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 Manuel Garcia John Singer Sargent 1905

La familia García (II): Manuel García, maestro de canto centenario

Una vida de ciento un años es una vida que da para mucho si, como es el caso de Manuel García, se sabe aprovecharla. Nacido en los tiempos en que Napoleón gobernaba Europa desde el trono imperial, murió tan sólo ocho años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial (se dice pronto). A lo largo de todos estos años residió en Madrid, Nápoles, Nueva York, México, París y Londres. Alentado por sus padres y al igual que sus hermanas, perseguiría en sus primeros años una carrera de cantante, pero los fracasos y su propia inclinación hacia las ciencias le harían abandonar este camino para dedicarse a su verdadera vocación: la enseñanza.

Manuel Patricio Rodríguez García nació en Madrid un 17 de marzo de 1805. Pasó gran parte de su infancia con sus abuelos, pues sus padres (el tenor, compositor y maestro de canto Manuel García y la soprano Joaquina Briones) se habían mudado a París cuando él contaba tan sólo dos años de edad. Al cumplir los diez años se reencontraría con ellos en Nápoles, donde García padre tenía entonces su lugar de trabajo. Inició sus estudios musicales bajo la tutela de su padre, que le guiaría en el desarrollo de su voz hasta los veinte años. Era un profesor extremadamente severo, hasta el punto de ser considerado abusivo, aunque sería su exigencia la razón de que sus hijos se convirtieran en los grandes músicos que fueron. Durante estos años, Manuel tomaría también algunas clases con el profesor de su padre, el tenor Giovanni Anzani, que había sido a su vez alumno de Nicola Porpora, lo que enlaza su tradición de canto con la antigua escuela de los castrati (Si tenemos en cuenta que García habría de vivir hasta 1906, nos damos cuenta de la excepcionalidad de este hecho).

En 1816, una temible epidemia se extendía por Italia obligando a los García a cambiar de nuevo su residencia. La familia volvió a París, donde Manuel continuó su formación junto a su padre y François-Joseph Fètis, quien completaba su educación con el estudio de la armonía. Daría sus primeros conciertos junto a su hermana María y sus padres algunos años después, en Inglaterra, en la época en que García padre fundara allí su escuela de canto (1824). Un año después, sería protagonista de la primera temporada de ópera italiana en América, asumiendo los roles de barítono de casi todas las óperas que la compañía de su padre puso en escena en Nueva York y más tarde en México. En el estreno americano de El Barbero de Sevilla, por ejemplo (que fue además el debut sobre los escenarios de García hijo), asumió la parte de Figaro, mientras que su padre se encargaba de su famoso Almaviva, su madre interpretaba el rol de Berta y su hermana María encarnaba a una jovencísima Rosina. En varias ocasiones en que Manuel García padre se encontraba enfermo, además, obligaba a su hijo a asumir las partes de tenor que él normalmente interpretaba, lo que supuso un tremendo esfuerzo que pasó factura a la voz del joven barítono (que contaba entonces con veinte años de edad).

A pesar de que era ya un hecho que Manuel no quería continuar por la vía de la interpretación (pues ni él sentía atracción por los escenarios ni las críticas le eran favorables), sus padres le convencieron para que continuara sus estudios en Italia, por lo que regresó a Europa en el año 1828. Su primera parada sería París, donde se reencontró con su hermana María (ahora María Malibran, que tras un matrimonio infructuoso y muchas diferencias de opinión con su padre se había lanzado sola a la carrera de los escenarios). Allí fue testigo del espectacular debut de ésta, llamada a convertirse en un auténtico ídolo de masas. Tras este acontecimiento continuó Manuel, como había prometido, sus estudios en Italia, con el bajo Luigi Lablache. Pero su voz estaba aún afectada por los esfuerzos anteriores y sus lecciones no dieron el fruto esperado. En 1829, a los veinticuatro años, debutaba en Nápoles con el Figaro de El Barbero de Sevilla. Las críticas no fueron buenas (amablemente se aconsejaba al joven barítono que se dedicara a otra cosa). Lo que podría haber hundido a Manuel le supuso realmente una liberación, pues pudo por fin convencer a sus padres de que su futuro no estaba en los escenarios y enfocar su carrera hacia lo que verdaderamente le interesaba.

Tras esta determinante decisión, abandonaba su carrera durante un breve lapso de tiempo para unirse a la Armada Francesa en la invasión de Argelia (1830). Su labor como trabajador en hospitales militares le permitiría entonces estudiar la anatomía humana, incluida la fisiología de la laringe. Unos conocimientos que aplicaría después concienzudamente a su tarea como profesor. A partir de 1831, el joven Manuel se establecía definitivamente en París como profesor de canto, primero como continuador de la escuela de su padre (que fallecía en 1832) y, a partir de 1835, en el Conservatorio de París. Los conocimientos médicos de García le convertían en un maestro único, pues pocos tenían una visión tan clara del funcionamiento de la voz. Como parte de su método de enseñanza, todo alumno que entraba bajo su tutela debía someterse a una exploración médica y seguir un tratamiento si era necesario. Sus observaciones sobre la voz fueron resumidas en su Memoire sur la voix humaine (1841), presentada en la Academia de las Ciencias de París, mientras que todo su método quedó recogido en dos tomos que compusieron el tratado de canto más completo de la época y que aún hoy son de gran interés para el estudio del canto y el conocimiento de la educación vocal en el siglo XIX (Traité Complet de l’Art du Chant 1840/1847).

También en 1841 comenzaba sus estudios con García la que habría de convertirse en su alumna más destacada (además de, por supuesto, su hermana María, que sería “su primer triunfo”): la soprano Jenny Lind, conocida mundialmente como “el ruiseñor sueco”. A ella habrían de unirse otros como la hermana pequeña de García, Pauline Viardot-García, Henriette Nissen, Catherine Hayes, Mathilde Marchesi (que como él se convertiría en una importante maestra de canto), Johanna Wagner o el barítono alemán Julius Stockhausen. Todos ellos destacaban la modestia de su maestro, su paciencia y su amabilidad. Manuel García era un maestro analítico, no perdía los nervios (al contrario que su padre), pero tampoco permitía que sus alumnos cometieran el mismo fallo dos veces. En más de una ocasión salvó a sus pupilos del desastre vocal, gracias a su exhaustivo conocimiento de la voz, que le permitía hallar solución a cualquier problema de carácter técnico o fisiológico. Su forma de enseñar era científica, anatómica, pero también artística, pues la musicalidad era para él esencial.

La Revolución de 1848, que supuso el destronamiento de Luis Felipe I y el comienzo de la Segunda República francesa, provocó la partida de Manuel García hacia Londres, ciudad en la que se establecería hasta el final de sus días. Ese mismo año era nombrado profesor de canto de la Royal Academy of Music, institución en la que estaba destinado a enseñar durante cuarenta y siete años y de la que llegaría a ser director. Pero sería en París (durante unas vacaciones en 1854) donde sucedería el hecho por el que probablemente es García más reconocido: la invención del laringoscopio, instrumento médico que permite la visualización completa de las cuerdas vocales en funcionamiento, cosa que hasta entonces no había sido posible (al menos de forma extendida, ya que los experimentos sobre el tema se remontan al siglo XVIII). Las conclusiones del hallazgo fueron recogidas por su autor en Physiological Observations on the Human Voice (1855), estudio que fue entusiastamente recibido por la comunidad científica. Ni que decir tiene que el laringoscopio sigue siendo hoy en día indispensable para el tratamiento de los problemas vocales de todo cantante.

Noventa años habría de cumplir García para decidir que había llegado el momento de jubilarse. A esa edad abandonaba su plaza en la Royal Academy of Music para dedicarse a la enseñanza privada de forma más relajada (la inactividad era algo que no iba con él). Y así llegaba a los cien años (aún habría de vivir un año más, hasta el 1 de julio de 1906), con una fuerza física envidiable para su edad y (en palabras de su alumno Malcolm Sterling McKinley) “sin el más mínimo rastro de senilidad”. En el día de su centenario el mismo rey Eduardo VII se encargaba de recibirle en un solemne homenaje en el que Manuel García fue cubierto de honores por sus compañeros de la academia, así como por numerosos miembros de sociedades laringológicas internacionales. Un merecido reconocimiento a una larga vida de investigación, trabajo y generosidad que dejaba una profunda huella en la sociedad musical y científica de su época.

 

 

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