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josep pons igor cortadellas 

Mozart o la prueba del algodón

Barcelona. 15/10/2016. Gran Teatro del Liceo. Obras de Mozart. Ignasi Cambra, piano. Elena Copons, soprano. Gemma Coma-Alabert, mezzosoprano. David Alegret, tenor. José Antonio López, barítono. Dirección musical: Josep Pons.

Los mozartianos de Barcelona y alrededores estamos de suerte estos días. En menos de un mes hemos podido disfrutar de una muy buena representación de Don Giovanni gracias a la Associació d’Amics de l’Opera de Sabadell y de la reposición de la producción de Le nozze di Figaro de Lluís Pasqual en el Gran Teatre del Liceu dirigida por Josep Pons. Como remate, y en medio de estas funciones en el coliseo barcelonés, el teatro ha programado dos conciertos, también bajo la dirección del maestro Pons, que incluían en su programa la Música para un funeral Masónico, el Concierto nº 23 para piano (obra escrita el mismo año que Le nozze di Figaro) y, finalmente, el Requiem que el gran compositor dejó inacabado.

En el caso del Liceu, las funciones de Le nozze y el concierto han sido muy reveladoras de en qué punto se encuentran los cuerpos estables del teatro y cuál es su evolución. Y la verdad es que el diagnóstico se antoja positivo. Es bien sabido que Mozart es piedra de toque indiscutible para una orquesta, y si en las funciones operísticas ya pudimos apreciar un sonido esponjoso y compacto, especialmente en violines y violas, y un altísimo nivel en las maderas, estos dos conciertos de la Orquesta y el Coro del gran Teatre del Liceu han servido para confirmar los buenos augurios que desde hace cierto tiempo se vienen intuyendo gracias al trabajo de Josep Pons i Conxita Garcia.

Más allá de la apreciable precisión y la belleza del sonido, el Mozart de Josep Pons se podría calificar de equilibrado, aunque a veces peca de prudente. Sus tempi tienden a una cierta lentitud, aunque el concepto no es necesariamente romantizante. Sabe acompañar bien a los solistas, tanto a cantantes como instrumentistas, pero en momentos clave le falta un punto de impulso o de grandeza, apostando más por el control. Posiblemente un peaje que hay que pagar en esta lenta pero evidente progresión del cuerpo orquestal del teatro que hace unos años llegó a tocar fondo.

Ignasi Cambra se benefició de este sonido mozartiano que Pons poco a poco va construyendo y del buen oficio del director catalán en la concertación para ofrecer una versión por momentos sensacional del Concierto para piano y orquesta en La mayor KV488, núm. 23. El pianista catalán, que está empezando a desarrollar una carrera muy importante que lo ha llevado recientemente al Teatro Marinsky de San Petesburgo para continuar su fructífera colaboración con Valery Gergiev, demostró el porqué de esta ascensión lenta pero que se intuye imparable. Y es que uno tiene la sensación, escuchando a Cambra, que cada concierto que hace es mejor que el anterior. En esta ocasión demostró una insospechada madurez en el maravilloso segundo movimiento, en Fa sostenido menor, tocado con un abandono y  una personalidad que detuvieron el tiempo en el teatro de Las Ramblas sin que el discurso y el fraseo se difuminasen en ningún momento. La pulsación y los colores cálidos y variados que extrae Cambra del piano son ideales para Mozart, un compositor que a grandes intérpretes les plantea insalvables problemas de equilibrio y expresividad. No así a Cambra que va directamente al grano, con sinceridad y sin artificios. El primer y tercer movimientos estuvieron marcados por algunas dificultades de concertación entre orquesta y solista que no permitieron que la música fluyera con tanta libertad y potencia como en el segundo, aunque el pianista tocó siempre con amplitud se fraseo y seguridad de concepto. Ignasi Cambra rubricó su éxito con una exquisita interpretación de la Sonata en Re menor K.32 de Domenico Scarlatti.

Previamente a la actuación de Cambra, Pons y la orquesta interpretaron la Música para un funeral masónico KV 477, que no llegó a alzar el vuelo, a pesar de algunos interesantes detalles de color en las cuerdas, y en la segunda parte  se ofreció el Requiem en re menor KV626 con la participación como solistas de Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, David Alegret y José Antonio López, todos ellos impecables vocal y musicalmente. La dirección de Pons fue en la línea expuesta anteriormente. Buena concertación, equilibrio entre planos sonoros y entre orquesta y coro pero más prudencia que arrojo, lo cual no permitió que la emoción intrínseca a esta partitura se manifestase en todo su esplendor. Mención aparte merece el Cor del Gran Teatre del Liceu, que tenía ante sí un reto mayúsculo y que salió muy bien parado de la experiencia, con momentos muy apreciables de las sopranos que encontraron el color, volumen y expresión adecuados para los delicadísimos Lacrimosa y Voca me com benedictis. Si bien se trata de una obra que requiere colores y expresividad más intimistas, la capacidad de adaptación del Cor del Gran Teatre del Liceu fue la otra gran confirmación de la noche. Sí, este es el camino.

 

 

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