El arte de no complacer. Sinopoli, 25 años después.
A los veinticinco años de su muerte, Giuseppe Sinopoli permanece como una figura de luz de alguna manera oblicua, puesto que fue un director que no buscó tanto convencer como desvelar. Su discografía —irregular para algunos, imprescindible para otros— no admite una lectura lineal y es más bien un mapa de tensiones, donde el pensamiento musical se impone al gesto fácil y donde cada obra parece interrogada desde dentro, como si ocurriera una reflexión interna a veces inhabitual u otras acostumbrada.
Si se traza hoy una cartografía posible —necesariamente incompleta, pero reveladora—, emergen algunas grabaciones que condensan con especial nitidez su mundo sonoro, su manera de concebir la dirección y la interpretación musical, no por irregular menos interesante según la propuesta que nos haga.
Su aproximación al teatro italiano queda fijada en un Nabucco (1983, DG, con la Orquesta y Coro de la Ópera de Berlin), donde la energía verdiana se somete a una lectura analítica, casi arqueológica, sin perder su pulso dramático. En el mismo territorio, pero desde una sensibilidad más refinada y crepuscular, se sitúa Madama Butterfly (1988, DG, Philharmonia Orchestra), donde la línea vocal parece emerger de una orquesta que respira con una densidad casi táctil.
En el repertorio germánico, su Tannhäuser (1989, DG, Philharmonia Orquesta) sigue siendo una referencia por su claridad estructural y su rechazo de la grandilocuencia. Aquí, Richard Wagner aparece filtrado por una inteligencia que ilumina más que subraya.
Ese mismo impulso analítico atraviesa su relación con la gran orquesta postromántica. En Ein Heldenleben (1992, DG, Staatskapelle Dresden), de Richard Strauss se despliega con una mezcla de brillo y distancia crítica, mientras que en Tod und Verklärung la dimensión filosófica del poema sinfónico adquiere un relieve casi introspectivo.
Más sensorial, pero no menos pensado, es su Pini di Roma (1993, DG, New York Philharmonic), donde Ottorino Respighi es trabajado desde el color, sí, pero también desde la arquitectura interna del sonido, convirtiendo esta grabación en indispensable.
Ese mismo refinamiento tímbrico se reconoce en el programa que reúne Cuadros de una exposición / Noche en el monte pelado / Valses nobles et sentimentales (1990, DG New York Philharmonic Orchestra) donde Modest Mussorgsky y Maurice Ravel son abordados no como piezas de repertorio, sino como laboratorios de color y textura.
En el ámbito sacro, su Stabat Mater de Dvořák, (2001, DG, Staatskapelle Dresden) revela una espiritualidad sin énfasis, sostenida en la continuidad del discurso más que en el impacto inmediato de los clímax.
Pero es quizá en la modernidad donde Sinopoli resulta más necesario. Su inmersión en la Segunda Escuela de Viena —Arnold Schoenberg, Alban Berg, Anton Webern— encuentra uno de sus hitos en Gurre-Lieder (1995, DG Staatskapelle Dresden), obra desmesurada que él convierte en un organismo de respiración controlada. A ello se suman Erwartung / Pierrot Lunaire donde la fragmentación expresionista es tratada con una claridad casi clínica.
En Gustav Mahler, lejos de las sinfonías más transitadas, su legado encuentra una voz singular en la Sinfonía no. 9 (Deutsche Grammophon, Philharmonia Orchestra), de tempo reflexivo y respiración amplia; en la Sinfonía no. 4 (Philharmonia Orchestra), donde la aparente ingenuidad se vuelve inquietante; y en la Sinfonía no. 10 (Philharmonia Orchestra), donde el fragmento se convierte en discurso.
El itinerario se expande aún hacia territorios menos habituales con el Le Poème de l’extase de Alexander Scriabin (Deutsche Grammophon, New York Philharmonic), una lectura de intensidad controlada, casi visionaria, donde el éxtasis no es desbordamiento sino construcción.
Escuchar hoy estas grabaciones no es recorrer un museo, sino entrar en un pensamiento en acto. Sinopoli no ofrece certezas porque es mas de proponer preguntas. Y en esa tensión —entre análisis y emoción, entre estructura y abismo— sigue encontrando la música un lugar donde seguir siendo, todavía, necesaria. Fue singular y a veces inesperado, pero desde cualquier punto de vista imprescindible al menos conocer su andadura, tal y como se pretende en estas breves propuestas discográficas.