© Rafa Martín
Un soplo de luz contenida y clasicismo danzado
Madrid. 21/01/2026. Obras de Debussy, Mozart y Ravel. Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart. Emmanuel Pahud, flauta. François-Xavier Roth, dirección musical.
En una noche de lluvia y de refinada expectativa en el Auditorio Nacional, la Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart compareció bajo la dirección de François-Xavier Roth con un programa que proponía un arco estético entre el simbolismo francés, el clasicismo vienés y el gran fresco coreográfico del siglo XX. La coherencia del evento se revelaba plenamente si el recorrido se entendía como un tránsito, pues al atravesar la arquitectura de Mozart se comprendía a Ravel como disolución poética del clasicismo, pasando por la inicial sensualidad suspendida de Debussy. Una velada construida desde la inteligencia y el control, aunque no siempre desde el riesgo emocional que estas partituras reclaman cuando se enfrentan al abismo de su propia poética.
El concierto se abrió con el Prélude à l’après-midi d’un faune de Claude Debussy, obra fundacional del imaginario sonoro moderno. La ejecución fue, sin duda, de alto nivel: planos sonoros bien diferenciados, una transparencia orquestal ejemplar y una delicadeza tímbrica cuidadosamente administrada. La flauta —protagonista indiscutible— se mostró más que notable en su emisión y control, integrada con naturalidad en el tejido orquestal.
Sin embargo, el enfoque interpretativo resultó excesivamente contenido. Todo estuvo en su sitio, demasiado quizá. La lectura, ordenada y pulcra, careció del vuelo sensual y del erotismo latente que convierte esta partitura en un territorio de ambigüedad y deseo. El clímax, cuidadosamente preparado, no llegó a conmover; la emoción se insinuó, pero no se desplegó. Hubo suma delicadeza, sí, pero faltó ese punto de abandono expresivo que hace del Fauno algo más que una miniatura impresionista, un verdadero umbral hacia lo desconocido.

El Concierto para flauta y orquesta Nº 1, en sol mayor, K. 313 de Mozart, con Emmanuel Pahud como solista, marcó un punto de inflexión absoluto en la velada. Aquí, la música respiró con naturalidad camerística, con un fraseo clásico lógico, transparente y profundamente honesto. El vibrato de la cuerda, medido y elegante, sostuvo un discurso equilibrado que permitió a la flauta desplegarse sin artificios. Pahud fue, sencillamente, inconmensurable. Fraseo impoluto, afinación impecable, una línea melódica cantabile sostenida con una sencillez que roza la plenitud interpretativa. No hubo gestos innecesarios ni voluntad de deslumbrar: solo música, dicha con una dignidad que recuerda que el virtuosismo verdadero no se impone, se ofrece. El diálogo entre solista y orquesta fue constante, orgánico, casi coreográfico; director y solista parecían “danzar” juntos, compartiendo respiraciones y silencios con una complicidad rara de encontrar.
Como propina, un Allegro de uno de los conciertos para cinco flautas de Josef Boismortier, interpretado con el propio François-Xavier Roth empuñando la flauta, añadió un gesto tan original como poco habitual. Más allá de la anécdota, la interpretación fue magistral, elegante y luminosa, subrayando una idea fundamental: la música como juego serio, como conversación entre iguales.
La segunda parte estuvo dedicada a Daphnis et Chloé de Maurice Ravel, presentada con una decisión tan pertinente como valiente puesto que la inclusión de textos traducidos del ballet permitió al oyente seguir el desarrollo narrativo de esta historia pastoral —concebida por Ravel sobre un guion de Michel Fokine inspirado en la novela griega de Longo— en la que el amor, el rito y la naturaleza se entrelazan en un continuo simbólico.

La introducción, sin embargo, volvió a mostrar cierta asepsia sonora: más orfebrería que vuelo, más precisión que untuosidad. Se echaron de menos esas grandes olas sonoras ravellianas, esa materia orquestal que debe envolver antes que describir de manera minuciosa. Todo estaba cuidadosamente colocado, como si la imaginación se mantuviera aún a distancia.
Poco a poco, la orquesta fue desentumeciéndose. La propuesta ganó coherencia y audacia, surgieron la sutileza y el sentido narrativo, y apareció de pronto la verdadera imaginación interpretativa. La danza suplicante de Chloé resultó excepcional, cargada de tensión y lirismo, así como la pantomima, conducida con una expresividad creciente que desembocó en una bacanal final vistosa, sostenida y narrativamente convincente, manteniendo la tensión dramática sin caer en el exceso.
Como cierre festivo, la propina de la Farándula de L’Arlésienne, Suite n.º 2 de Bizet, fue entendida con inteligencia, no como gesto solemne, sino como fin de fiesta brillante y virtuoso. Una lectura demostrativa, luminosa, que sirvió para confirmar que la Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart atraviesa un excelente momento de forma musical y que, cuando se libera del exceso de control, puede desplegar una energía comunicativa arrolladora. Una velada, en suma, de gran nivel artístico, marcada por el equilibrio entre rigor y contención, pero que alcanzó sus cotas más altas cuando la música se permitió, por fin, respirar con libertad.
Fotos: © Rafa Martín