o su gusto por los grandes frescos sinfónico-corales (Requiem de Verdi, Gurre-lieder de Schönberg, War Requiem de Britten).

La gran ausente en la carrera de Mariss Jansons es la ópera, un aspecto que él mismo es el primero en lamentar, no en balde en su niñez se empapó del género lírico gracias a que su madre era soprano solista en la Ópera de Riga de la que su padre era director. Las infrecuentes incursiones de Jansons en los fosos líricos se han producido en los últimos años sobre todo en Amsterdam, en la Ópera Nacional de Holanda, compañía que no cuenta con orquesta propia. La orquesta del Concertgebouw suele realizar una producción escénica al año y Jansons ha tenido con ella allí éxitos memorables, como una impactante Lady Macbteh del distrito de Mtsenks de Shostakovich captada por las cámaras de Opus Arte. En junio de 2016 Jansons volverá con su querida orquesta de Amsterdam al foso del teatro de la capital holandesa para una nueva producción de La dama de picas de Tchaikovsky (con dirección de escena de Stefan Herheim), obra que también ha grabado en concierto con su otra querida orquesta de Baviera.   

Antes de esta cita, sin embargo, este director poco amigo del glamour tendrá un compromiso repleto de vips, cámaras y elementos dorados de decoración. El 1 de enero de 2016 Jansons se pondrá delante de la Orquesta Filarmónica de Viena para dirigir, por tercera vez (en 2006 y 2012 fueron las citas previas), el Concierto de Año Nuevo, la cita musical más popular del planeta. La elección de Jansons es significativa de la estima que los filarmónicos sienten por él, ya que este año la cita vienesa celebra su 75 aniversario. Es una oportunidad perfecta para que un público más amplio descubra este gigante de la dirección de personalidad discreta, respetado y admirado por aficionados y músicos.

 

 

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