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Jascha Heifetz 

Otra revolución rusa que cumple cien años, la del violín

El debut de Jascha Heifetz en el Carnegie Hall de Nueva York marcó un hito en la historia moderna del instrumento

El 27 de octubre de 1917, algunos días antes del alzamiento bolchevique contra la Rusia zarista, se produjo otra revolución en el mundo del violín. Un joven judío ruso de dieciséis años, llamado Jascha Heifetz, iniciaba una gira de cincuenta conciertos por los Estados Unidos auspiciada por su maestro, el famoso Leopold Auer, con un recital en el Carnegie Hall de Nueva York. Allí se había congregado la flor y nata musical del momento para escuchar un programa, sin grandes pretensiones, que incluía la Ciaccona de Vitali y el Segundo concierto de Wieniawski acompañado al piano. Pero el entusiasmo del público obligó al joven violinista a tocar hasta seis propinas, entre las que destacó una impresionante ejecución del Capricho nº 24 de Paganini-Auer. Hay numerosos testimonios del exitoso evento, como la crítica de Richard Aldrich en The New York Times, pero también una pujante mitografía. A esta última pertenece el famoso comentario que le hizo el violinista Mischa Elman al pianista Leopold Godowski durante el recital visiblemente enardecido: “Hace calor esta noche”, a lo que respondió su colega: “No para los pianistas”. 

Elman, que había estudiado también con Auer en San Petersburgo, intuyó el final de su reinado en solitario como principal virtuoso del momento. Tanto él como otros violinistas de su generación desarrollaron el llamado “síndrome Heifetz”, una peculiar afección como resultado de la enfermiza comparación de todos ellos con el nuevo astro del violín. Heifetz (Vilnius, Lituania, 1901 – Los Ángeles, 1987) fue siempre un artista austero y disciplinado. No estuvo nunca interesado por la publicidad de su persona y prueba de ello fue su negativa a colaborar con todos sus biógrafos. Tan sólo hay una excepción. En 1939 redactó un resumen de su trayectoria: “Nacido en Rusia, primeras lecciones a los tres años, debut en Rusia a los siete, debut en América en 1917. Eso es todo lo que puede decirse. Dos líneas”. Efectivamente, en la biografía de Heifetz hay pocos eventos reseñables, como resultado de su natural introvertido y solitario, lo que contrasta con el cúmulo de testimonios acerca de la impresión que su arte producía al público, a los críticos y a sus propios colegas. 

Muchos violinistas de su tiempo hablaron elogiosamente de Heifetz. David Oistrakh afirmó que “primero hubo violinistas y después vino Heifetz”, para Leonid Kogan era “el artista ideal”, Yehudi Menuhin dijo que “es como la luna, constituye un reflejo del sol” y Henryk Szeryng lo llamaba “el emperador de los violinistas”. Incluso colegas mayores, como Carl Flesch, vieron en él “un vértice en el desarrollo contemporáneo del instrumento”. Pero tuvo también sus detractores. Le acusaban de malabarista del violín, de frío e indiferente y de poseer un repertorio anticuado. Es verdad que mantenía una postura erguida y firme del instrumento, se movía lo estrictamente necesario y tenía un gesto impertérrito que apenas alteraba en el momento de saludar al público. Aunque esa aparente frialdad no se traducía en el sonido. Heifetz fue el primero en conseguir que la expresividad emanase directamente de una ejecución perfecta de todas las notas. 

Su evolución partió de la tradición romántica de Auer, que mantuvo en su personal uso del portamento, y evolucionó hasta definir la forma moderna de tocar el violín. Nitidez en la entonación, precisión rítmica, control del tempo y mayor presencia del vibrato, fueron algunas de sus características. Pero lo realmente nuevo en Heifetz era su sonido: corpóreo, equilibrado, brillante e incomparable con ningún violinista del pasado. Tenía su secreto. Combinaba la técnica rusa de arco, con poca presión y mucha rapidez, con una destreza personal para situar el punto de contacto con las cuerdas cerca del puente. Ello le permitía una mayor precisión y facilitaba sus endiablados golpes de arco. En cuanto a instrumentos, Heifetz siempre prefirió la riqueza y potencia de los Guarneri del Gesù frente a la elegancia y precisión de los Stradivari. Su instrumento predilecto fue un Guarneri de 1742 llamado “el David” por haber pertenecido a Ferdinand David. Lo compró en 1922 y con él grabó prácticamente toda su discografía. Hoy es propiedad del Fine Arts Museum, de San Francisco, y lo toca Alexander Barantschink, concertino de la orquesta sinfónica de esa ciudad.

Jascha Heifetz CarnegieHall 1917

El violinista del millón de dólares

Heifetz ha dejado para la posteridad un inmenso legado fonográfico. Lo realizó, entre 1917 y 1970, para la Victor Talking Machine/RCA Victor, y se encuentra disponible en diferentes ediciones publicadas por Sony Music como Jascha Heifetz. The Complete Stereo Collection (2016). Su repertorio grabado bascula entre las piezas cortas virtuosísticas y los conciertos para violín. También fue un asiduo músico de cámara y formó parte, junto al pianista Arthur Rubinstein y el violonchelista Gregor Piatigorsky, del famoso “Trío del millón de dólares”. De sus grabaciones orquestales destacan sus colaboraciones en sonido monoaural con directores como Arturo Toscanini (Beethoven y Mendelssohn), Serge Koussevitzky (Brahms y Prokofiev) y Thomas Beecham (Sibelius), y en estéreo con Fritz Reiner (Brahms y Tchaikovsky) y Charles Munch (Beethoven y Mendelssohn). Su relación con la música de su tiempo fue bastante limitada por su incapacidad para tocar obras sin una línea melódica definida. Compositores como Castelnuovo-Tedesco, Gruenberg, Korngold o Rozsa escribieron conciertos a su medida, aunque el más famoso de todos fue William Walton, con quien grabó en 1950 su propio Concierto para violín.

 

 

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