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Bayreuth Festspielhaus 

Bayreuth, la historia del cambio en la continuidad

Nuestro colaborador Guy Cherqui repasa sus memorias, tras asistir durante 40 años consecutivos al Festival de Bayreuth

Domingo 24 de julio de 1977. Yo entraba por primera vez en el Festspielhaus de Bayreuth para asistir a Tristan und Isolde con dirección musical de Horst Stein, con Spas Wenkoff y Catarina Ligendza, junto a Karl Ridderbusch, Donald McIntyre e Yvonne Minton, en la producción de August Everding. Era para mí un sueño, algo ansiado desde que tenía doce años, cuando descubrí esta ópera de Richard Wagner. Y en 1977, a la edad de 24 años, tuve la fortuna de ver no sólo Tristan sino también el Anillo de Chéreau, Parsifal y Tannhäuser, esto es el ciclo completo de las óperas representadas ese año, aprovechando en cambio de público que había liberado tantas localidades, a partir del shock que trajo consigo Chéreau.

Mi recuerdo de entonces es una extraña impresión, la de ser como un visitante clandestino en un teatro cuyos ritos reales no conocía, aunque había soñado con ellos desde los doce años, como una fantasía connatural a mi primer encuentro con la obra de Wagner. El sueño se convertía en realidad y yo me encontraba realmente excitado con ello: el encuentro con Bayreuth acabaría cambiando mi vida, no sólo en un plano intelectual sino también en lo personal.

Me acuerdo también de otras cosas que me sorprendieron entonces, apenas se apagó la iluminación y la sala quedó en penumbra, en una oscuridad total dejando entrever apenas un filo de luz bajo el telón gris, que se levantó súbitamente con el primer acorde de Tristán. Nunca había tenido esa impresión casi física de un sonido que emergía desde el suelo y atravesaba todo mi cuerpo desde los pies. Y es que la primera impresión que Bayreuth deja al oyente es física: por el sonido, por la proximidad de los espectadores, casi una cadena humana compacta venida para adorar al dios local, pero también por el calor que se llega a concentrar allí, en ocasiones verdaderamente insoportable. Recuerdo aún una última sorpresa, la que me deparó la acústica, extrañamente dulce, precisa y clara, nunca fuerte o fortísima, con una presencia realmente lejana de los metales (símbolo wagneriano por excelencia), nunca en primer plano, devolviendo la impresión de un Wagner fluido y lírico, más que marcial y ruidoso, dejando espacio a las voces para expandirse claras, próximas y suaves. Algo casi misterioso que impide percibir después una misma voz en otro teatro en las mismas condiciones.

Hace ahora cuarenta años de aquella primera vez. Cuarenta años marcados por el viaje anual a la localidad bávara, de cuya transformación y apertura al turismo he sido testigo en primera persona; no un turismo de masas sino más bien viajeros tranquilos que buscan la calma de una región de bosques y pequeñas montañas con lagos y arroyos, con caminos y pueblos pintorescos. Tan tranquila es la vida allí que el Festival se diría poco menos que una isla feliz, lejos de la agitación del mundo. Estamos, a decir verdad, a años luz del festival rival en Salzburgo. Y no obstante tras visitar Bayreuth durante cuarenta años, es imposible no preguntarse sobre la “decadencia” del Festival. La pregunta en sí misma es ya casi un clásico, acompañada de ese inútil llanto por la edad de oro. Ya en 1977 me encontré con gente que sostenía que Bayreuth “ya no era como antes, en la época de Wieland”. De tal modo que, atendiendo a estos testimonios, la historia misma del Festival de Bayreuth no sería otra cosa que la crónica de un declinar infinito.

El próximo 25 de julio asistiré a la inauguración del Festival, ya como un viejo espectador pero tan feliz y expectante como la primera vez, grato ante el encuentro con viejos amigos y ritos, pero sobre todo ansioso por vivir una vez más esa emoción indecible que suponer acceder a la sala del Festspielhaus. Para quien ama Bayreuth, cada festival es como el primero, con la idéntica expectación del primer día ante el sonido y la sorprendente acústica de la sala. Y será ya mi séptima producción del Anillo allí… 

Cuarenta años son no obstante ocasión más que oportuna para valorar la evolución de un Festival que paradójicamente se yergue como referencia inmutable del legado wagneriano...

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