Belleza pensada y escucha profunda
Madrid. 13/12/2025. Auditorio Nacional. Orquesta Nacional de España. David Afkham, dirección musical. Paul Lewis, piano. Coline-Marie Orliac, arpa.
Hay conciertos que no se escuchan, se atraviesan. Tres obras, tres miradas estéticas, y un director que decidió no ofrecer una simple sucesión de piezas, sino un itinerario emocional cuidadosamente articulado. David Afkham condujo a la Orquesta Nacional de España a través de un paisaje que fue del clasicismo en tensión a la herida abierta del siglo XX, pasando por una ligereza luminosa que recordó que la belleza también puede ser pensamiento.
Beethoven: belleza antes que grandeza
El Concierto para piano nº 3, en Do menor op. 37, de Beethoven se desplegó desde el inicio con una orquesta notablemente empastada, compacta, de discurso claro y respiración común. Afkham optó por una lectura sin aspavientos, más estructural que vehemente, permitiendo que la música avanzara con lógica interna, sin subrayados innecesarios.
Paul Lewis entró en ese mundo con una decisión estética muy clara: no buscar la grandeza sonora, sino una belleza más alta, más depurada —y, paradójicamente, más difícil—. Su sonido no fue grande en volumen, pero sí enorme en matices. Cada frase estaba pensada, pulida, cargada de intención. El uso de ambos pedales fue sencillamente portentoso, no como recurso de expansión sonora, sino como herramienta expresiva, capaz de modelar atmósferas, transparencias y profundidades sin enturbiar jamás el discurso.

Hubo algo profundamente camerístico en su diálogo con la orquesta. Más conversación que confrontación. Más escucha que afirmación. Y ese enfoque alcanzó su punto culminante en el Largo, donde Lewis construyó una línea de una belleza serena, casi suspendida, sostenida por silencios elocuentes. La transición hacia el Rondo fue ejemplar, una de las uniones más logradas de la noche, orgánica, natural, como si ambos movimientos fueran respiraciones distintas de una misma idea. El movimiento final apareció pues, rítmicamente ajustado, fraseado con una naturalidad admirable, buscando de forma consciente una relación con la orquesta casi fraternal, familiar, profundamente humana. Piano y orquesta no competían: se reconocían. Cada entrada parecía una respuesta cercana, un gesto compartido. El resultado fue una interpretación íntima, comunicativa, donde la claridad formal no anuló la emoción, sino que la hizo más cercana.
Decididamente no fue un Beethoven heroico ni combativo, pero sí uno de enorme refinamiento expresivo. Un Beethoven que prefiere decir mucho sin levantar la voz.

Tailleferre: la belleza que no pide permiso
Tras esa densidad contenida, el Concertino para arpa y orquesta, de Germaine Tailleferre apareció como una revelación. Música bellísima, escrita con inteligencia, elegancia y una claridad que nunca cae en lo superficial. Es una de esas obras que uno escucha y se pregunta por qué no se programa más a menudo. Miembro del célebre grupo parisino Les Six, Dota a su obra de aire ligero, elegante sin renunciar a la sutileza y a una orquestación del todo imaginativa.
Coline-Marie Orliac, solista de la orquesta, abordó la partitura con sensibilidad y control, ofreciendo un sonido limpio, flexible, siempre al servicio de la línea. El segundo movimiento fue especialmente hermoso, un espacio de lirismo sereno, casi íntimo, donde la arpa cantó con una naturalidad conmovedora, sin necesidad de adornos superfluos.
Afkham volvió a demostrar aquí su capacidad para acompañar sin imponer, dibujando un marco orquestal ligero, transparente, donde cada color tenía sentido. Tailleferre sonó como lo que es: una compositora de enorme talento, capaz de crear belleza sin grandilocuencia, modernidad sin dureza, y emoción sin peso excesivo.
La solista nos ofreció de propina una versión excelsa de Mañana de carnaval, música de Luis Bonfá para la película Orfeo Negro de Marcel Camus, donde desplegó una musicalidad de primer nivel, dejando claro que la orquesta cuenta con una maravillosa arpista.

Honegger: la herida y la carne viva
Para terminar, el programa propuso adentrarse en lo profundo con la Sinfonía nº 3 "Litúrgica" de Arthur Honegger, compuesta en 1945–1946 al calor de una Europa que intentaba recomponerse tras la guerra. La obra articula un discurso espiritual y humano: tres movimientos titulados —en latín— como partes de una liturgia: angustia, súplica, petición de paz. Y lo hizo con un giro radical: la orquesta mostró un gran virtuosismo colectivo, ataques precisos, ritmos tensos, una maquinaria sonora perfectamente engranada.
El primer movimiento -evocando el Dies irae- convoca tensiones, dramatismo, y temores colectivos. La visión de la batuta fue sólida, intensa, bien construida, con una violencia controlada que evitó el caos. Sin embargo, en el De profundis clamavi —el núcleo emocional de la obra, que se abre al recogimiento, al lamento, a la introspección— se echó en falta algo más de desasosiego, de desesperanza cruda, esa acidez emocional que convierte este movimiento en una auténtica súplica desde el abismo. La interpretación fue bella, incluso noble, pero quizá demasiado contenida para una música que pide incomodidad, herida abierta, fragilidad sin consuelo.
El Dona nobis pacem, en cambio, estuvo magníficamente planificado. Es un movimiento que —aunque no promete una victoria solemne— ofrece, con dificultad, una esperanza, una paz dolorosa, frágil y deseada. Así lo concebía Honegger, como una meditación sobre la destrucción, la pérdida, pero también la resiliencia del espíritu humano.
Afkham construyó el arco con inteligencia, dejando que la tensión creciera sin precipitación, se sintió como una confesión colectiva, una llamada a la memoria con belleza sin concesiones. La orquesta pareció asumir la carga ética y emocional: la densidad, los contrastes y la sobriedad se conjugaron para entregar una experiencia poderosa —no catártica en sentido triunfalista- sino actual, consciente, humana. Muy humana.
La coda final resultó hiriente y profundamente expresiva, empastada, dolorosa, sin concesiones. La cuerda fue aquí sencillamente magnífica, de una intensidad que no buscaba redención, sino verdad.
El concierto terminó sin euforia, pero con algo más duradero; una huella. Beethoven ofreció belleza pensada, Tailleferre recordó la necesidad de la luz, y Honegger obligó a mirar de frente la fragilidad humana.
No fue una noche de efectos inmediatos, sino de escucha profunda. De esas que no se agotan al salir de la sala, sino que continúan resonando —como una pregunta— mucho después del último acorde.