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Rosenkavalier Scala 

Espectáculo de referencia para salas vacías

Milan. 29/06/2016. Teatro alla Scala. Strauss: Der Rosenkavalier. Krassimira Stoyanova (Mariscala), Sophie Koch (Octavian), Christiane Karg (Sophie), Günther Groissböck (Ochs) y otros. Dir. de escena: Harry Kupfer. Dir. musical: Zubin Mehta

Der Rosenkavalier es un título bastante frecuente en la Scala. No hace tanto tiempo, en 2011, Stéphane Lissner propuso la famosa producción de Herbert Wernicke, también estrenada en Salzburgo. De nuevo, ahora en la reciente (2014) producción de Harry Kupfer para Salzburgo, el título se ha presentado en Milán dentro del marco de intercambios entre Salzburgo y la Scala, articulado por Pereira a su llegada y que tanta polémica generó en Italia. Al cruzar los Alpes la producción en cuestión no ha perdido en modo alguno la impresión positiva que ya dejase en su estreno salzburgués. El trabajo de este gran director alemán, que supera ya los ochenta años de edad, se ajusta bastante bien a las dimensiones de la Scala, tan distintas de la caja de Salzburgo.

Ambientada en el contexto de composición de la propia ópera, en 1911, la dirección evoca el ocaso del Imperio austrohúngaro y de la aristocracia como tal, ante una burguesía triunfante que hace ostentación de sus riquezas. Las escenas más ligeras y sencillas, construídas en torno a una proyección en vídeo que recrea la Viena monumental “fin de siècle” dan a la representación un color a veces irónico, a veces nostálgico. Pero lo que más convence de esta producción, como en su estreno, es la excelente dirección de actores, de una precisión increíble, en la gran tradición de la Komische Oper de Felsenstein, de la que Kupfer fue asimismo director artistico. Asistimos a una geometría de movimientos casi milimetrados, con miradas y gestos que dan una verdad inaudita al drama, rozando siempre el límite de la melancolía, de la sonrisa, de la ternura y de la ironía, en como paseando sobre el filo de una navaja y otorgando así cierta tensión al conjunto. El hallazgo principal es un Ochs fuera de los esquemas asumidos, mucho más joven y elegante aunque maleducado y brusco, magnificamente interpretado por Günther Groissböck. El cuadro final, en un tono otoñal y brumoso, tras un tercer acto menos caricaturesco que en otras producciones, permanecerá largo tiempo en la memoria de los espectadores.

El reparto es más o menos el mismo que en Salzburgo, en lo referente a los papeles principales, salvo la feliz novedad que supone Christiane Karg para la parte de Sophie. Reencontramos así pues la espléndida Mariscala de Krassimira Stoyanova, un modelo de dicción y emisión, con un cuidado exquisito del texto y la expresividad: el suyo es un personaje maduro, elegante y humano que transpira inteligencia; estamos ante una de las grandes sopranos del momento. En frente, el probado Octavian de Sophie Koch, se antoja tan logrado como de costumbre, con una voz grande y plena, aunque menos descollante que en Salzburgo, donde el volumen de la orquesta alterava quizá el equilibrio entre foso y voces. Su interpretación es en todo caso vivaz y juvenil, con una bella presencia escénica; no en vano Koch es hoy un Octavian de absoluta referencia. Christiane Karg completa el trío vocal protagonista con una Sophie esbelta y natural, de canto espléndido, con un instrumento muy controlado, de agudos espléndidos y sumamente pulidos. Karg aporta al papel una poesía enorme e innata que recuerda a grandes referencias del pasado (Lucia Popp).

Como ya se ha dicho, Günther Groissböck es de algún modo el Ochs de nuestros días: elegante y joven, fuera de los esquemas habituales, expresivo y natural, cómodo en el dialecto vienés, como buen austríaco, con una voz sonora, de graves espléndidos. Esta interpretación renovada del personaje irradia una irresistible simpatía. La voz de Adrian Eröd, un interprete de gran talla, se haya sin embargo ya hoy algo limitada para Faninal. Su físico no obstante conviene perfectamente al personaje, resaltando además en todo momento su cuidado del texto por encima de los medios vocales, más gastados aunque siempre bien administrados. Entre los comprimarios, en primer lugar cabe resaltar al cantante italiano de Benjamin Bernheim (el Cassio del último Otello salzburgués), con una voz magníficamente impostada, clara y de agudos firmes. Parece el momento oportuno para que este cantante desarrolle su carrera con empeños mayores; se antoja preparado para roles más importantes. Silvana Dusmann es una enérgica Jungfer Marianne Leitmetzerin, y la pareja de Annina (Janina Baechle) y Valzacchi (Kresimir Spicer) se defiende con fuerte personalidad y buen sentido del humor, cobrando más protagonismo que en otras producciones. Apenas cabe alguna reserva en lo que hace a las voces de alumnos procedentes de la academia de perfeccionamiento de la Scala, con algunos problemas para cantar a tiempo y sonar con empaste.

La impresión general positiva de la representación debe mucho a la personalidad y al empeño de Zubin Mehta, que al frente de la Orquesta de la Scala propone una interpretación precisa y al mismo tiempo dilatada, que presta margen de expresividad a los solistas, a los que dirige con mimo, evitando cubrir sus voces, con oficio genuino, en la mejor tradición de los grandes directores de ópera. Pero Mehta no se limita a un acompañamiento maravilloso; su Rosenkavalier tiene un equilibrio perfecto, con un tiempos largos pero precisos, que permiten dar relieve a todos los instrumentos, maderas y metales en particular. El resultado es una lectura de la partitura sumamente clara y cristalina que hace justicia a la preciada complejidad de la composición. Subir Mehta, uno de las más grandes batutas de los últimos sesenta años, demuestra ser hoy más que nunca uno de los directores de ópera de referencia.

En suma, una representación espléndida, que hace honor a los mejores tiempos del Teatro alla Scala, aunque no a su público, que no parece haber sentido el estimulo suficiente para responder a este grandísimo espectáculo: palcos vacíos, una platea escasamente ocupada… El teatro milanés tiene un verdadero problema con su público; un problema que exige una rápida y resuelta intervención por parte del intendente del teatro.

 

 

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