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Gloriana Britten Roger Wood ROH Collections 

La última Tudor

Sobre la "Gloriana" de Benjamin Britten

Varios de los personajes más atractivos literaria y artísticamente de la historia de Inglaterra son sin duda algunos de los miembros de la dinastía Tudor, especialmente Enrique VIII, su segunda esposa, Ana Bolena y, sobre todo, la hija de ambos que reinó tras la muerte de sus dos hermanastros, Eduardo VI y María I. Hablamos de Isabel I, una mujer que marcó una época y un estilo (el isabelino) y bajo cuyo reinado la prosperidad del país tuvo un impulso espectacular tanto en el plano político como en el cultural y económico. Es la época del comienzo del dominio de los mares por parte de Inglaterra después del desastre de la Armada Invencible y cuando se activa el hostigamiento a los galeones españoles por parte de los piratas, como Drake, protegidos por la Reina (Isabel extendió sin remilgos varias de las famosas “patentes de corso”). También es el momento del afianzamiento del protestantismo en su vertiente anglicana (no olvidemos que la Reina era la cabeza de esa iglesia) y el florecimiento, también gracias en parte  al apoyo real) de las artes, especialmente las escénicas, con dos figuras descollantes y ya inmortales: Christopher Marlowe y, sobre todo, William Shakespeare.

No es de extrañar, pues, que a partir de su muerte y hasta ahora la figura de Isabel I haya sido objeto de estudios, biografías y también  protagonista de novelas, obras de teatro y, cómo no, de óperas. En el siglo XIX son, principalmente, autores italianos los que abordan su figura. Ahí tenemos la “Elisabetta, regina d’Inghilterra” de Rossini o su papel fundamental en “Maria Stuarda” o “Roberto Devereux” de Donizetti. Pero en el XX entrará en escena el más brillante compositor inglés desde Purcell: Benjamin Britten. Britten, era un personaje controvertido en la Inglaterra de los años 40 y 50 tanto por su claro antibelicismo, su no declarada abiertamente, pero conocida por todos, homosexualidad y relación con el tenor Peter Pears, y por sus óperas más exitosas, pero tampoco carentes de polémica, Peter Grimes, La violación de Lucrecia o Billy Budd. A la muerte de Jorge VI en 1952, sube al trono su hija Isabel II y a los altos cortesanos encabezados por Lord Harewood se les ocurre que una de los actos para celebrar la coronación de Isabel en 1953 es crear una ópera, encargo que no puede recaer más que en el compositor lírico inglés del momento, Britten. Una ópera “nacional” que verse sobre la anterior Isabel, la Tudor, la llamada Reina Virgen.

Britten, con el libreto de William Plomer que se basaba en “Elisabeth and Essex” de Lytton Strachey (escritor relacionado con el círculo de Bloomsbury), volvió sobre el tema, que ya tratara Donizetti, de las relaciones de una madura Isabel y un mucho más joven Roberto Devereux, conde de Essex. Gloriana (que así se llamará la ópera aludiendo a uno de los “apodos” laudatorios que se le daban a la Reina, éste concretamente salido de la pluma del poeta Edmund Spenser) aborda esa relación pero desde una visión muy distinta a la del compositor italiano. En el plano musical hay un claro acercamiento, lleno de guiños, a la música propiamente inglesa, tanto a la popular como a la de Purcell, pero sin olvidar las señas de identidad de Britten: ese dramatismo, esa humanidad que lo invade todo. Porque Gloriana explora no tanto el lado fastuoso del personaje (de ahí su rechazo por el establishment de la época) sino el más humano. El de la mujer madura, siempre dudosa de que el hombre que se le acerca lo haga por interés personal más que por amor, y que tiene que sacrificar la que sabe su última oportunidad de ser amada (por el joven, impetuoso e irresponsable Essex) ante el deber de Estado.

La ópera es un retrato de la época, de la Reina, pero también de la corte, de sus intrigas e intereses, una razón más para no parecer adecuada para el enaltecimiento de una joven reina como Isabel II. El fracaso fue evidente. La crítica tampoco apoyó a Britten y el público se sintió desconcertado ante la imagen que se daba de uno de sus iconos históricos. Se ha representado poco desde entonces y quizá Britten no consiguió el equilibrio que buscaba entre majestuosidad e intimismo que el libreto y la historia de la última Tudor pedía, pero conocerla es una oportunidad única para acercarse a un Britten que siempre nos muestra momentos de brillante orquestación o de evidente desgarro, como el que rodea el comienzo del tercer acto, con una reina desvalida, sin joyas ni vestidos lujosos, enfrentada así misma en la soledad de su dormitorio, sin duda el mejor momento de toda la ópera. 

 

 

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