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Eschenbach Barto Ibercamera 

Delicadeza y monumentalidad

Barcelona. 15/11/16. Auditori. Concierto de inauguración del Ciclo Orquestas Internacionales.Temporada nº 33 de Ibercamera. Ravel, Concierto para piano en sol major. Mahler, Sinfonía núm. 5. SWR Symphonieorchester. Christoph Eschenbach, director musical. Tzimon Barto, piano.

Triple debut en esta inauguración del ciclo Orquestas Internacionales en el Auditori de Barcelona, dentro del ciclo Ibercamera. Así informaba el programa de mano de este atractivo programa, ya que, tanto el pianista de EE.UU, Tzimon Barto, como el afamado director de orquesta alemán, Christoph Eschenbach, así como la prestigiosa formación de la SWR Symphonieorchester, tocaban por primera vez en en el ciclo ibercamera. Un concierto de contrastes y de calidad que se degustó con placer y ferviente admiración tanto por la calidad de la formación como por la sensibilidad vertida del pianista en la obra maestra de Ravel y por Eschenbach en la celebérrima 5ª sinfonía mahleriana, demostrando porqué se le considera un especialista. 

Tzimon Barto, sorprende por un físico vigoroso, alto y de espalda ancha, su corpulencia se transforma en pura sensibilidad cuando se sumerge en el piano. De digitación elegante y casi se diría frágil, acometió el primer movimiento del preciosista concierto de Ravel con sigilo a la vez que con el garbo de espíritu jazzístico que lo envuelve. Su enfoque del Allegramente raveliano, se transforma en un deslizamiento sinuoso de las características del movimeinto, el swing de fondo, el ambiente atmósferico, los trinos con guiño a la española, el ritmo constante y fluído y un entendimiento y complicidad evidente y lleno de frescura con la batuta de Eschenbach, otro gran pianista, que como director sabe dar el espacio al solista y dialogar con la formación. La SWR demostró rápidamente sus armas, secciones precisas, colores y un equilibrio entre cuerdas, vientos y metales de gran transparencia. El enfoque vivo y refrescante del movimiento llegó al inventivo y juguetón final con naturalidad y sin el punto de efectismo que a veces parece inevitable.

Así las cosas con el Adagio assai en mi mayor, el cambio de carácter y contraste entre primer y segundo movimiento se transformó en un episodio orgánico y onírico de subyugante belleza. El piano pareció abandonarse en ese colchón algodonoso envuelto por los vientos, donde el tema nostálgico del oboe, se entrelazó con los arpegios de un piano casi en sordina. Barto jugó la carta de la insinuación y la fragilidad arropado por el cuerno inglés y el clarinete, transformado los casi nueve minutos en un acto de ensoñación musical donde Eschenbach cual mago del sonido creó un mundo sonoro que dejó a la sala del Auditori mecida en un locus amoenus indescriptible. Con el tercer y último movimiento, el Presto en sol mayor, se echó en falta algo de ese humor del siglo XX que parece atravesar el final de este concierto singular. Quizás algo más de ligereza en los metales, más incisión en los acordes finales del piano por parte de Tzimon, quien de alguna manera pecó de introversión interpretativa donde se pide más efervescencia y libertad.

Así con todo se disfrutó de uno de los conciertos de piano más originales y creativos del repertorio francés con un solista impecable, un director de clarividente enfoque y una formación de sonido rico y flexible quienes obtuvieron un gran resultado en conjunto. Los cálidos aplausos obtuvieron como bis el Allegro moderato del concierto para clave nº4 BWV 1055, demostrando que Bach se plega a las mil maravillas con la digitación precisa y delicada de Barto. 

Programar la quinta sinfonía de Gustav Mahler siempre serán palabras mayores. Después de la presentación de la formación alemana y de su actual artista en residencia esta temporada (Tzimon Barto), el director musical Christoph Eschenbach se sumergió en uno de sus compositores de cabecera, como buen especialista del repertorio germánico reconocido a nivel mundial que es. 

En el conmocionante primer movimiento, los solos de trompeta que parecen preludiar una esquizofrenia sonora, se tocaron con una solemnidad casi trascendente, dando la entrada a una orquesta que bajo la lectura firme y analítica de Eschenbach, sonó devastadora. La homogeneidad de las cuerdas, lo certero y brillante de los metales, el lirismo sosegado de los vientos, todo fue una suma de ingredientes que llevaron los casi catorce minutos de este Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt. o en castellano: Marcha fúnebre. Con paso mesurado. Severo. Como una procesión fúnebre, según la traducción, al inicio de una lectura, donde una incipiente desazón existencial da paso a un discurso sonoro construido desde la majestuosidad de una orquestación característica. Así pues Eschenbach fue armando el gran armazón sonoro que es esta quinta sinfonía, desde una base donde el paso mesurado de un director maduro, que quiere trascender la obra con una lectura reflexiva y viva, se fue desarrollando movimiento a movimiento merced a una orquesta de sonido denso y excelso.

La denominación del segundo movimiento: Stürmisch bewegt, mit grösster Vehemenz (Tormentosamente agitado, con la mayor vehemencia), revelan una de las características más llamativas y esenciales de la esencia musical mahleriana, esa contradicción intrínseca donde el tormento y el lirismo siempre van de la mano. Aquí la lectura de la batuta cinceló esa tormenta existencial con una pátina de sosiego lúcido, ayudado por unas cuerdas que se plegaron a los mil colores de la partitura, con los golpes llenos de luz y riqueza tímbrica desde los metales, y un cierto aire cinematográfico que le dio modernidad y un carácter visual sinestésico al movimiento. Mención a las cuerdas graves, donde chelos y violas se expandieron con un sonido balsámico incidiendo en la lectura vehemente y casi naturalista desde el podio.

El Scherzo, Kräftig, Nicht zu schnell (Vigoroso, no demasiado rápido), se presentó con la serenidad del tiempo de vals, recreado por Eschenbach como un balance a los continuos enervamientos orquestales de la partitura, para destilar una elegancia preponderante durante todo el extenso movimiento. La fuerza de las trompas, inexorables y de una profundidad expresiva remarcable, la dulzura de los vientos y los sorpresivos efectos de la percusión, se arremolinaron para desenredar una estructura arquitectónica mastodóntica. La lectura siempre lucida y férrea del director, mantuvo el pulso a un Scherzo que constantemente hace peligrar un equilibrio difícil de mantener.

Con el trascendental Adagietto, la memoria colectiva del auditorio, parecido ver los reflejos de la Venecia decadente descrita por Thomas Mann y filmada con la genialidad viscontiana al ritmo de este movimiento icónico, que Eschenbach, cual Gustav von Aschenbach, desgranó con suma sensibilidad. El discurso melancólico de las cuerdas, su diálogo con las arpas y esa melodía eterna que tanto puede sentirse como una despedida o como un estado de enamoramiento hipnótico, se desarrolló con la fuerza de una orquesta impecable y la delicadeza de una batuta profunda y madura que dejó a la audiencia extasiada.

Sin solución de continuidad, el Sehr-langsam-Attaca se enlazó con el Rondo-Finale. Aquí el Allegro-Allegro giocoso. Frisch. Después de más de una hora de sinfonía, de los mil estos de ánimo dibujados por la orquesta, el último movimiento se presenta como un juguetón final feliz lleno de amplitud y extroversión. Quizás más que un happy end, Eschenbach coronó un trabajo de arquitectura musical transparente y luminoso, donde el control de las dinámicas, el equilibrio de las secciones y un ritmo inexorable contagioso, derivó en un final extático. Fue una lectura más evocadora que nostálgica, llena de fuerza y carácter expansivo, una presentación de una orquesta de sonido poderoso y camaleónico con un director musical en el cénit de su madurez artística.

El público ovacionó a los músicos, con la euforia de las grandes ocasiones, y si alguien dijo que después de una quinta de Mahler una propina no tiene sentido…Eschenbach y sus huestes regalaron la Danza de los comediantes del acto III de la ópera, La novia vendida de Smetana. Un joie de vivre final apoteósico para regocijo de optimistas y amantes de la música eslava.

 

 

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